“Yo no me llamo Rubén Blades”, de Abner Benaim
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 17 de septiembre de 2018

“Yo no me llamo Rubén Blades”, de Abner Benaim

Una de las cosas buenas que ha traído la profusión de plataformas de visualización del cine, es que el documental como género cinematográfico es cada vez más apreciado por el gran público. La facilidad de escogerlo entre el menú de opciones le ha permitido a la audiencia comprender mejor la riqueza emocional y la profundidad que puede ofrecer una historia cuando no es ficción.

Con mayor razón, una propuesta como Yo no me llamo Rubén Blades, enfocada en una de las figuras más importantes de la música latinoamericana, se antojaba deliciosamente atractiva. Por fortuna, la película que construye Abner Benaim está a la altura de las expectativas, pues consigue elevarse durante muchos momentos de la biografía laudatoria o del mero registro cronológico.

Benaim aprovecha la principal ventaja que posee, tener a Blades de su lado, con todo lo que eso implica como sesgo informativo, porque nadie cuenta a la cámara lo que no quiere que se sepa de su vida. Por eso lo pone a recorrer las calles de su infancia y ojalá los más jóvenes vean lo que significa ser un músico de verdad, sin Autotune que lo ayude, al oír a Rubén cantando a capella con la única amplificación del eco de un corredor. Camina por New York, sirve un café en su propio apartamento de la Gran Manzana, y mira los afiches y las carátulas de los viejos discos. Rememora sus tiempos de repartidor de correspondencia para el sello Fania. El caminante deshaciendo sus pasos.

Para que comprendamos la trascendencia del trabajo de Blades, Benaim nos pone al frente a figuras globales. Y lo consigue, pues cuando uno ve a Sting elogiando la capacidad de contar historias del panameño, a Junto Díaz recordando lo que significaron sus letras, o a Paul Simon declarándole su admiración, entiende que el salsero ha trascendido el contexto regional para ser una figura universal: la del hombre que fue capaz de compartir una mirada profunda y crítica sobre la sociedad en la que creció, sin renunciar a la belleza de una música que hasta el momento en que él surgió se destacaba sólo por su alegría, por su capacidad de poner bailar a la gente.

Además, como Blades ha sido mucho más que un músico, Yo no me llamo... también se preocupa por esa otra dimensión, mostrándonos al actor, al activista y al político. Sin embargo, también nos da un vistazo del celo por la intimidad que Blades ha convertido en su marca. Lo acompañamos en los momentos en los que prefiere cambiar de sombrero para que nadie lo reconozca, para ser uno más en el metro de la capital del mundo.

Tal vez lo que habría que reprocharle a esta película, llena de logros y cualidades, es que no se compromete con alguna teoría o con alguna idea en particular. Es decir, al final sentimos que conocimos a Rubén Blades, pero seguimos sin poder definirlo: ¿quién ese ese hombre que es capaz de escribir una canción como quien dibuja un cómic? Benaim no lo sabe y su honestidad al confesarlo es también parte del encanto de este documental que es también un testamento.

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