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Documento académico
Cadáveres N.N., para la vida y la dignidad humana

Por
Germán Antía M.
Profesor Titular Facultad de Investigación Judicial
Programa de Tanatopraxia, Tecnológico de Antioquia


Foto Henry Agudelo Cano


El ser humano, producto de complejas y evolucionadas reacciones moleculares y de un maravilloso desarrollo en el útero materno es un ser desconocido y misterioso, sólo perceptible a su madre por el movimiento de sus extremidades.

Desde entonces somos para la sociedad un N.N., hasta el momento en que nos registran en los libros notariales. Solo a través de este acto civil somos incorporados a la sociedad e identificados en esta.

Su origen
Con la sigla N.N. (del Latín nomen necio, en español nombre desconocido) los nazis abandonaban los cadáveres de judíos en los campos de concentración de Treblinka, Dachau, Bergen Bessel.

Durante la revolución francesa, una celebre mujer llamada Madame Trusseau, quien recorría los cementerios del viejo Paris identificando las cabezas y los cuerpos decapitados en la guillotina, reconoció allí las cabezas del rey Luis XV y de la reina Maria Antonieta. Este caso de reconocimiento marca un hecho importante en la historia de los N.N.

En Medellín, dicha sigla ha sido de uso corriente desde la época de la narcoguerra, que sacudió a la ciudad en la década de los años 90´s. Desde entonces, sus habitantes la incorporaron en su vocabulario cotidiano con una insensibilidad tal, que cuando desaparece uno de sus seres queridos, consultan en los centros de identificación y búsqueda de desaparecidos por un N.N. con determinadas características.

La sigla N.N. designa también personas sin identificación. Como consecuencia del conflicto armado llegan a los municipios que conforman el Valle del Aburrá personas de todas edades, muchas de ellas sin registro civil o identificación civil, esas mismas personas constituyen la población N.N. viva en el Valle del Aburrá, que no tiene acceso a los servicios estatales de salud, educación y bienestar social. La magnitud de esta problemática llevó a las autoridades a realizar campañas para el registro e identificación de los N.N. vivos.

La muerte ¿Un hecho cotidiano?
Doce años de guerra y criminalidad nos hacen saber que somos sobrevivientes de un largo y oscuro conflicto. La epidemia de criminalidad desatada en el Valle del Aburrá, ha vuelto cotidiano en nuestro léxico el termino N.N., para señalar a esas víctimas fatales del crimen que reposan en las cavas de las morgues de la capital antioqueña, sin que algún doliente los reclame para darles adecuada y digna sepultura. Sin embargo, en los cuerpos inertes de estas víctimas avanza la investigación científica y judicial, produciendo conocimiento médico para la vida.
Vivimos y morimos producto del azar genético y de los riesgos sociales inherentes a una urbe que en los últimos doce años suma 52.946 víctimas fatales; cifras que obligan a reflexionar sobre el nacer y el morir.

En 2001 la morgue judicial de Medellín albergó en sus neveras 619 cadáveres N. N., de los cuales 79 no fueron finalmente identificados. La efectividad del 87% en la identificación de estas víctimas N. N. se debe a la silenciosa y humanitaria labor de médicos, odontólogos y técnicos forenses, que al igual que Madame Trusseau en la revolución francesa, recorren los campos de guerra identificando cadáveres sin nombre conocido.
De los 619 cadáveres N.N. registrados en la morgue judicial 551 eran hombres y 68 mujeres, de los cuales 357 y 40, respectivamente, fueron asesinados por proyectiles de arma de fuego.

Vida y muerte
De estas cifras de mortalidad violenta también emerge vida para que otros puedan sobrevivirla con calidad. Es sorprendente saber que de aquellos cadáveres N.N., que nadie reclama ni llora; brotan corazones, córneas, médulas óseas, hígados y riñones... para que la vida continúe en otros seres humanos, que ansiosos esperan un órgano vital para continuar. La ley colombiana establece que los ciudadanos fallecidos en este país son presuntos donadores de órganos.

Los cadáveres de los hombres y mujeres N. N., después de ofrendar sus vidas sobre el duro asfalto de la ciudad, facilitan sus cuerpos a Patólogos y Anatomistas para que estos descifren en sus órganos los entrañables secretos de la enfermedad y de la muerte. De acuerdo con la normativa vigente en Colombia, se pueden entregar cadáveres N.N. para estudios científicos a instituciones universitarias por autorización del Ministerio de Salud.

