Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 20 de marzo de 2017

Y GANARON LAS PALOMAS

Los hombres buenos todavía existen. Eso es lo que pienso cada que lo veo llegar a la vieja estación del Ferrocarril de Antioquia, en el parque de Cisneros. La ceremonia se repite al despuntar la mañana, al mediodía y por la tarde. Y es hermosa: un hombre ya entrado en años, de pelo blanco y ojos azules, se detiene junto a la estación y, en un abrir y cerrar de ojos, desaparece envuelto en una nube de plumas blancas. Son las palomas que bajan de los tejados agitando sus alas para disputarse los granos de maíz que él les arroja.

Lo hace todos los días, desde hace más de diez años. La gente lo llama don Celedonio y nació en Cisneros hace 70, en la época dorada del tren, cuando el pueblo era una de las estaciones más importantes del ferrocarril. Su nombre de pila es Heriberto Antonio Morales, pero eso solo lo saben sus hijos y su esposa Fernandina Alzate.

Trabaja manejando carros desde que tenía 18 años. Entonces, viajaba a las veredas y a los pueblos vecinos conduciendo camperos y camionetas. Después se fue para Venezuela. Los últimos 13, trabajó en la Empresa Antioqueña de Energía, donde logró jubilarse. Ahora viaja todos los días llevando pasajeros entre Cisneros y San José del Nus.

Su vieja amistad con las palomas ha dado pie a muchas historias: una de ellas, por ejemplo, cogió la costumbre de pararse en su cabeza cada que llegaba a darles comida. Otra, se posaba sobre la mesa donde él acostumbra tomar café mientras aguarda a los pasajeros. Otra, volaba hasta posarse en la palma de su mano cuando él la llamaba. Hoy, algunas se meten a su carro cuando está estacionado y lo acompañan hasta que completa el cupo.

A lo largo de su vida, don Celedonio ha recibido muy pocas multas. La más rara de todas fue por obstrucción de vía férrea, por estacionar su carro junto a una carrilera por donde no pasa ningún tren desde hace más de veinte años. La otra fue por darles comida a las palomas. Se la impuso un inspector de policía, por petición de uno de los concejales del pueblo que alegaba que las palomas estaban perjudicando una caseta donde vendían café, situada en la avenida principal, junto a la estación. La multa fue de 648 mil pesos. Él no tuvo con qué pagarlos.

Mientras solicitaba la derogación de la multa, alegando que las palomas no le hacían daño a nadie, él decidió seguir dándoles comida con el apoyo del pueblo. Cuando la plata no le alcanzaba para comprar el maíz, la gente se lo regalaba. “Yo no iba a dejar que se murieran de hambre por el capricho de una persona”, dice.

La disputa legal duró dos años. Al final, las palomas ganaron la pelea: la nueva administración del municipio le perdonó la multa.

Hoy, don Celedonio sigue haciendo lo mismo: cada mañana, sale de su casa con una bolsa de dos kilos de maíz y va hasta la estación a darles el desayuno. Al mediodía, cuando vuelve de San José, compra otra bolsa y les da el almuerzo. Y a las cuatro o cinco de la tarde, después del último viaje, les da la comida. Luego, ellas se van a dormir en los tejados de las casas de la esquina. Algunas lo siguen hasta su casa. Una que otra se queda echada junto a la ventana, hasta que llega el anochecer.

El Dios de las palomas premia a los hombres buenos. Hace dos años, una paloma mensajera se unió a la bandada. En una de sus patas traía un anillo de identificación marcado con el código 2012. Don Celedonio jugó un chance con ese número... ¡y se ganó cinco millones de pesos!.

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