P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 09 de marzo de 2018

Una tarea singular

El Génesis (2,19-20) habla de una tarea singular. “El Señor Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo”.

Nombre es la palabra que designa o identifica seres animados e inanimados. Y la palabra es de nobleza divina, pues hasta Dios es Palabra. “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios, y todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe”.

Todo lo que existe es palabra de Dios. “Dijo Dios: que exista la luz y la luz existió. Y vio Dios que la luz era buena” (Génesis 1,3-4). Así como la luz es palabra de Dios, todas las cosas son palabra de Dios, pues existen porque el Creador las llamó a la existencia.

Estudiar una profesión es aprender a ponerle nombre a una franja de la realidad, como derecho, medicina, arquitectura, psicología, filosofía, teología. Cada profesión es un punto de vista, la vista de un punto de la realidad con su lenguaje propio, que reclama la interdisciplinariedad, exigencia de las partes en el todo.

Educar es la tarea de las tareas, lo propio de todo centro educativo desde que el niño nace. Más que llenarle de datos la memoria, educar es sacar su riqueza interior, nombrándola y cultivándola, como ser que vive en relación consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios.

El creyente hace una súplica impresionante. “Coloca, Señor, un centinela a la puerta de mis labios” (Salmo 141,2). Yo me transfiguro en lo que pienso durante todo el día, y mis pensamientos tienen sentido cuando les pongo nombre, palabra. Cuido mis pensamientos porque ellos cuidan mis palabras, pues hablo como pienso.

Dios es palabra y el hombre es palabra. Y cada palabra es fotografía verbal de la boca que la pronuncia. Por eso, cuido mis palabras como a la niña de mis ojos. Quien pronuncia palabras de acogida y comprensión, de entusiasmo y admiración, de fortaleza y generosidad hace la vida deliciosa.

Mi nombre es mi vocación, la palabra con que Dios vive llamándome a la existencia. Me paso la vida aprendiendo a escucharlo. Y por corresponderle llamándolo por su nombre Padre, Hijo y Espíritu Santo, me vuelve divino.

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