Carmen Elena Villa Betancourt
Columnista

Carmen Elena Villa Betancourt

Publicado el 18 de julio de 2017

Violencia en Colombia y frutos de santidad

¡Cuánto dolor ha dejado el derramamiento de sangre como consecuencia de una guerra de décadas en Colombia! ¡Cuántas familias rotas, desplazamientos y separaciones no queridas! Pero también vemos hoy cómo de estos duros episodios de nuestra historia brotan las primeras flores del martirio.

La próxima beatificación de monseñor Jesús Emilio Jaramillo, primer obispo de Arauca, muerto a manos del ELN en 1989, es la exaltación a una vida a quien, ni las amenazas, ni la violencia que se vivía en su joven diócesis, ni la ideologización en la que cayeron muchos sectores de la Iglesia en Latinoamérica le impidieron seguir cumpliendo con sus labores pastorales para hacer vida las enseñanzas de Cristo. “Ese es mi rebaño, yo tengo que estar allí [...]. El deber mío es estar con mi grey, y en ningún momento puedo renunciar. Si he de morir ahí, tendrá que ser así, porque Dios lo quiere”, escribió una vez a sus familiares.

Nacido en Santo Domingo, Antioquia, en 1916, religioso de los Hermanos Misioneros de Yarumal, - congregación de la que fue también superior general- el futuro beato trabajó por su diócesis en obras como la creación de nuevas parroquias, la promoción de las vocaciones sacerdotales y el desarrollo de proyectos sociales como la construcción del hospital San Ricardo Pampurri” en La Esmeralda, y el Instituto educativo “San José Obrero”, en Saravena.

Eran tiempos difíciles para la Iglesia. La mala interpretación del Concilio Vaticano II y la confusión que reinaba por la presencia de ideas marxistas hizo que muchos religiosos descuidaran su vida espiritual y redujeran su labor pastoral a la lucha de clases (bien ha dicho varias veces el Papa Francisco. La Iglesia no es una ONG). En ese contexto, muchos sacerdotes terminaron incluso reclutándose voluntariamente en grupos guerrilleros.

Monseñor Jaramillo tenía una gran preocupación por los social, pero para él nada tenía sentido sino estaba iluminado por la luz del Evangelio y por la conciencia de que encontraríamos un bien mayor en la vida eterna. Sus dotes intelectuales y sus habilidades de buen orador y escritor las puso siempre al servicio de su labor evangelizadora.

Quienes le conocieron dan testimonio de su humildad, de que buscaba “más que ser un obispo, ser un hermano” como dice su página de los misioneros de Yarumal.

Quizás son muchos más los mártires que ha dejado la violencia en Colombia y me atrevo a decir que monseñor Jaramillo representa a todos aquellos que en silencio han entregado sus vidas por amor a su comunidad y a su patria. Así llegará a los altares un hombre que tuvo claro hacia dónde ir sin ni siquiera temer por su vida, como escribió en una de sus cartas: “Lo fundamental en mi vida es Cristo, lo otro es accidental: trabajar aquí o allá, con estas o con aquellas personas, en este puesto de categoría inferior o superior según el criterio humano. Lo importante, lo definitivo, lo absorbente es Él”.

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