Editorial

Barco, un cuatrienio difícil

Virgilio Barco logró la Presidencia de Colombia hace 30 años para asumir un mandato que le deparó toda clase de dificultades. Llegó en momentos en que el país requería otro tipo de liderazgo.
Barco, un cuatrienio difícil
ilustración esteban parís Publicado el 24 de mayo de 2016

Mañana se cumplen 30 años de la elección como presidente de la República, mediante arrolladora votación -la más alta de la historia electoral del país hasta ese momento- del ingeniero nortesantandereano Virgilio Barco, candidato oficial del Partido Liberal.

El candidato Barco había sido ministro de Agricultura, de Fomento (en el Frente Nacional) y exitoso alcalde de Bogotá. Fue tres veces precandidato presidencial y estaba próximo a cumplir 65 años en el momento de su elección. Como quiera que el candidato liberal no solo era parco en su trato personal sino que no tenía destreza alguna para hablar en público, sus asesores montaron la campaña sobre su perfil de técnico y ejecutor.

Su contrincante, en cambio, era un formidable orador y humanista. Álvaro Gómez Hurtado, candidato conservador, cargaba sobre sus hombros la imagen de su padre, Laureano Gómez. El liberalismo se la cobró íntegra, reviviendo fantasmas del pasado. Barco no se midió a Gómez en debates de ningún tipo, y no obstante ello lo derrotó de forma aplastante: 4.214.000 votos (58 %) contra 2.588.000 de Gómez (35,8 %).

La campaña Barco Presidente tuvo como lema el “¡Dale rojo dale!” y un ataque frontal contra el gobierno precedente de Belisario Betancur, del cual hicieron parte ministros del Partido Liberal. Al llegar al gobierno, Barco dio inicio a un esquema olvidado en Colombia: el de gobierno-oposición. Ante el tinte monolítico del gobierno, el Partido Conservador, ya por entonces habituado a la burocracia, no tuvo ninguna participación en la administración nacional y a regañadientes tuvo que ejercer la que llamó “oposición reflexiva”.

El presidente Barco no tuvo tregua un solo día. Llegó con su talante de técnico economista y se enfrentó a un país devorado por la violencia y el narcotráfico. La sensación de crisis era constante y los cambios de ministros también. Fue secuestrado Álvaro Gómez por el M-19 y asesinado, en 1989, Luis Carlos Galán. Nunca hubo tantas masacres paramilitares. En ese cuatrienio fue exterminada la Unión Patriótica (asesinados dos de sus candidatos presidenciales). El Partido Liberal, que gobernó de forma hegemónica entre 1986 y 1990, ha sido escurridizo y hábil en deslizar los juicios históricos hacia otros.

Sin embargo, el gobierno Barco ejecutó el Plan Nacional de Rehabilitación, considerado exitoso, y que permitió luego el proceso de paz y la firma de acuerdos con el M-19, el EPL y el Quintín Lame.

Un mérito que le cabe al presidente Barco fue abrir la mirada del país hacia el Pacífico y esbozar una apertura económica moderada. Mejoró las relaciones con Estados Unidos, país al que era muy afín.

Barco fue el último representante de una importante generación de políticos. En su gobierno dio espacio a nuevos liderazgos que tomaron el relevo a partir de 1990. Pero que vivíamos en una época muy distinta lo muestra el enigma -que aún persiste- sobre su verdadero estado de salud mientras ejerció la Presidencia. Incluso para estrechos colaboradores suyos quedó la frustración de que Barco llegó a la Presidencia en un momento muy posterior al que le correspondía. Que el suyo fue un final de ciclo lo demuestra que fue su mismo gobierno el que preparó todo para la Asamblea Constituyente que sesionó al año siguiente de haber entregado el poder y que redactó una nueva Constitución, ante la amenaza de colapso institucional por el ataque de mafias del narcotráfico, de las guerrillas y de los paramilitares.

Aunque fue un dirigente distante, recluido en Bogotá y poco identificado con sus gobernados, fue también un hombre digno y respetable. No manchó la institución presidencial y no dio lugar a escándalo personal alguno. Al entregar el mando el 7 de agosto de 1990 dio fin, en múltiples aspectos, a toda una época.

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