
Deportivo Independiente Medellín y su amigo, Medallo
Campeón, horas antes de la final. La ilusión
de ambos es enorme, se les ve en los ojos. Jaime Pérez
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El hincha de pelo en pecho
Se trata de uno de los seguidores más populares del Medallín.
Por José Alejandro Castaño Hoyos
Medellín
El hocico de Medallo Campeón es estrecho y redondo. Los
ojos, sobre los que le caen cachumbos de pelo, son negros y saltones.
Pesa 6 kilos. Tiene el rabo mocho, las patas corticas, las orejas
caídas y la panza, digamos, sospechosamente inflada, como
si se hubiera engullido un gato de nombre Demalas.
En su conjunto, el gozque de melena negra denota más espíritu
que raza y hasta quienes lo quieren reconocen en él una
mezcla de linajes que oscilan entre el Coker Spaniel, el Pekinés,
el Fresh Poodle y el Chandóberman, un abolengo callejero
que abunda en los barrios populares en proporción inversa
al dinero.
Pero no es eso lo que hace de Medallo Campeón el perro
más famoso de la ciudad. Su virtud, su defecto según
otros canes menos feos y con más pedigrí, es que
el corazón le supura un amor incondicional por el Deportivo
Independiente Medellín, al que siempre acompaña
en el estadio, llueve, truene o pierda.
La pasión, se le entiende en los ladridos, es inmensa
y en los diez años de vida, que casi lo convierten en un
anciano, nunca ha dejado de ir al Atanasio Girardot, donde es
tan popular como la cerveza, los narradores y el fútbol
mismo.
Su dueño, o mejor, su papá, es otro hincha enfermo
del Rojo que hace tiempo decidió cambiarse el nombre de
Gustavo Giraldo Zuluaga por el de Deportivo Independiente Medellín
Girarldo Zuluaga.
La amistad de esos dos, cuentan, el uno recostado en el otro,
comenzó en 1992, un año lleno de tristezas porque
acababa de morir la esposa de Deportivo Independiente, Patricia
Cantor, al final del séptimo mes de embarazo de una pequeña
que, por más que los médicos del San Vicente de
Paúl intentaron salvar, también falleció.
Eso fue, recuerda el hombre, un balonazo en el alma y se dedicó
a desperdiciar la vida en la droga y el alcohol. Cavó hondo
su tumba y terminó viviendo en la calle, comiendo basura.
Tenía 43 años cuando conoció a Medallo Campeón.
Ambos trabaron una amistad tan grande que el 25 de diciembre de
1995, el amor por el perro lo hizo pedir ayuda y aceptó
ingresar a un centro de rahabilitación siempre y cuando
lo dejaran entrar con su amigo, que entonces ya llevaba al estadio
los domingos y los miércoles.
No fue un partido fácil. La tentación de la droga
es grande y siempre acecha, esperando un descuido. Deportivo cuenta
que en los momentos más críticos, cuando las fuerzas
le flaquearon y quiso renunciar, los ojos amorosos de Medallo
Campeón lo alentaron y lo mantuvieron firme.
Contra todo pronóstico, el drogadicto salió del
túnel y volvió a la casa y al estadio, donde su
figura y la del perro parado en sus hombres se convirtió
en una suerte de símbolo de la perseverancia por alcanzar
metas imposibles, como esa de que el DIM obtuviera, tras 45 años
de brega, la tercera estrella.
Y han pagado el precio por la espera, lenta e insoportable: viajes
a todas las ciudades del país, hambrunas prolongadas en
la casa para ajustar las boletas, gripas y fiebres por aguaceros
chupados a la intemperie y, lo que más pesa, derrotas y
derrotas y derrotas y frustraciones consuetudinarias, grandes,
filosas, dolorosas.
Hoy por fin, a pocas horas de que ese otro sueño se haga
realidad, los dos amigos se visten con el atuendo que, por culpa
de la cancelación de la caravana terrestre que los llevaría
a Pasto, no podrán lucir en el estadio Libertad.
Y aunque es difícil decir cuál de los dos parece
más feliz, los ojos de Medallo Campeón brillan con
más luz, quizás porque a él le sientan mejor
los colores rojo y azul del uniforme. Eso sí, ambos aseguran
que después de la obtención de la tercera estrella,
pueden estirar la pata en paz.
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