Editorial

Llamado poco creíble de Trump

Invitaciones a la unión y a construir propósitos comunes por parte de quien día a día se empeña en lo contrario, fue lo que hizo Trump en su discurso anual ante el Congreso.
Llamado poco creíble de Trump
ilustración esteban parís Publicado el 01 de febrero de 2018

Los presidentes de Estados Unidos sienten especial predilección por ser llamados “líderes del mundo libre”. Si es por la tradición institucional del país, la vigencia de un sistema de contrapesos y controles, las elecciones democráticas, el equilibrio político entre los partidos, las libertades públicas y económicas, tienen razones para llevar ese título. Pero sean o no reconocidos como líderes del mundo libre, lo serán como detentadores del poderío militar y económico más visible del planeta. De allí que sus discursos anuales ante el Congreso, sobre “el Estado de la Unión”, concitan interés generalizado para todos los gobiernos, centros de pensamiento y medios de comunicación.

Donald Trump ya había pronunciado su primer discurso formal ante el Legislativo el 1 de marzo del año pasado, pocos días después de haber asumido el mando el 20 de enero. En esa ocasión alcanzó a despertar esperanzas por su tono formal y por no haber convertido esa tribuna en un botafuegos. No obstante, una vez bajó del atril volvió a su estilo de encender polémicas y emitir órdenes a través de Twitter.

El pasado martes volvió al Congreso para su primer discurso sobre el Estado de la Unión. Discurso que si bien tiene respuesta por parte de un vocero del partido opositor, no da pie a ningún debate parlamentario posterior, pues el sistema presidencialista (como ocurre en Colombia) no suele incorporar esa oportunidad.

Trump comenzó haciendo llamados a la unión, a los acuerdos, a los propósitos comunes, es decir, a algo que él cada día se empeña en hacer imposible. Decía ayer The New York Times en su editorial que “cada presidente ha usado su discurso del estado de la Unión para ofrecer su versión publicitaria de la narrativa nacional; no se puede culpar a Trump de dar su propia interpretación particularmente osada”. Y a renglón seguido, tal como lo hicieron otros grandes medios, analizaban la veracidad, exactitud y fidelidad de cada una de sus afirmaciones y cifras.

Para el exterior, y en particular para América Latina, las referencias del actual presidente a la inmigración y a los migrantes son chocantes, casi siempre hirientes, pues mezclan las razones valederas de intentar un sistema más ordenado, con los agravios y los insultos que parecen obedecer a la definición de aporofobia: la repulsión frente al extranjero, no tanto por extranjero como por pobre. El martes abrió la puerta para que quienes llegaron siendo niños como indocumentados puedan acceder a la nacionalidad estadounidense. A cambio, insistió en construir el muro con México, su verdadera obsesión, como fórmula mágica para proteger a su país de oleadas de indocumentados que él y su partido asocian a la criminalidad.

Habló de Cuba y Venezuela como dictaduras -que lo son- y aunque no hubo referencias directas, sí hubo menciones que atañen a nuestro país, en el tema que, desafortunadamente, sigue siendo el principal asunto bilateral: la droga. Mencionó que cada día hay 174 muertes por sobredosis en Estados Unidos. Un anuncio general de “ser duros” con los traficantes y de ofrecer tratamiento al adicto que lo necesite, pero poco más. Seguramente será su secretario de Estado quien reitere qué es lo que espera del gobierno de Colombia, en su visita del próximo 6 de febrero a Bogotá.

Trump, en todo caso, intentó ser respetuoso de la majestuosidad que entraña la presencia de un Presidente compareciendo ante el poder Legislativo reunido en pleno. Sin embargo, su talante lo muestra desde el Despacho Oval. Esta vez, al igual que en su discurso de posesión, no concretó planes, limitándose a frases que ya a los estadounidenses les suenan muy gastadas y que, salvo a grupos minoritarios fieles al republicanismo tradicional, no les inspiraron reales motivos de ilusión.

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