Esos cuerpos y sus órganos sufren la acción preservadora de la formalina; a diferencia de muchos otros no conocen la putrefacción ni la acción cremadora del fuego. Dichos órganos permanecerán en laboratorios y recipientes de laboratorio como una variedad especial de libro, enseñando a los estudiantes de Anatomía las complejidades del cuerpo humano.

Morir en el Valle del Aburrá, significa para los criminalistas una marca de tiza en el duro asfalto de ciudad; no es más que el blanco trazo de una silueta humana sobre el negro asfalto, un conjunto de elementos físicos materia de prueba judicial numeradas en riguroso orden: manchas de sangre, proyectiles, un zapato, un arma...

El duelo se transforma
La velocidad con que suceden los homicidios en Medellín - en promedio trece diarios- conlleva a cambios sociales, culturales y psicológicos, ejemplo de estos son: La rápida asimilación y evolución del duelo por la desaparición de un ser querido, el poco tiempo para velación de los cadáveres, la celeridad con que se quiere llevar el cadáver de la cama al horno crematorio, la casi carencia absoluta del ritual y la pompa fúnebre, y la tendencia hacia la desacralización de los jardines y parques cementerios.

El desarrollo urbanístico se toma los camposantos, algunos de estos se transformarán en parques de diversiones - como el Cementerio de San Lorenzo -, se les arrebatan terrenos para ampliación de avenidas o para invasiones urbanas subnormales. Tales acciones quitan espacio a las fosas donde reposan los restos de los N. N. ; La escena de sepultureros arrastrando carretillas atestadas con cráneos rumbo al crematorio recuerda la poesía Boda Negra del colombiano Julio Florez.

Durante los últimos treinta años los funcionarios médico-legales y judiciales de Medellín han desarrollado una cultura por el respeto y dignificación de los cadáveres sin nombre (N.N.), permitiendo que 90% de estos sean identificados y entregados a sus familias y allegados mitigando así el dolor y teniendo la certeza que su ser querido sea inhumado con dignidad.
Para el reconocimiento de los N.N. se aplican importantes técnicas de Odontología, Genética y Medicina forense, necrodactiloscopía, fotografías, videos y descripciones detalladas que garantizan a sus familiares la certeza de una adecuada identificación.

La academia
Los cadáveres N.N., víctimas de la criminalidad, son entregados mediante permiso legal, en custodia a instituciones científicas, para el avance de investigaciones biomédicas, generación de conocimiento, desarrollo de nuevas técnicas quirúrgicas y la enseñanza de la medicina. En estas instituciones permanecen con la esperanza de ser identificados algún día no lejano por sus familiares y amigos.

Durante su permanencia en los laboratorios de Anatomía, los cuerpos N.N. reciben trato digno y adecuado en espera de que sus familiares y amigos les identifiquen y reclamen. Diariamente son hidratados con agua y sal y preservados de infecciones de hongos.

Cuando estos cuerpos han dado su aporte a la ciencia, los estudiantes les rinden una discreto pero sentido acto fúnebre de despedida. La nostalgia brota entre los rostros juveniles por el adiós de un amigo desconocido que desde su silencio les permitió avanzar en los caminos de la ciencia. Esos cuerpos de N.N. encontraron en los laboratorios el cobijo que quizá en vida no tuvieron.

Gracias a los beneficios de los cadáveres N.N., la ciudad ha logrado un importante desarrollo científico. En materia de transplantes de órganos ésta es líder a nivel mundial y centro de referencia en la materia. Pacientes de varios países llegan aquí en espera de órganos o componentes anatómicos para que les sean donados y transplantados. Esta acción humanitaria llena de regocijo a quienes han perdido un ser querido por la enorme satisfacción de saber que algún componente anatómico de aquellos aún vive y sirve en otro.

La vida prosigue en el Valle del Aburrá. Las salas de parto inundan la ciudad con el alegre llanto de aproximadamente 300 bebés que a diario nacen en ella. La población se reproduce rápidamente, y la fecundidad de los úteros de las mujeres paisas florecen como capullos de orquídeas en primavera, que aquí es eterna.

Documentación
- Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses
- Centro Nacional de Referencia sobre la Violencia, Regional Noroccidente [Estadísticas]

   


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