| La fiesta no salió a
tomar el sol
Los vendedores cartageneros no hacen un buen balance de las fiestas.
Dicen que el actual alcalde le quitó alegría a la
celebración.
El turismo se mantiene, pero las ventas en la calle no son buenas.
Por
Gloria Edith Gómez
Cartagena
Antonio Torres es un habitante del corregimiento La Boquilla,
ubicado a 20 minutos en lancha, sobre la Bahía de Cartagena.
Desde hace más de diez años se pasea por la playa
en la época en que llegan los turistas para ofrecerles
jaibas por $1.000, pequeños cangrejos que se consumen con
unas gotas de limón.
"Saben igual que la langosta", dice, mientras mira
con preocupación el balde lleno de jaibas de caparazón
naranja. Son las 6:00 p.m. y tendrá que regresar a su casa
con el producto de su pesca intacto y sin un peso en el bolsillo.
"Así andamos todos. La verdad es que turistas sí
hay, pero ya no compran nada en la playa, ni siquiera bajando
los precios", asegura el pescador.
Los hoteles, las calles y las playas están a reventar.
En los restaurantes, a veces hay que hacer fila para conseguir
una mesa. Sin embargo, se oye la queja de los vendedores por las
bajas ventas.
La fiesta del pueblo
"Muy malas, muy malas estas fiestas", comenta el músico
Eulogio Arrieta. Su compañero Marcos Ortega asiente con
la cabeza mientras afina el acordeón. "Antes le pagaban
a uno hasta $40.000 por una hora de canciones. Ahora nadie nos
contrata. Además la policía friega bastante, recogen
las esteras de la playa y sacan a los vendedores", añade
Eulogio.
Además de la difícil situación económica,
a los cartageneros les preocupa lo mucho que han cambiado sus
fiestas. "La administración municipal acabó
con la tradición dizque para darle un ambiente internacional
a Cartagena. Prohibieron los buscapiés y le bajaron el
tono a la champeta. La gente siente que la están privando
de expresar su alegría interior", señala el
comerciante Edilberto Marimón.
Las medidas adoptadas por el alcalde de Cartagena, Carlos Díaz
Redondo, para hacer unas fiestas más seguras, no tienen
contento al pueblo. Entre los taxistas, en las calles y en los
barrios, se siente la nostalgia por los ruidosos buscapiés
y la champeta rítmica y sensual.
"Esas son expresiones autóctonas del pueblo, sin
ellas sentimos que esto se volvió una fiesta para la clase
alta", comenta Miguel Cuello, vendedor de pescado frito en
la playa.
Para muchos, los problemas económicos son una buena razón
para dejar de celebrar y para otros, el nuevo estilo de las fiestas
cartageneras es una fuente de malos augurios. "Presiento
que así como le han quitado las fiestas al pueblo, se las
van a quitar a Cartagena", dice Moisés Herrera, cuyo
alquiler de sillas en la playa le dejó algunas ganancias.
Mientras cuenta un puñado de billetes sucios y arrugados,
agrega, "claro que más doloroso es conseguir cualquier
centavo y que no haya una buena parranda para podérselo
gastar".
Costos y cifras
Tiempos duros
En un día bueno, un vendedor de pescado frito podía
hacerse hasta $100.000. Hoy, en promedio, venden $20.000.
Las masajistas de la playa bajaron sus ingresos por día
de $40.000 a $7.000.
Los vendedores de camarones y jaibas, pasaron de $90.000 a
$30.000.
Un almuerzo en la playa con pescado frito, arroz de coco, patacones
y ensalada, cuesta $6.500, precio que compite con el de hoteles
y restaurantes en donde los platos se venden desde los $17.000
pesos.
Un cuidador de carros en la playa cobra hoy $1.000 por lavar y
cuidar cada vehículo. En promedio recoge $20.000 en un
día.
Los vendedores de gafas bajaron sus ganancias de $100.000 a $15.000.
Los conjuntos vallenatos podían recoger hasta $200.000
al día. Hoy se hacen $30.000.
Alquilar una silla durante 12 horas cuesta $1.100. Cada vendedor
tiene 40 a su cargo. Aseguran que antes se alquilaban todas y
hoy, unas 3 ó 4 cada día.
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