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Sustico bacano, y al final, alegría


Último minuto en Cali, tensión en Medellín, y luego, fiesta en el Atanasio.


Por
Esperanza Palacio Molina
Medellín

La hinchada del Medellín gozó ayer como nunca. Festejó tres buenos goles, disfrutó un triunfo claro y contundente de su equipo, vio sufrir a los hinchas de Nacional y finalmente se enloqueció con la clasificación. Fotos Jaime Pérez

Cuando el segundo gol de Nacional llegó, en el Pascual, los hinchas del Medellín ni siquiera habían empezado a salir del Atanasio.

Todos se habían quedado allí para respirar, profundamente, los aires de victoria. El Poderoso acababa de golear al Cali. Sí, al Cali, al líder del torneo, al mejor, al nunca bien alabado y ponderado Deportivo Cali que tenía un invicto de 12 fechas y la valla menos vencida.

Sin embargo, y apesar de todos los pergaminos, el Medallo le encajó tres goles al verde caleño y con eso se clasificó para la ronda semifinal del fútbol.

Por eso, cuando terminó el partido, todos, los 42.000 aficionados se quedaron en las tribunas para gozarse el triunfo. Para darse una mirada de felicidad con el vencino, una carcajada en grupo para acordarse de losgoles y claro, para esperar a que terminara el partido en el estadio de Cali a ver si el América eliminaba o no a Nacional. Y mientras la fiesta roja se regaba por todo el estadio allá adentro, afuera la cosa se llamaba temor.

Un grupo de aficionados apiñados contra un radio, hacían una especie de ritual: todos con la mirada perdida hacia el cielo, ponían la oreja hacia el aparato, ninguno hablaba, dos fumaban y los demás murmuraban, como en un velorio. Uno de ellos miró el reloj, y los demás, sin hablar le preguntaron: él dijo, "faltan dos minutos", y se echó otra bocanada de humo a la boca.

No había alboroto, ni trifulcas. Inclusive, los vendedores ambulantes comenzaban a ordenar sus puestos, pues esperaban la salida de los rojos. Pero nadie salía. Estaban todos adentro, matados de la dicha. Una dicha que duró 90 minutos, incluídos los momentos de tensión extrema cuando el gol no llegaba.

El carnaval
Todo comenzó con música parrandera en la pista atlética. Aunque desde la tribuna les paraban pocas bolas a los del conjunto musical.

La fiesta estaba en la tribuna norte, donde los rexixtentes aparecieron con unas bombas que parecían chorizos azules y rojos que se movían de lado a lado al ritmo de los cantos y los aplausos.

Cuando a los 28 minutos llegó el gol de Vásquez (dudoso en un principio, pero legítimo después), un señor canoso que había en la tribuna, se volteó hacia su vecino y le dijo, muy seguro y horondo: "vamos a ser campeones, me huele que vamos a ser campeones".

Cerca del hombre optimista había una chica vestida de blanco, cuerpo lleno de curvas, poco ropa y mucho temperamento. La dama se enloquecía cada vez que el DIM se arrimaba a predios del Cali. Se sentaba y se paraba como impulsada por un resorte. La felicidad de la chica era contagiosa.

De pronto, una gritería, raro, porque en la cancha no había pasado nada extraordinario. Ah, claro, era que el América había hecho gol en el Pascual y le ganaba a Nacional 2-1. Qué mejor regalo para los hinchas del Medallo que sentir a su equipo clasificado y soñar con que Nacional quedaría por fuera de la final. Ahí, en ese gol americano, saltó la dama de blanco, casi llora el hombre del optimismo y un caballero mayor, con canas y todo, susurró para sus amigos: "fuera verdes hijueputas, van a ver la final pero por televisión" y le brillaban los ojos de tanta alegría.

Después llegaron más goles rojos, hubo toque, baile, cantos, silbidos, olés y mucho más. Hasta que se oyó el pito del árbitro Flavio Rojas que señalaba el final. La Euforia invadió el estadio, pero nadie se salió.

Los de afuera, el grupo aquel del radio y el ritual, seguían ahí. Oían pero no hablaban. Desde Cali anunciaron que se jugarían tres minutos de reposición. Eran los últimos tres minutos que le quedan a Nacional para empatar y clasificar.

Un hombre que cuidaba carros iba de aquí para allá. "¿Señora, cuánto queda en Cali?", preguntó. Nadie le contestó, entonces se fue para la otra esquina y se devolvió. Justo en ese momento se oyó un grito, "gol, gol, gol de Nacional". El hombre comenzó a brincar, el trapito rojo que tenía en la mano subía y bajaba, él no paraba de saltar. "Hermano, eso es un milagro, porque es que una final sin el verde no es final", afirmó.

Entonces los hinchas del Medellín salieron del estadio. Ahí sí, comenzaron a festejar.

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