Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 18 de octubre de 2016

Un troglodita con dos Samsung

A tradición y con la angelical voz de un querubín, mi hijo Diego invocó el otro día a Belcebú. Sabía que algún día llegaría ese momento y no precisamente porque lleve la semilla del diablo en su bolsillo en vez de unos céntimos de euro y una canica sino porque era cuestión de tiempo que ocurriera. Me pilló en el coche, atravesando la jungla de todoterrenos –a cada cual más grande, aún no entiendo para qué– que circulan por Madrid. Entre espumarajos y babas, envuelto en una niebla con olor a mandrágora y azufre, mi Diego, con sus nueve añitos recién cumplidos pronunció en lo que me pareció arameo o cualquier otra lengua extinta el conjuro que tanto me temía.

–Padre (estoy dramatizando), ¿cuándo me vas a comprar un móvil?

– ¿Perdona hijo? ¿Preguntas que cuándo vas a tener móvil?– La respuesta afirmativa del aún tierno infante no me dejó opción. –Pues cuando las ranas críen pelo.

Pero Diego, con el tridente en la mano y cara de carnero degollado no estaba dispuesto a darse por vencido al primer asalto y prosiguió en su empeño, mentando a la bicha otra vez.

–Es que en clase todos tienen un móvil, padre–, insistió arrastrando la “a” hasta quedarse sin aire, para acojonarme.

Exhausto y envuelto en una nebulosa carmesí, supongo que por los semáforos en rojo, recurrí al truco que tarde o temprano todos los padres utilizamos desde la Edad de Piedra. “Y qué. O sea, ¿que si toda tu clase se tira por la ventana, tú vas detrás? Ah, no”.

Diego se quedó tan pensativo con el asunto que se olvidó de su invocación diabólica.

Sé que no gané la guerra, pero sí algo de tiempo.

Y ustedes se preguntarán qué inquina les tengo yo a los móviles. Pues realmente ninguna. Sin embargo, mal utilizados, no solo desestructuran familias enteras, que ya solo se comunican por whatsapp, sino que eliminan el hábito de leer libros. Me dirán que no encuentran la relación entre el uso del móvil y la lectura de libros, pero es muy sencillo de explicar. Cuando un niño o adolescente tiene un rato libre tiene tres opciones: jugar, leer o andar con toda clase de cacharros electrónicos entre los que se encuentran la televisión, el móvil, la tableta y la consola de videojuegos. Todos estos aparatos terminan aislando a quienes los utilizan sin medida.

El pasado fin de semana estuve ordenando la biblioteca de mi casa. Allí estaban Russo, Fante, Stevenson y su “Isla del Tesoro”, Cervantes, Neruda, Verne, Wilde, Quevedo, Orwell, García Márquez, Salinger, Conan Doyle, Blake, Whitman, Pushkin, Platón, Aristóteles, Nietzsche o decenas de novelas de Agatha Christie. Todo entremezclado en un batiburrillo sin sentido, tal y como habían caído en mi vida. Pensé que, muy pronto, quizás podría guiar a mis hijos Diego y Malena por todas esas páginas.

Vivimos en un mundo cada día más audiovisual en el que los libros languidecen pese a que el analfabetismo es prácticamente un vestigio de pasado. India y China, dos gigantes llamados a liderar el mundo, ocupan las primeras posiciones de lectura de libros, según el índice que elabora la firma NOP, mientras que en países “cultos”, como España, que ocupa la decimonovena posición en el ranquin global, hay un 35 % de población que no lee nunca o casi nunca.

Y una sociedad que no lee ni aprecia el arte es una sociedad prehistórica. Por mucha tecnología de la que se rodee. Así que, como yo no quiero que mi hijo acabe haciendo fuego con dos Samsung, cubierto de pieles y con un hueso atravesándole la nariz, no habrá móvil por ahora. Llámenme antiguo.

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