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Publicado el 16 de abril de 2018

Por Ioan Grillo

En un patio de una cárcel abrasado por el sol en este pueblo fronterizo en expansión, un recluso de 23 años de edad me explicó con calma cómo traficaba cientos de armas al año desde los Estados Unidos hacia México. Nunca se molestó en pagarle a los compradores fantasma estadounidenses para comprar las armas para él, dijo. En lugar de eso, iba a una de las muchas ferias de armas de fin de semana en Dallas y aprovechaba el llamado vacío legal para comprarlas de vendedores privados sin verificación de antecedentes ni prueba de ciudadanía.

Se devolvía para México con aproximadamente una docena de armas escondidas en neveras y hornos en su camión, y vendía las armas en su pueblo, unas pocas horas al sur del Río Grande. Su arma más solicitada, me dijo, era el rifle AR-15 semiautomatic, el cual podía comprar por tan poco como US$500 y vender por cinco veces eso. Se hizo más rico de lo que jamás soñó, compró una casa y nuevos camiones y motos.

“Al principio me sentí mal, pero uno se acostumbra”, dijo. “Es la forma de pasarla bien. Usted vende armas, gana dinero y pasa bueno”. Lo cogieron sólo porque su primo lo delató después de una discusión, dijo, y ahora está cumpliendo una sentencia de nueve años.

Armas de Estados Unidos inundan a México, armando a los brutales carteles que han inundado al país en sangre, destrozado familias y expulsado a las personas de sus hogares. En un período de seis años, el Departamento de Justicia rastreó más de 74.500 armas confiscadas aquí a los EE.UU., donde fueron fabricadas o vendidas después de ser importadas de otros países.

Muchas más armas están en manos de sicarios del cartel, quienes cometen docenas de asesinatos todos los días. Un estudio de 2013 por el Instituto Igarape de la Universidad de San Diego estima que entre 2010 y 2012 unas 253.000 armas de fuego fueron compradas para ser traficadas por la frontera sur. Los vacíos en la regulación, como el vacío de las ferias de armas, hacen imposible saber las cifras reales.

En contraste, en México sólo hay una tienda legal de armas de fuego en todo el país, que opera desde una base militar en la capital. Compradores tienen que solicitar un permiso y mostrar al menos seis tipos de identificación, incluyendo pruebas de que no tienen historial criminal y una carta de su empleador, y el proceso se puede demorar meses.

Mientras el presidente Trump se enfurece sobre los peligros de las drogas y los criminales que se filtran hacia el norte desde México, debería considerar cómo Estados Unidos exporta sus propios productos mortales y la devastación que causan. Anunció la semana pasada que enviaría a los militares a la frontera con México, y los estados han comenzado a desplegar tropas de la Guardia Nacional.

En estados como Texas, un inmigrante indocumentado no tiene permitido conseguir licencia de conducción. Pero cualquier persona -incluso un miembro del MS-13 sin documentos- puede entrar a una feria de armas y comprar un rifle semiautomático. Grupos de crimen organizado lo están aprovechando.

Los problemas de la violencia con armas, el tráfico de drogas y la inmigración son internacionales en nuestro mundo interconectado - y tenemos que trabajar más allá de las fronteras para solucionarlos. Así como México tiene que luchar contra los brutales carteles que llevan a las personas a huir hacia el norte, Estados Unidos tiene que detener el flujo hacia el sur de ese devastador río de hierro.

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