Quebrar el silencio en una realidad moribunda
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 08 de diciembre de 2018

Quebrar el silencio en una realidad moribunda

El capítulo final de la segunda temporada de El cuento de la criada se emitió el 11 de julio de este año, pero yo solo fui capaz de terminar de ver los episodios la semana pasada. Entre capítulo y capítulo sentía la necesidad de dejar pasar el tiempo. No era un serie que me invitara a devorarla en maratón, como ocurre con la mayoría, y la razón no tenía nada que ver con su calidad, su capacidad de enganchar al espectador ni con la lentitud o velocidad de la trama. Como lo han ratificado las audiencias y algunos críticos de medios relevantes, como Jorge Carrión en The New York Times, El cuento de la criada es una de las mejores series del año. Cada uno de los aspectos que la conforman merece una ovación, empezando por la protagonista, Elizabeth Moss, quien se llevó en enero un Globo de Oro por el papel que interpreta en este drama distópico.

La dificultad que supuso para mí ver la temporada de manera consecutiva tenía que ver con la intensidad de las emociones que se revuelven durante el desarrollo de la historia. El final de la primera temporada fue esperanzador. Quedamos justo en el umbral de la rebelión de June, una mujer esclavizada por un sistema de gobierno que condena a las mujeres fértiles de ese mundo futuro a ser las parideras de una élite estéril, retrógrada y fascista. Los primeros capítulos de esta segunda entrega inflaman aún más ese deseo de revolución. Acompañamos a June en su fuga como cómplices silenciosos. Queremos dibujarle una frontera cercana que pueda atravesar sin dilaciones y libre de peligros. Pero la dicha no se prolonga más allá del tercer capítulo, cuando June regresa a su cautiverio. La encadenan, la humillan y la obligan a vestir de nuevo ese infame uniforme rojo que es el símbolo de la servidumbre.

Esta temporada funciona como una expansión del universo creado por Margaret Atwood en su novela. El argumento del libro solo llega hasta donde llegó la primera temporada, por eso es interesante conocer la interpretación que los realizadores de la serie hacen de este mundo indeseable. Expanden la narrativa para mostrar las colonias en las que cuadrillas de mujeres menesterosas son obligadas a cultivar un suelo tóxico que las enferma. También presentan el modo en el que funciona la sociedad cerrada y totalitaria de la República de Gilead, como fueron rebautizados los Estados Unidos después del golpe de estado: aunque el poder se pavonee con crueldad ante sus esclavos, el mundo rechaza su visión extremista e impone presiones diplomáticas y sanciones económicas que abren fisuras y oportunidades a los rebeldes.

Sin embargo, el énfasis de los episodios está puesto en el encierro y la atmósfera que se crea en esta parte de la narración es asfixiante; por eso es tan difícil soportar varios capítulos consecutivos. Se necesita espacio y tiempo para tomar el aire que le es negado a June y a los demás subyugados, como Nick, guardaespaldas que en las sombras ayuda a mover la maquinaria de la resistencia.

Uno de los efectos de ver una distopía como El cuento de la criada es que se advierten los peligros que pueden materializarse en futuros no tan lejanos. El libro de Atwood apareció en 1985, pero el hecho de que la serie esté ocasionando furor en el contexto actual, en el que partidos fascistas ganan fuerza en todo el mundo y gobiernos corruptos obligan a las clases trabajadoras a pagar tributos desorbitados, es un llamado a despertar y actuar contra cualquier forma de opresión.

Quizás es una ventaja ver esta serie de manera pausada. El lapso entre los episodios puede servir para entender la compasión que despierta la historia de June, quizás también para hacerla operar en el mundo real. Una compasión que nace de la indignación y la rabia; de algún modo uno espera que ese furor rebelde que se contagia con esta historia permanezca allí y sirva para quebrar el silencio cuando la realidad moribunda lo haga necesario.

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