Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 15 de julio de 2017

Una democracia camorrera

Hoy no son puñaletas y machetes, sino trinos. Asocio los trinos políticos que se han hecho tan frecuentes entre nuestros dirigentes a esas peleas a cuchillo de las barriadas o a las que a machete y peinilla se protagonizaban en nuestros pueblos, campos y veredas.

¿Recuerdan? En medio de la fiesta y el jolgorio, o interrumpiendo las conversaciones en voz baja en las cantinas, al amparo de una cerveza o una botella de aguardiente, alguien con alcohol en la cabeza, enardecido por una discusión en curso, rastrillaba la peinilla contra el empedrado y en cuestión de minutos, reflejadas las sombras en la media luz de las casas mal iluminadas, “el toro de la reyerta/ subía por las paredes”, como en el romance de García Lorca.

Tras los gritos y las enfurecidas palabras, quedaba en el suelo un reguero de sangre y todo era llantos y sollozos, apuros para socorrer a los heridos, amenazas y desafíos. Y hacia el futuro, esa sangre, esos gritos y esos llantos eran la semilla de odios y rencores. Las venganzas y el cobro de cuentas acompañarían a la vuelta de los días, a veces a lo largo de toda una vida sin olvidos ni perdones, el comportamiento pendenciero de nuestro pueblo.

Y es que sí, somos un pueblo pendenciero. En general, pero sobre todo en política. Es bueno tenerlo en cuenta ahora que ya empieza a calentarse el ambiente de cara a unas elecciones que, por lo que se presagia y ojalá me equivoque, no van ser precisamente un modelo de elegancia política.

No es un secreto que la nuestra es una democracia camorrera. Lo es, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo. Y esa democracia de hirsutas confrontaciones no ha cambiado a pesar de estar viviendo en un mundo distinto. La mona, aunque se vista de seda, mona se ha de quedar. Porque el avance en la tecnología de las comunicaciones, en cuyo ámbito se desarrolla la confrontación política, no solo no exime de las obligaciones éticas que siempre el hablar en público exige, sino que implica un mayor cuidado (más tino que trino) a la hora de usar las palabras o emitir calificaciones que pueden ser ofensivas, de lanzar insultos sin ningún reato.

Y una democracia camorrera, que en el pasado crecía al fervor de candidatos que en las plazas públicas se arrobaban con el tono altisonante de sus discursos veintejulieros, ha venido a caer en esta oratoria solapada de reyerta que son los trinos. Que ya, francamente, ha ido pasando de castaño a oscuro. La misma brevedad de texto que exigen los trinos los hacen más pugnaces, más herideros, más cuchilleros, originados más por la rabia o la pasión, que por el sesudo medir de las palabras que implica la política, sobre todo en los líderes.

Pues esas acusaciones, insultos o revelaciones de actos privados, por más que se digan en la voz baja de la tecnología y el computador, acaban siendo gritados a voz en cuello. Y hieren con la aleve cuchillada de un trino

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