 Róbinson
Sáenz Los hinchas del Medellín tenían todo listo para
recibir al equipo ayer. | El
siquiatra rojo se "enloqueció"
Jaime Herrera
Correa jaimeh@elcolombiano.com.co San Juan de Pasto Quien lo iba
a creer, aquel hombre que le cambió la mentalidad al grupo, elevó
su motivación a la máxima expresión y los puso a recordar
cosas positivas cuando tenían problemas en la cancha, fue el más
desesperado el domingo.
Los papeles se cambiaron y el siquiatra Carlos
Palacio terminó siendo el paciente porque la ansiedad, la angustia y el
desespero se apoderaron de él en el partido que Independiente Medellín
le empató 1-1 al Pasto para luego coronarse como el nuevo campeón
del fútbol colombiano.
Como el reglamento de la Dimayor no le permite
sentarse en el banco, Palacio se quedó pegado a la malla de norte, de donde
se veía a las mil maravillas el partido. "Me quedo en este sitio porque
desde aquí sacamos el empate en octubre", alcanzó a decirle
a Alexánder Jaramillo cuando lo invitó para que se subieran a una
torre de la luz ubicada en ese sector.
Iban 20 minutos del compromiso y
este egresado y profesor de la Universidad de Antioquia estaba que se metía
al gramado porque, le dio la caminadera de un lado para otro, eso lo empezó
a transformar y a sacar de su realidad.
Pobres esos policías que
cuidaban el camerino del Poderoso con ese susto que se metieron cuando el médico
de 43 años saltó como un verdadero acróbata en el momento
en que el árbitro Óscar Julián Ruiz señaló
el punto penalti por la falta que le cometió Wálter Escobar a William
Vásquez.
Esos mismos agentes de la seguridad fueron testigos de
la metamorfosis que se presentó en Carlos cuando el portero pastuso Andrés
López le detuvo el remate a David Montoya para que el marcador continuara
0-0 hasta ese momento. Ahí, el siquiatra casi se muere.
Motivador
e hincha "Yo no soy hincha del DIM, soy un enfermo de este equipo
hace 40 años. Por eso me convertí en un accionista minoritario y
con el paso del tiempo me acerqué a los directivos, les hice la propuesta
de inyectarles energía positiva a los muchachos y me dieron la oportunidad
de trabajar con ellos y de gozarme la estrella conseguida luego de 45 años",
anotaba después del sufrimiento que se convirtió para él
el último cotejo del conjunto antioqueño en esta temporada.
Es
que la emoción de este paisa afiebrado de la pelota fue tan fuerte que
cuando Mauricio Molina anotó ese golazo de tiro libre a los 28 minutos
dijo "esto ya es nuestro". Esa tranquilidad pasajera no lo salvó
del desespero que se le vino, especialmente en la etapa complementaria.
Guiado
por el amor al equipo escarlata, se empezó a meter con la terna arbitral.
"No exagere con el pito, todo no puede ser falta, no compensemos y dejá
que los muchachos hagan su fútbol", le gritaba sin parar al árbitro
llanero Óscar Julián Ruiz.
La expulsión de Molina
ya le había hecho llevarse las manos a la cabeza y mirar con asombro hacia
la cancha. Y peor se puso cuando Edgar Pánzer Carvajal ingresó al
terreno de juego y al minuto vio la roja que lo mandó a las duchas en medio
de las papas, monedas e improperios que salieron en su contra de la tribuna occidental.
"Teníamos
dos hombres menos, pero yo estaba seguro de que el plantel no se nos iba a caer
porque tenía un trabajo profesional de tres meses. El secreto de ese cambio
de mentalidad de los jugadores estuvo en la motivación, la concentración
y la actitud que les inculcamos en todas nuestras charlas. Acá siempre
ha existido el talento, faltaba fortalecer la parte anímica para que se
convencieran de que también tenían con qué ganar algo",
dijo.
Cuando Reinaldo Rueda le dio el visto bueno a los directivos para
que Carlos Palacio se acercara al grupo, el ambiente comenzó a cambiar.
Aunque el punto de partida fue con la llegada del técnico Víctor
Luna, un hombre convencido de que la motivación hace parte de la formación
de cualquier jugador profesional.
Con Luna al frente del Medellín,
el siquiatra de la Universidad de Antioquia dejó a un lado su condición
de hincha y se metió de una a fortalecer al conjunto escarlata para que
pensara en cosas grandes. "Es verdad, cuando teníamos inconvenientes
en la cancha, yo me acordaba de las charlas del médico y eso me daba fortaleza
para no bajar los brazos", dijo Alexánder Jaramillo.
"Yo
a mis hijos no los abandonaré nunca, porque además de admirarlos
como hincha, compartí muchas cosas con ellos como compañeros en
la aventura que nos llevó al tercer título. Que viva el Medallo,
y seguro que vienen más cosas positivas", dijo el siquiatra medio
loco. Estaba feliz. |