De la más rancia estirpe: La Favorita, de Yorgos Lanthimos
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 11 de febrero de 2019

De la más rancia estirpe: La Favorita, de Yorgos Lanthimos

Si hay un mundo cerrado y vigilado por sus propias reglas es el de las monarquías. Por supuesto que en nuestros días los reyes languidecen discretamente porque los tenemos vigilados con paparazis y revistas del corazón. Pero no siempre fue así; hubo un tiempo, no tan lejano, en que la moral general y las leyes de los hombres no aplicaban para ellos. Era lógico entonces que para la primera película que dirige sin haberla escrito él mismo, Yorgos Lanthimos escogiera un guion que se incorpora a su búsqueda particular como autor: retratar universos en los que una desviación de “lo normal” (que a veces no tiene una explicación, como si fuera un designio divino) alteran para siempre las vidas de quienes los habitan. Como en “El sacrificio del ciervo sagrado” o en “La langosta”.

Abigail Hill ha tenido que apelar al parentesco con su prima Sarah Churchill, la duquesa de Marlborough, para conseguir un puesto de servidumbre en la corte de Ana Estuardo. Aprovechará cada circunstancia que se le presente para labrar su futuro y recuperar el abolengo que su padre perdió tras una serie de malas inversiones. En este caso la inocencia que es capaz de transmitir con naturalidad el rostro de Emma Stone, juega a su favor en la construcción de un personaje que sobrevive a las intrigas palaciegas engañando según le convenga.

Si en sus otras películas el desconcierto de los espectadores se produce durante el proceso de entender las reglas que rigen aquel universo, Lanthimos lo logra esta vez haciéndonos dudar sobre lo que creíamos saber del mundo de los reyes o lo que hemos visto en la mayoría de películas que allí transcurren. Esa inquietud, que potencia la película y le brinda su originalidad y belleza, la transmiten los ángulos extraños en los que pone la cámara, que a su vez usa unos lentes que terminan alterando la simetría usual con que estos escenarios se muestran. Si a eso le sumamos la decisión del director de fotografía Robbie Ryan de evitar la iluminación artificial, usando solamente luz de velas para el palacio en las escenas nocturnas o en los lugares sin ventanas, o el uso intencional que Sandy Powell, la diseñadora de vestuario, hace de materiales que no corresponden con la época, lo que tenemos es un espejo deformado de la realidad. Una pesadilla real.

Sin embargo, esa realidad alterada logra que el comportamiento de los personajes, también poco convencional, intenso hasta lo salvaje, no se vea fuera de lugar. Eso les permite a las tres magníficas actrices que conforman el triángulo protagónico, Stone, Rachel Weisz y la admirable Olivia Colman, perfecta en su papel de reina triste, regalarnos unas interpretaciones enormes, intensas, desatadas. Ninguna es dueña completamente de su destino, pero las tres intentan cambiarlo como mejor pueden, de acuerdo con sus deseos. Y en este juego de poder y seducción se hieren, se provocan y se aman. Nosotros las veremos absortos, hasta el final, atentos a recoger los destrozos de un juego que, como en todos los que crea Lanthimos, nadie sale bien librado.

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