Editorial

La crisis de los chalecos amarillos

Por virtuoso que sea el motivo del “impuesto verde”, la ferocidad de la protesta arrinconó al gobierno de Macron, lo debilitó y puso al país al borde de una crisis muy profunda.
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ilustración elena ospina Publicado el 10 de diciembre de 2018

La crisis de los chalecos amarillos o, como lo titula The Economist en su último número, la pesadilla de Macron, el presidente de Francia. Durante tres sábados seguidos, miles de manifestantes vestidos con los chalecos amarillos que son obligatorios por ley para circular por carretera, desfilaron por las principales ciudades francesas para protestar, en algunos casos de forma muy violenta, contra un nuevo “impuesto verde” sobre el consumo de diésel, que al final quiere desestimular el uso de ese combustible. El gobierno francés, obligado por la presión de las manifestaciones, retiró el impuesto, pero aun así el movimiento no se ha desactivado y el sábado pasado los franceses volvieron a salir a las calles, custodiados por más de 80.000 policías y con restricciones de circulación en las principales vías de las ciudades.

Si bien el movimiento nació como oposición al aumento del precio del combustible, poco a poco se le han sumado otro tipo de reivindicaciones en torno a la capacidad de compra de los hogares y a la equidad. El aspecto que está sorprendiendo al mundo entero es el carácter espontáneo y, a veces brutal, del movimiento popular, donde no pareciera existir una opción política clara o una ideología, pero que sí es un síntoma de una incomodidad profunda en la sociedad gala.

Surgen muchas preguntas en relación con el origen de ese malestar y de sus consecuencias. ¿Se trata de una manifestación local de la doble crisis de la democracia y del capitalismo originadas en la globalización? Si la respuesta a esa pregunta es positiva, el temor que surge es la posibilidad de un contagio de la desazón como ya se vio en mayo de 1968, una revuelta estudiantil que se regó por todo Europa y tuvo incluso repercusiones en todo el mundo.

Sin embargo, existe una importante diferencia con mayo del 68. En ese entonces, los estudiantes se movilizaban por una utopía. El salvador del momento fue el general Charles de Gaulle, el antiguo héroe de guerra reconvertido en presidente, en torno a quien se agrupó la sociedad francesa convulsionada y temerosa. En esta ocasión, el motivo es el enfado de la clase media y, en especial, de la clase media rural, el que se está mostrando en las calles. Este grupo social está revelando su desesperanza, su resentimiento y, en algunos casos, su odio hacia la figura todopoderosa de Macron, que quiere sacrificarlos por una causa noble, la lucha contra el calentamiento global.

En Francia, no hay que olvidarlo, hay un aspecto particular que hace que sus ciudadanos sean proclives a mostrar su impaciencia en las calles. La constitución de la quinta república, establecida por De Gaulle en 1958, centralizó el poder en el palacio presidencial y dejó a las protestas callejeras y las manifestaciones como la única alternativa dinámica frente al gobierno central. Es en esa lógica que, por virtuoso que sea el motivo del impuesto, la ferocidad de la protesta arrinconó al gobierno de Macron, lo debilitó y puso al país al borde de una crisis muy profunda. Aun si este impase se supera, queda el temor acerca de la posibilidad de que el populismo se beneficie políticamente del disgusto que afloró vestido de chaleco amarillo y ese, por cierto, es un camino que ya está recorriendo Italia.

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