 Foto
Jaime Pérez
Esta escena, hermosa por la emotividad y sinceridad,
fue la más repetida de ayer. El ayuno de tantas décadas, gracias
a Dios, llegó a su fin y los hinchas, como estos de la foto en inmediaciones
de El Obelisco, pudieron probar el sabor de un campeonato. Las lágrimas
no son para menos. | La
alegría también hizo olvidar odios | "Yo
estaba verraco con un hermano. Después del gol de Mao nos abrazamos
y nos olvidamos de pendejadas. Esto es lo bonito de este Medellín Campeón:
que une y hace olvidar odios bobos". Nicanor Mosquera, La Toma
"Me
fui de la casa hace un mes por esas cosas de la vida. Hoy volví, hablé
con mi señora y vimos el partido del Medellín juntos. ¡Mírela!,
ella también es hincha del Poderoso y está que no cabe en la
dicha". Esneider Vélez, San Javier.
"Hacía
dos años no nos reuníamos todos en familia. Hoy todos hicimos un
esfuerzo y nos juntamos.¡Aquí hay más hinchas de Nacional
que del Medallo, pero vea qué alegría!" Olga Piedrahita,
Prado Centro | ¡La
dicha obró milagros!
Escenas vistas en la calle luego del partido feron conmovedoras.
Los hinchas se mezclaban en abrazos y besos y vivas y alegría.
La felicidad fue enorme y muchos se recuperaron de enfermedades.
José
Alejandro Castaño Hoyos josec@elcolombiano.com.co Medellín Los
nudos de artritis en los dedos, los codos y las rodillas que le impedían
caminar a Efraín Jaramillo, de 71 años, se soltaron por arte de
magia a las 5:31 p.m., cuando Oscar Julián Ruiz señaló el
centro del campo y dio por terminado el partido en La Libertad: "¡Medallo
campeón!", gritó el viejo, con el cuerpo y el alma erguidas.
Hacia años, más de los que puede recordar, que no saltaba así.
A otros la alegría también les obró milagros.
A John
Ricaurte Valencia, de 36 años, el asma que le ahogaba los pulmones y se
los secaba como si estuvieran llenos de polvo, se le evaporó en un grito
idéntico: "¡Medellín campeón!" Con las vías
respiratorias dilatadas iba y venía, y saltaba y corría. El ahogo,
igual que la mala suerte del DIM, era historia. La lista de beneficiados de ayer
es larga.
A Rosalba Rúa, de 54 años, la dicha le enderezó
la boca. En febrero pasado un derrame le torció el labio inferior y nada,
ni las inyecciones ni la radio terapia, lograron devolverle la sonrisa. El prodigio
ocurrió a las 4:05 p.m., después del gol de Mauricio Molina. El
grito, el que le recuperó los músculos y la fe, no pudo ser otro:
"¡Medellín campeón!"
Pedro Salazar, de 41
años, asegura que un espasmo muscular que sufría en la espalda y
que lo obligaba a permanecer sentado la mayor parte del tiempo, desapareció
luego de un repentino agravamiento los quince últimos minutos del encuentro,
cuando el Deportivo Pasto estuvo a punto de marcar un gol y apretar la serie.
Por
suerte para el hombre el partido terminó y también el sufrimiento.
Ese fue otro que gritó, brincó, corrió, saltó: ¡Medellín
campeón!".
Y aunque parece increíble, otros que no eran
hinchas también se beneficiaron de los prodigios desatados por la magia
Roja. Cristian Camilo Muñoz, de 17 años, cuenta que su abuelo, Ismael
Muñoz de 68 años, se levantó de la cama y se asomó
a la ventana a comprobar lo que todos gritaban. Según el sardino, el anciano
hincha de Atlético Nacional hasta la médula, llevaba más
de cinco meses postrado por culpa de una fractura de fémur. En la casa
no sabían que hacer y terminaron por cargar al viejo que balbuceaba el
mismo grito repetido por todos: "¡Medellín campeón!"
Según
pudo comprobar EL COLOMBIANO, los milagros de ayer consistieron en muchos casos
en que no pasó nada, justo eso, nada. Liliana Melguizo de 54 años,
por ejemplo, estaba segura de que se iba a morir y jura que después
del gol del Pasto sintió un chuzón en el pecho tan fuerte que creyó
que se iba. Lo mismo le pasó a Diego Hoyos, de 57 años, operado
del corazón en enero pasado. El susto de su familia era que el hincha,
seguidor furibundo del Poderoso, colgara los guayos si quedaba campeón
o peor, si no alcanzaba la estrella. Contrario al temor de la esposa y de los
hijos, Diego resistió la alegría y una hora después de finalizado
el partido todavía saltaba con los vecinos de la calle 51 con carrera 32.
Fue en esa esquina donde ocurrió, quizás, el portento más
milagroso de la jornada: una señora y su esposo se cayeron del segundo
piso de su casa en medio de la celebración y arrollaron a un vendedor de
bolis. Increíblemente, nadie sabe cómo, los tres se pararon ilesos
entre del gentío que vociferaba en la calle. Muchos creyeron que se trataba
de un truco preparado y ovacionaron la proeza con vivas y aplausos. "¡Medallo
campeón hijueputa!", repetía el vendedor de bolis, aún
grogi. |