Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 27 de agosto de 2018

Urabá, una prioridad presidente Duque

La visita del presidente Iván Duque a Urabá prende un bombillito de esperanza para que la región reciba los cuidados y la atención que merece. Para que sus largos conflictos encuentren alivio. No se entiende que una zona con el inmenso potencial humano y económico que tiene continúe golpeada por la ilegalidad y la pobreza, por la inseguridad y el abandono que se palpan en varios de sus cascos urbanos y de sus caseríos rodeados por mar, selva y ríos de una belleza y una violencia sobrecogedoras y desconcertantes. Urabá, hermosa y trágica.

No se trata de una visión pesimista, no. Allí hay demasiado empeño comunitario en salir adelante y dejar atrás décadas sangrientas como la de los noventa, con masacres, desplazamientos forzados, asesinatos selectivos y una virulencia política letal, atravesada por conflictos obrero-patronales y latifundistas-minifundistas que sembraron la tierra de cadáveres y fosas.

Presidente Duque, de aquel fardo de violencias perviven algunas: la de la propiedad de la tierra, y en especial la imposibilidad de que muchos despojados y reclamantes de predios puedan ejercer sus derechos y retornar a sus fincas y parcelas sin la permanente zozobra de que serán asesinados o acosados de nuevo por grupos paramilitares y de “justicia privada”, aún activos.

Presidente, las iglesias, los grupos juveniles y comunitarios, las madres y los maestros, los comerciantes y los obreros, los transportadores y los deportistas, toda la gente de Urabá ha hecho un esfuerzo de reconstrucción admirable, silencioso y a veces inadvertido que da cuenta de su inmensa esperanza y optimismo en que las cosas cambien, en que poco a poco desaparezcan las huellas de tanto olvido e indiferencia.

Hay que darle a Urabá, presidente Duque, una oportunidad de reinventarse y de disfrutar toda esa vida que allí se acumula, que corre a raudales. Urabá no puede seguir en manos de la intolerancia que la despedaza cada cierto tiempo.

Qué bueno que fue, presidente. Que vio. Que escuchó. Pero ese apenas debe ser el principio de una historia que Usted debe cambiar con la decisión de disolver diferencias irreconciliables, aquella dureza de fusiles y órdenes que silencian los problemas. No más el cementerio por destino.

Todo está por hacer: puentes, carreteras, unidades deportivas, hospitales, escuelas, granjas, puertos y muelles.

Tenga Usted la certeza de que Urabá espera con los brazos abiertos, con sus deseos intactos de rehacerse. Hay gente maravillosa allí, capaz de celebrar misa por una mazorca cuando la tierra brota tras tantas tormentas y remolinos de sangre y llanto.

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