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Juan Antonio Sánchez
EL chiste decía los del DIM no podían
tomar Pony Malta porque era bebida de campeones. Profe y alumno brindaron en el
entrenamiento del viernes. | David González,
dice Octavio Gómez, es un alumno aplicado que a la seriedad con la que
trabaja le suma humildad.
"Él sabe oír lo que se le
dice y más importante todavía es que pone en práctica
los consejos. Antes de los partidos yo bajo al camerino y hablo con él.
Recordamos lo que hicimos en la semana y me voy para la tribuna. Allá veo
su desempeño, la manera cómo encara el partido y tomo nota para
corregirle lo malo y reforzar lo bueno", dice Ormeño.
David
González se sale del molde habitual de los jugadores del país,
no solo por su talla, 1.92, sino porque es un joven estudioso que pasó
a mediados del año a Veterinaria en la Universidad de Antioquia con
uno de los mejores puntajes de ingreso entre los 37.000 aspirantes que se presentaron
al Alma Mater. Pero no es todo: habla inglés, holandés y está
estudiando italiano.
Su madre, juez de la República, toca el piano,
también su abuelo y sus hermanos. Él se decidió por la
guitarra clásica.
"Estuve estudiándola tres años
y aprendí a interpretar piezas hermosas que disfruto mucho tocando.
Ahora por el fútbol ya no le puedo dedicar tanto tiempo", dice
el arquero.
"El estudio es algo esencial en mi vida y por eso me esfuerzo por
aprender todos los días. En mi caso no es una tarea forzosa sino algo
que me gozo y que me hace falta", dice el muchacho, que tiene un hermano
terminando el bachillerato y una hermana en último semestre de dos carreras
simultáneas: Historia en la Nacional y Comunicación Social en
la Bolivariana. |
Ormeño
y David amigos del alma y del arco
Los dos conforman una dupla ganadora que ya marcó historia.
El primero fue héroe en los años ochenta pero jamás logró
el título.
El segundo es su alumno más aplicado, el pupilo más aventajado.
José
Alejandro Castaño Hoyos josec@elcolombiano.com.co Medellín Luis
Octavio "Ormeño" Gómez, portero en los ochentas en el
arco Rojo y actual entrenador de arqueros en su Medallo del alma, es un hombre
jodido. A la veteranía que le dejaron 17 años de fútbol profesional
le suma un ojo clínico, casi infalible, para reconocer buenos porteros.
Y no es fácil impresionarlo, dicen los pupilos, porque no come cuento de
voladas espectaculares ni achicadas temerarias.
A él, conforme
al estilo que siempre lo caracterizó, lo convencen la disciplina, las ganas
y, sobre todo, la seriedad, nada más. El resto es cuento, advierte el profe,
parco en la cancha y burletero y juguetón por fuera. Este año, esa
sapiencia para ver talento donde otros no, lo hizo trabajar y pulir con mayor
atención a un portero juvenil de nombre David González, un pelado
de 20 años que entonces era suplente del suplente, un perfecto don nadie
en el fútbol colombiano.
Y le dedicó mayor atención
por encima de los veteranos Agustín Julio y Leonel Rocco seguro de que
en sus manos y en la actitud que demostraba se vislumbraba un arquerazo, uno grande
de esos que rara vez aparecen y que marcan la historia de los equipos no sólo
porque evitan goles cantados en la tribuna sino, sobre todo, por la manera cómo
influyen a los compañeros, contagiándolos de confianza, seriedad
y profesionalismo.
El muchacho sintió el respaldo y no defraudó.
A fuerza de hacer más de lo que el profe Ormeño le pedía,
de estirarse más en cada balón, de saltar más alto y de arriesgar
más en cada jugada, desbancó, primero a Rocco, licenciado a mitad
de año, y después a Agustín Julio, tan desconcertado y molesto
que perdió la suplencia con otro juvenil, Andrés Acevedo.
El
nivel alcanzado por David González a fuerza del trabajo con Ormeño
Gómez fue tan alto que muy pronto calló los cuestionamientos de
los hinchas rojos, empeñados en que Julio regresara, dada su veteranía,
recorrido profesional y mayoría de edad.
Víctor Luna no
lo dudó un instante y apostó por el ojo clínico del preparador
de arqueros, por eso soportó todo, hasta las críticas y miedos de
los accionistas del equipo que lo llamaron para que reconsiderara la titular del
pequeño David. Los tres, Ormeño, González y Luna, armaron
un nudo ciego que nadie, por más que bregaron, logró desatar.
Recorrido Luis
Octavio Gómez nació el 13 de noviembre de 1959 en Itagüí,
municipio del Sur del Valle del Aburrá. Llegó al Deportivo Independiente
Medellín a comienzos de 1977, tenía entonces 18 años y una
fama de atajador serio ganada con justicia en las canchas de los barrios.
Por
cosas del fútbol tuvo que resignarse con mirar los partidos desde la banca
de suplentes hasta 1982, cuando la vida le dio su oportunidad, justo en el momento
más crítico del campeonato. El arquero extranjero Carlos Alfredo
Gay se lesionó y el morocho de Itagüí saltó a la cancha
y no volvió a soltar la titular.
Sus compañeros de entonces,
Escobar, Ibargüen, Olaechea, Malásquez y Gildardo Gómez, lo
recuerdan como un hombre trabajador y noble que a pesar de que vivía los
partidos con pasión casi nunca cometía faltas y rara vez se veía
involucrado en peleas y montoneras en la cancha. Lo suyo era jugar fútbol
y evitar goles al estilo de los viejos porteros, tanto que la prensa de la
época llegó a decir que él era el "verdadero sucesor
del Caimán Sánchez".
A diferencia de José René
Higuita, que comenzaba a despuntar, Ormeño no sabía con el balón
en los pies y resolvía las jugadas difíciles reventándolo
contra la tribuna.
Su fortaleza, lo tenía claro, estaba debajo de
los palos del arco, donde volaba con facilidad, no obstante los 84 kilos de pesos
y los 1.85 de estatura.
En 1985 fue convocado por Gabriel Ochoa Uribe,
técnico del América y de la Selección Colombia, para que
fuera suplente de Pedro Antonio Zapa Jordán. De nuevo, la vida premió
su madurez y disciplina y, ante la lesión del titular, Ormeño terminó
jugando los partidos de la serie clasificatoria, donde no obstante la eliminación confirmó
que era el mejor del país.
Hoy David Gonzáles, líder
del arco del Medellín, reconoce en Luis Octavio a su profesor, el hombre
que un año ha hecho más por él que cualquier otro técnico
y que, gracias a las duras jornadas de entrenamiento y a los reiterados consejos,
lo pulió hasta ponerlo donde él nunca pudor llegar: ser el titular
del Medellín campeón de Colombia. |