Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 20 de junio de 2017

¿Y entonces?

Seamos sinceros. El acuerdo con las Farc abrió un camino hacia lo que muchos denominan un futuro mejor, pero no es el fin de los problemas. Muchas trochas se abrieron y por ellas agarraron un montón de revoltosos que están jodiendo al país.

El ataque terrorista en el Centro Andino en el norte de Bogotá, es un claro ejemplo. Quienes lo hayan perpetrado se llevaron su punto redondo: llenaron de miedo a la gente y lo más triste, dejaron muertos y heridos, que suman a la lista de “imposible creer en un mejor mañana”.

Paradójicamente, la bomba unió a todo el país. Je suis Andino. Ahí sí que nos unimos por un ratico. Pero la realidad va más allá de la zona rosa de la capital. Pensemos en el campo, ese que tanto se nos olvida. Allí, los brotes de violencia son pan de cada día.

Hace pocos días asesinaron a Francisco Javier Montoya, de 60 años, propietario de una cabaña turística en el sector de Morromico, entre Nuquí y Bahía Solano, Chocó. “Por sapo”, esas habrían sido las últimas palabras que le dijeron. Le descargaron seis tiros en su cabeza sin importar que dos turistas extranjeros fueran testigos. Montoya llevaba más de 30 años promoviendo el ecoturismo, ayudando a las comunidades olvidadas del Chocó. Un asesinato más, como tantos que se vienen cometiendo en una zona donde ya las Farc no mandan y que ante la ausencia el Estado quedó de papayita para otros que sueñan con ser los mandamases del tráfico de armas, el control territorial y la minería ilegal.

Pensar que por el hecho de haber acordado la paz con las Farc ya somos una democracia non plus ultra y un reino paradisiaco, es estar muy perdidos. La casa no está en orden y si no se le pega una organizada grande, la inestabilidad reinará y, déjenme decirlo: el Estado tiene una responsabilidad inmensa.

Un Nobel, el reconocimiento internacional y broches en forma de palomita en las solapas de los sacos, no son suficientes. Aquí lo que se requiere es que el Estado sea verdaderamente operante, un garante real, sin amaños ni cálculos, de la seguridad y la justicia. Si eso se logra, la gente tendrá confianza en denunciar, la lucha política será sobre la base de argumentos constructivos y el campo será la fábrica de materias primas para hacer del país una gran despensa y no la gallina de los huevos de oro de los ilegales.

¿Y entonces? ¿Vamos a dejar que esto se venga al traste? Si queremos un momento de grandeza como le escuché decir a Humberto de la Calle, hay que “tallar”. Tallar al gobierno, para que controle lo que se le está saliendo de las manos, como el orden público; tallar a la oposición, para que se modere y sea más constructiva; tallar a las fuerzas armadas, para que arrecien contra los narcoembelesados, y claro, tallar a la sociedad civil, para que tenga mayor vocación reconciliadora y capacidad de creer en un mejor futuro. Eso sí, la tarea de fondo le toca al presidente y su equipo de trabajo, a ver si sientan bases firmes y salimos de una vez por todas de la incoherencia que nos tiene tan polarizados y que lleva a fanatismos entre los cándidos que creen que todo lo que viene es perfecto y los densos que afirman que esto ahora sí está jodido.

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