The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 14 de enero de 2019

En noviembre me convertí en el primer beneficiario de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) en ganar la beca Rhodes. La noticia fue agridulce.

En 2017, la administración de Trump anuló la opción de viajar al extranjero para aquellos con estatus DACA, los “Soñadores” que fueron traídos a este país ilegalmente cuando eran niños. Esto significa que cuando salga del país en octubre para estudiar en Oxford con mis colegas de Rhodes, es posible que no pueda regresar.

Esta es una realidad perpetua de ser indocumentado: nunca sé si tengo un lugar en Estados Unidos, mi hogar, incluso después de recibir una de las becas más estimadas del mundo.

Mi familia abandonó Corea del Sur durante la crisis financiera de Asia en 1997. Recuerdo que me sacaron a la medianoche y abordamos un vuelo con destino a “un lugar mágico”, según mis padres, llamado América. En ese entonces, yo no era consciente de las fuerzas económicas que habían obligado a mis padres a realizar el viaje a otro país.

Nos instalamos en un enclave coreano en Flushing, Queens. El idioma, las personas, los olores y los sabores nos recordaban a casa y eso nos ayudó a facilitar nuestra transición a nuestra nueva vida. Mi madre encontró trabajo en un salón de belleza, haciendo manicures y tratamientos faciales. Mi padre fue contratado como cocinero de línea en un restaurante coreano, trabajando turnos de 12 horas seis días a la semana.

Empecé a asistir al colegio en una iglesia coreana cercana. Lentamente empecé a adaptarme a mi nueva vida. Encontré consuelo en aprender a hablar inglés. A pesar de su exigente carga de trabajo, mis padres eran resueltos y cariñosos. Cuando mi padre supo que jugar béisbol era un rito de paso en Estados Unidos, salíamos a la acera frente a nuestro complejo de apartamentos para jugar. No sabía cómo lanzar, pero trató de enseñarme de todos modos. En 2012 recibí el estatus de DACA, lo que me permitió postularme a Harvard. Me gradué en diciembre con un título en biología y gobierno.

Por estos días la conversación en torno a la inmigración se centra en teorías de conspiración y declaraciones cargadas racialmente. Todos los días me recuerdan que no pertenezco a este sitio y me veo obligado a justificar por qué se me debe permitir permanecer.

Puedo argumentar que soy inteligente, motivado y capaz de contribuir a este país, al igual que mis compañeros inmigrantes indocumentados. Pagamos impuestos para ayudar a mantener los sistemas como Medicare y el Seguro Social, sistemas de los cuales tal vez nunca nos podramos beneficiar directamente.

Pienso usar mi tiempo en Oxford para pensar sobre cómo los inmigrantes indocumentados pueden motivar a este país para reconocer que somos americanos.

Cuando suba a ese avión en octubre y salga de Estados Unidos por primera vez desde que llegué hace 16 años, pensaré en el bullicioso mercado de las pulgas en la calle 41 y la avenida Union en Flushing, y el olor de los pasteles de arroz tteokbokki recién hechos en los restaurantes coreanos a lo largo del Northern Boulevard que paso camino hacia el tren 7. Estas son mis raíces. Estas son las imágenes y los sonidos que me nutrieron a medida que me convertí en la persona que soy hoy.

Hay un adagio coreano que advierte que “Lo que se aleja de los ojos se aleja del corazón”. Sin embargo, no tengo dudas de que estas imágenes y sonidos me llevarán y permanecerán conmigo donde quiera que vaya, porque esa es la naturaleza del hogar: permanecerá con uno incluso si el país al que llama hogar no lo acepta.

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