Viaje con danza, del Cáucaso a los sueños

Por Margaritainés Restrepo Santa María
Medellín

Imagine que usted entra a las páginas de Las Mil y una Noches. Al corazón de tierras lejanas del Oriente. Y que, en ese viaje, se encuentra con elegantes y fuertes príncipes y delicadas y coquetas princesas. Imagínelos. A ellos, con sus casacas rojas o grises, con mini cananas (simulando balas) en el pecho; camisones negros sedosos, botas de cuero a la rodilla, rodilleras, gorros o pelucas de lana. Muy derechos. Y con sables, cuchillos, escudos.

Imagínelas. A ellas, con sus trajes largos, amplios, blancos y negros, y sus tocados, de telas suaves, velos, y bordados con pedrería. Unos y otras de rostros expresivos. Ojos grandes color miel, azul, negro. Piel muy blanca. Cabello negro o castaño, casi siempre; y una sonrisa.

E imagine que todo eso es cierto. Porque a ese pedacito de mundo que ofrece fuerza, virilidad, protección, movimientos enérgicos, fragilidad feminidad y respeto, entraron, ayer, a las 10:30 de la mañana, chicos (de la Fundación Coraje)y adultos del barrio Sagrado Corazón (Barrio Triste), cuando Los Niños Virtuosos del Cáucaso, del Ballet Nacional de Georgia Orbi (Orbi significa cóndor) caminaron y bailaron en la plazoleta de la Estación Cisneros del Metro. Porque a Medellín llegaron, con una tradición cultural de 58 años, para presentarse, hoy y mañana, en el Teatro Pablo Tobón Uribe, a las 8:00 de la noche. Esa agrupación declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, junto con Los Niños Cantores de Viena y el Coro de Niños a Capella, del Vaticano.

Espontáneo de cabeza
"¿De dónde son esos niños, de Irlanda o Checoeslovaquia?... ¿Qué hacen por acá con esa ropa?... Gracias por traernos esto tan lindo desde tan lejos... ¿No hablan español?, pues aquí les enseñamos... Otra, otra, otra... Estoy que bailo...."

Niños de la calle, mecánicos, vendedores ambulantes, usuarios del metro, comerciantes de El Hueco, se reunieron para disfrutar con los pequeños bailarines asiáticos que, a ritmo de acordeón y tambor, mezclan folclor y acrobacia. Números que exigen fortaleza, con saltos sobre las rodillas y en las puntas de los pies y coreografía con sables y cuchillos; y danzas como de salón, elegantes y delicadas, con participación de las chicas.

Lo imaginado se hizo realidad, junto a las escalinatas de la Estación Cisneros. Al espectáculo se sumaron los espontáneos. El anciano fatigado o el perro curioso, que improvisaron un corredor, entre artistas y público. El joven que salió al "escenario" dio volteretas y se paró en la cabeza. Y hubo gotas de sudor en el rostro de los bailarines. Y agua de bolsa en su cabello. Y miradas de sorpresa. Dieron autógrafos, hablaron por señas y se sometieron a algún "jalón" cariñoso de casaca, velo o trenza.

Llegaron Los Niños Virtuosos de Georgia, nación rodeada de musulmana, pero con tradición cristiana desde el tercer siglo. De ese país de la antigua Unión Soviética, poblado por cinco millones de personas, con profusión de iglesias, y de cuchillos y sables. Rico en uvas de múltiples especies. En oro, trigo, naranja, mandarina, melón y sandía. Y, proveniente de las montañas, agua cristalina.

Llegaron del Cáucaso, tierra de gente alegre, amistosa, hospitalaria, de mesa ricamente servida para quien llega a casa; en donde la mujer es sagrada, el hombre galante, y un pañuelo blanco de ella frena la más violenta pelea. Y llegaron como familia. Hablando de su gusto por los viajes (siempre con doctor a bordo). Su dieta rica en carne, pan y reforzada con vitaminas. Con recuerdos de las pirámides de México y de la línea de la mitad del mundo, en Ecuador. Sin "mamitis" y un equipaje que, gracias a la danza, y la fórmula amor-disciplina, incluye valor de la amistad y respeto por la mujer y los mayores. "Tormenta. Vuelo. Respiro. Golpe en el corazón. Electrizante. Fogoso". A su trabajo así lo califican. Ellos, Goga, Shota, Kety, Eka, Georgiy, Imeda... Están aquí -por primera vez en Colombia-, para estimular con sus aires tradicionales, su vuelo y su movimiento de cisnes, los sueños, en este otro mundo.

Fotos: Henry Agudelo | Departamento de Fotografía EL COLOMBIANO | Envíe sus comentarios
 


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