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Son 26 años desde la primera donación de Fernando Botero
Una llamada
y nos llenamos de gordos
Las huellas de Fernando Botero, con dibujos,
pinturas y esculturas, siguen donde se originaron, en el centro
de la ciudad.
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El
patio de caballos,
1988. Óleo, 240 x 170 centímetros.
Foto
Fredy Amariles
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-¡Fernando, Fernando...! Vea, nosotros estamos muy mal representados
con su obra en el Museo. ¿Por qué no nos manda, nos regala o nos
vende por club, el cuadro de El Exvoto, que de todas maneras no
ganó en la Bienal?.
-Jajajaja... Sí, yo les prometo una obra.
-Una obra no, El Exvoto.
-Pero es que yo vendí esa obra en Nueva York, la tendría qué volver
a comprar.
-Qué importa. Usted la compra y nos la regala para su tierra.
Esta conversación sucedió en noviembre de 1974, en la Biblioteca
Pública Piloto de Medellín, entre Teresa Santamaría de González,
presidenta de la Junta Directiva del Museo de Zea (hoy de Antioquia),
y Fernando Botero. Los gritos de ambos hicieron que el público
asistente al Salón Nacional de Artes Plásticas parara la oreja.
Con tanto testigo no había remedio.
Al comenzar 1975 llegó una carta del maestro en la que anunciaba
el arribo de la Virgen de El Exvoto, con un párrafo final: “esperen
más regalitos...”.
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| Foto
Donaldo Zuluaga |
En
1976 a Teresita Peña de Arango, directora del Museo, le anunciaron
una llamada desde Venezuela. La “chiva” era de Darío Arizmendi,
entonces Jefe de Redacción de EL COLOMBIANO: “Estoy en el Museo
de Arte Moderno de Caracas. Le estoy haciendo una entrevista a
Fernando Botero y me acaba de decir que le va a hacer el regalo
de unas obras al Museo, de diez a quince, si se comprometen a
remodelar el edificio y a cambiarle el nombre. Es necesario hacer
una sala nueva con el nombre de su hijo Pedro”.
Teresita
no lo dudó y de inmediato dio su aprobación. Al colgar, la directora
aterrizó. Se confundieron el temor por la falta de dinero y la
alegría por la dimensión del regalo. Luego se prendió una luz,
la empresa privada. Así, la institución se embarcó en la tarea
que finalizó el 7 de septiembre de 1977 con la inauguración de
la sala Pedrito Botero y la presentación de 16 obras del artista
antioqueño.
Transformación urbana
Teresita dejó el cargo con otra promesa del maestro: la donación
de varias esculturas, condicionada al cambio de nombre de la institución.
Eso fue en 1977 y luego de intensas discusiones, el 13 de septiembre
de 1984 se reinauguró con el nombre de Museo de Antioquia y la
muestra de quince esculturas más de Fernando Botero.
El artista no se quedó en las salas y salió a la calle. Decidió
dejar a su amada Gorda en la esquina del Parque de Berrío, en
febrero de 1986. Para no dejarla sola, en 1994 trajo, al Parque
de San Antonio, el Torso Masculino. El Municipio compró la escultura
Pájaro, y Botero, para que no sintieran tan lejana la presencia
femenina, donó la Venus Durmiente.
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Ciudad
Botero
El proyecto Ciudad Botero comenzó a tejerse bajo la dirección
de Lucrecia Piedrahíta, cuando en los primeros días de noviembre
de 1996 recibió una llamada del maestro: “Lucrecia estoy muy emocionado
con la labor que se ha cumplido en el Museo. Quiero y estoy interesado
en hacer una donación, tanto en obras como en dinero para que
pensemos en un espacio con unas condiciones museográficas mejores
para la ciudad. Iniciaríamos la donación con una Sala de Dibujos
y cuenten con 800.000 dólares para la posible plazoleta”.
La propuesta tuvo relativo eco en las instituciones gubernamentales
y se conformó un grupo interdisciplinario para recibir la donación,
además, se consideró el traslado del Museo, que finalmente se
quedó en el Centro. Sin embargo, por falta de gestión, varias
obras de la colección privada de Botero se perdieron, lo que obligó
a actuar rápidamente y a reiniciar el proyecto, liderado por el
ex alcalde de Medellín, Juan Gómez Martínez y Pilar Velilla, directora
de la entidad.
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