Ana Cristina Aristizábal Uribe
Columnista

Ana Cristina Aristizábal Uribe

Publicado el 28 de agosto de 2018

Y en 25 años, ¿qué?

En la vida hay que poner en clave de duda a todo lo que pintan como muy bueno. Dude, cuando alguien se empeñe en maximizar algo por “bueno”. Últimamente estamos bombardeados con publicidad sobre la felicidad de los productores de la palma africana o de aceite: atestiguan cómo la vida les ha cambiado con ese cultivo, de donde se extrae aceite. Colombia es el cuarto productor de aceite de palma en el mundo y el primero en América. A 2015 tenía 7,2 millones de hectáreas sembradas. “Es un buen negocio”, decía el entonces ministro Aurelio Iragorri.

Y no dudo que a campesinos colombianos les ha cambiado para bien la calidad de vida, porque tienen estabilidad económica y pudieron comprar casa, poner a los hijos en la universidad ya que, prácticamente, se han “convertido en empresarios”, dicen ellos. ¿A qué costo?, me pregunté.

Entonces me fui a buscar y encontré un artículo de 2017 en la revista Tendencias 21 basado en una investigación de Sara Mingorría, Ph.D. de la Universitat Autònoma de Barcelona, quien asegura que “este monocultivo demanda una gran cantidad de nutrientes, y elimina la capa orgánica del suelo”. Estas plantaciones son conocidas como “desiertos verdes” porque “este tipo de árbol hace mucha sombra, lo que no permite que se forme vegetación a su alrededor”. Según la investigadora, pasado su ciclo de siembra es necesario matar la plantación para poder extraerla y fertilizar el suelo para luego volver a plantar, pero “esta acción no es económicamente rentable, por el costo tan elevado y el suelo apenas vuelve a recuperarse. Entonces las empresas buscan nuevos bosques o terrenos baldíos y fértiles para poder generar nuevas plantaciones a gran escala”. El cultivo es productivo y rentable durante unos 25 años, al cabo de los cuales la tierra queda inservible. Ese es el costo.

Ya se sabe que los monocultivos a escala industrial no solo perjudican la tierra, que se empobrece porque hay que enriquecerla con químicos, proceso que aumenta a medida que la tierra empobrece; sino que muchas veces van acompañados de desplazamientos forzados como el caso, aún no resuelto, del municipio El Peñón, en Bolívar.

¿Aunque sea el dueño de una porción de la tierra, tiene derecho a explotarla, hasta dañarla, todo porque es un buen negocio (para él)?

Y en 25 años, ¿qué?.

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