Alejo García, otro cancionista
Crítico

Diego Londoño

Publicado el 14 de enero de 2019

Alejo García, otro cancionista

Diego Londoño - Periodista musical

La tierra, el cielo, sus pies, la carrilera, el corazón con vista a la montaña, el amor peregrino, sus camisetas de colores, su tatuaje raíz, sus ganas de seguir cantándole a los caminos. Alejo García es un caminante, un expedicionario que cuenta lo que vive y sueña en forma de canciones. Siempre está sonriendo y no pierde oportunidad para sacar algún chiste o chascarrillo del bolsillo.

Lo conocen porque canta canciones hace muchos años (aunque nunca lo imaginó). El sonido, la guitarra y la voz de sus padres y su hermano fueran inspiración para ser hoy en día uno de los hacedores de canciones más querido en el género de cantautores en Colombia.

Nació un 9 de octubre en la mañana, como pasó con John Lennon, coincidencias que quizá vale la pena resaltar, o quizá no. De niño quiso ser deportista extremo, dedicarse al bicicross o a los libros para hacerse historiador, pero aparecieron las canciones cantadas por su madre y su padre, y luego la Zamba de mi esperanza, del compositor mendocino Luis H. Morales, y más tarde La tierra del olvido, de Vives. Para Alejo la vida no continuó igual.

Su voz es tradición y modernidad, es una amalgama entre el rock, el folk, el folclor de Iberoamérica, las historias de barrio, de campo, de amor, sexo, desamor, tristeza y evidente alegría. Y así su esencia callejera, rocanrolera, fogatera y bohemia siga intacta, el folclor es su columna vertebral, su manera de caminar, su extensión y, además, su genética sonora, su forma poética para ofrecerle a la humanidad.

A sus instrumentos les tiene nombre, porque lo que no se nombra no existe o, por lo menos, no con el cariño de lo innombrable. Todo el tiempo se refiere al otro como “compadre”, porque además de antiguo, es cercano, es una palabra que le ayuda a confiar en el otro.

Con seis discos en su regazo y ebullendo de la boca de su guitarra, Alejo construye una radiografía de América que pocos artistas han logrado. Él canta porque lo mantiene vivo, porque le sirve para conocerse, para cambiar, para ser otro y para trascender.

Sueña con recorrer el mundo cantando, con lo simple, con su guitarra, armónica, sus historias y las de sus amigos cantores, que ahora son parte también de su camino. Para su despedida una canción de despedidas, “La Pava Congona”, de Andrés Landero, y para su presente todas las sonrisas y aplausos, para que nos responda con más canciones.

De él se pueden seguir diciendo muchas cosas más, todos los atributos para un cantante, compositor, expedicionario, vagabundo, naturalista, humorista, humanista, sensible, poeta, escritor, enamorado y risueño. Pero como él es así, podemos simplemente decir que es otro cancionista del que se debe hablar.

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