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Robinsons Sáenz
En el bus del Cuerpo de Bomberos de Medellín
se acomodó toda la familia Roja: los jugadores, titulares y suplentes;
los directivos, el cuerpo técnico, los accionistas, el utilero y hasta
el conductor del bus. Ninguno quería perderse de la alegría de recorrer
la ciudad como los campeones. La travesía comenzó en el Olaya Herrera,
subió por la calle Diez hasta el parque de El Poblado, y giró en
dirección del Centro. En la Oriental tomó La Playa hasta Carabobo, donde
finalmente se enrutó a el estadio por Colombia. Fueron casi tres horas
de alegría, vivas y cánticos. | "La
dicha es tan grande que casi no cabe" | "El
pueblo seguidor del Deportivo Independiente Medellín tiene que gozarse
esta fiesta porque es suya, de nadie más. Hemos sufrido mucho, quizás
más que cualquiera otra hinchada en el continente, y nos tenemos merecido
esta felicidad".
Mario Montoya, barrio López de Mesa
"Los
hinchas del Medellín ya demostramos que no somos vándalos y que
sabemos vivir estos triunfos sin desmanes, como muchos decían. El domingo
la fiesta fue sana y seguirá así hasta el 35 de enero".
Luz
Dary Hoyos, barrio Robledo Aures | Caravana
de la alegría
A bordo de un carro de bomberos, la familia roja recorrió la ciudad.
Miles de hinchas ovacionaron a sus héroes, campeones de Colombia.
Los mayores gestos de respaldo se vieron en el Centro de la Ciudad.
José
Alejandro Castaño Hoyos josec@elcolombiano.com.co Medellín Luis
Fernando León, capitán del FAC-1160, avión Dornier de fabricación
francesa que transportó a los integrantes del DIM desde San Juan de Pasto,
pidió permiso para aterrizar. Eran las 9:27 a.m.
-Aquí torre
de control del Enrique Olaya Herrera -le respondió el controlador del terminal
aéreo-: condiciones climática óptimas en cabecera de pista.
Los hinchas le solicitan hacer un sobrevuelo por la ciudad capitán. Confirme
maniobra.
-¿Cuáles es la situación del tráfico,
torre?
-Despejada. Tenemos un helicóptero MI saliendo por el costado norte
del Valle del Aburrá. Puede proceder si lo desea.
La tripulación
del FAC-1160 suspendió el aterrizaje, aceleró motores y aceptó
regalarle un sobrevuelo a los siete mil hichas en las afueras del aeropuerto.
-¡Es muy bonito!, ¡es muy hermoso!, ¡ser uno hincha
del Poderoso! -los cánticos ascendían en espiral al cielo azul,
muy azul.
-¡Gritá, gritá, gritá!, ¡el
Rojo es campeón, decilo de corazón!
-¡Y ya lo ven!,
¡y ya lo ven!, !somos campeones otra vez!
Dos minutos después,
la nave descendió sobre la pista. Fotógrafos, periodistas, maleteros,
policías, azafatas, mecánicos y viajeros de los vuelos que a esa
hora se disponían a partir, se agolparon afuera de la puerta del Dornier
por la que, de pronto, apareció la figura del capitán John Javier
Restrepo cargando el trofeo de Medellín campeón. Hasta los pilotos
de otras aeronaves se acercaron para sumarse a la algarabía. En la malla
exterior del aeropuerto la multitud rugía reclamando a los jugadores.
-¡Salí,
Medallo salí! -el grito era tan furioso que los dos motores de un ATR-500
con destino a Armenia no lograron ahogar el pedido de la gente.
Por fin,
uno tras otro, los campeones subieron al carro de bomberos que los esperaba cerca
a la zona de hangares. Uno de los últimos en encaramarse fue el técnico
Víctor Luna, rodeado de cinco señoras del personal de aseo del Olaya,
que le pedían autógrafos para sus hijos y nietos
-Profesor,
yo no sé de fútbol pero nunca vi a mi muchacho tan feliz. Él
sufre de cáncer en un pie y ayer brincó de la alegría cuando
se acabó el partido. Me pidió que le dijera que Dios lo bendiga
-la voz de la mujer era tan emocionada que Luna se detuvo y la abrazó.
 Robinson
Sáenz La caravana del Medellín recorrió la ciudad durante
casi tres horas. | Poco después los hinchas rompieron
en gritos de júbilo cuando la máquina despuntó por entre
la multitud. Arriba, en la escalera plegada, los jugadores saltaban y agitaban
dos enormes banderas. Nueve caballos de los Carabineros intentaban en vano abrirle
paso al conductor del carro, que pese a los esfuerzos y a la veteranía,
tuvo que frenar una y otra vez obstruido por la gigantesca mancha roja.
-¡Navidad,
Navidad, que regalo Medallo en Navidad! -Casi cuarenta minutos después,
la caravana apenas había recorrido trescientos metros, desde la salida
del aeropuerto hasta la glorieta de la Terminal del Sur. El sol, confabulado con
los hinchas, despuntaba arriba y sumaba sus dedos amarillos a la fiesta. En la
carrera 65, en la fachada de un edificio en construcción, treinta obreros
se despojaron de los cascos y saludaron con gestos reverenciales a los campeones,
que agradecieron el gesto levantando los brazos y el trofeo.
Los locutores
de las emisoras radiales, a lado y lado de la vía, describían el
ambiente a gritos porque las sirenas, los pitos, los voladores y los cánticos
le ahogaban la voz. El desfile llegó hasta el parque de El Poblado y giró
a la izquierda, en dirección de la glorieta de Pintuco. Eran las 11:12
a.m. y casi cien carros y motos, tal vez más, escoltaba la caravana.
-¡Campeón,
Medallo campeón! -por las ventanas y los balcones de los edificios se asomaban,
igual que viajeros de un barco que llega a puerto después de una travesía
de 45 años, decenas de hinchas. En inmediaciones de San Diego, un hombre
improvisó una bandera con la cortina de su oficina y se envolvió
en ella.
Pero fue en el Centro de la ciudad, sobre La Oriental, La Playa,
Carabobo y Colombia donde se vieron los mayores gestos de amor y respaldo, quizás
porque es la gente del pueblo raso, esa que habita el corazón de la ciudad,
la mayor y más sincera hinchada.
¡Los queremos muchachos,
gracias por limpiarnos el alma y darnos alegría! -vociferaban cinco prostitutas
en las afueras de la iglesia de La Veracruz, y aplaudían y tiraban besos,
y reían y bailaban. El sol, en todo lo alto, les derretía los rastros
de pintura y les alargaba las sonrisas
Llegando al estadio, otro seguidor
Rojo, un lustrabotas, sacó los cepillos de embolar de su caja y se los
arrojó a los jugadores, un tributo para quienes, gritó entre llanto,
le brillaron el alma con una alegría inmensa, roja, hermosa. |