Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 19 de abril de 2017

Verás que todo es mentira...

La semana pasada recordó el mundo cristiano aquel mandato del líder más influyente que ha puesto los pies sobre la tierra: “solo la verdad os hará libres”. Sentencia que, 2.000 años después, sigue siendo en Colombia un precepto/semilla que no ha podido germinar.

La mentira se está apoderando del país. Absorbe sus instituciones, sus funcionarios, las campañas electorales, a una buena parte de la sociedad civil. A todos, como en el caso de Pinocho, les crecen las narices para romper con sus puntas la verdad.

No se ha podido saber a ciencia cierta cuánto suman los desfalcos al tesoro público. Y menos cuántos casos por corrupción descansan en la prescripción. Tampoco saber de qué sirve, para el caso del proceso de paz, el exigir la verdad como el gran componente para que funcione la justicia, la reparación y la no repetición, si todos los actores mienten al unísono. Insurgencia, gobierno, oposición se recelan y se desmienten unos a otros. Cada uno lleva en su bolsillo la exageración como mínimo, que es parte fundamental de la falacia. ¿A quién creerle? La mentira anda por algún lado suelta.

Nos rodea por todas partes, en el mejor de los casos, la ficción. Colombia podría ser la cuna de las mejores novelas y cuentos para ganarse todos los concursos mundiales. Sobre todo en el engaño. Lo mendaz, lo desproporcionado, impera en el mundo del gobierno, de la política y hasta de los negocios. Ya quedan pocas mentiras piadosas y hasta divertidas, propias del ingenio. Las más son venenosas que enturbian las conciencias.

La mentira hace que las sindicaciones, acusaciones y escándalos como el de Odebrecht no se vayan esclareciendo. Antes, por el contrario, que se enreden. ¿Por qué ese frenazo tan intempestivo del fiscal en sus denuncias? ¿Quién pidió, quién dio, quién recibió? ¿Será que, como en Fuenteovejuna, todos a una cayeron en tentación para delinquir?

En el país, amparados por la mentira, están al día los sobornos, los carruseles de testigos falsos y toda clase de delitos que agotan las páginas del Código Penal. La caja de pandora se va destapando. Y así con la mentira como fondo, brotan las recusaciones, las confrontaciones y los nuevos conflictos y toda clase de sorpresas desagradables.

Con ausencia de verdad es difícil lograr la paz. Ni tampoco lograr la justicia, la reparación, la no repetición. La desconfianza es mutua entre todos los actores de la vida nacional. La mendacidad está entronizada desde la Casa de Nariño hasta las alcaldías más humildes del país. La infección penetra por todos los poros de la actividad pública y privada. Pareciera que hiciera parte de su cultura, de su paisaje y se requiriera para sobrevivir en esta nación macondiana. El coro de la mentira ensordece a Colombia.

Con la mentira en la vida política se tritura la ética. Con ella los gobiernos engañan y manipulan a sus gobernados. Se habría querido Discépolo para afinar la letra de Yira, Yira, un país como este en donde “todo es mentira” porque la verdad es estrujada en su vida institucional.

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