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La melancolía de un estadio lleno

Reinaldo Spitaletta
Medellín

Al principio era la luz. Bengalas y volcanes, globos y serpentinas y una nube azul y roja que se regó por el Atanasio cuando el DIM saltó a la cancha, en un estadio lleno.

Después vinieron los sustos. El Cali parecía jugar de local. Al primer minuto la hinchada roja se quedó sin aliento, un centro desde la derecha de Giovanni Córdoba y cabezazo a quemarropa de Patiño, la voladora de Diego Gómez no le alcanzó. Balón contra el palo.

Con un avance del Chumi Álvarez la gente se levantó, agitó las palmas y aulló. Porque nada más emocionante que un estadio repleto y rugiendo, en una noche de diciembre, con 22 grados de temperatura.

Sin embargo, el nerviosismo de los rojos se le contagio a la feligresía y el Cali era más equipo en el primer tiempo, con avances por las puntas, en especial por la derecha. ¿Dónde estaba la sangre del Medallo?, ¿dónde sus arrestos para responder? Ah, sí, en un tiro libre de Ganiza Ortiz, que pegó en el vertical, al minuto 20. Pero el ¡huuuuy! se tornó ¡aaaay! cuando Mina Polo, tras pase de Giovanni Hernández, remató solo y el balón pegó en el poste. Silencio en la noche.

Luego, Martínez se atragantó frente al arquero caleño y el rebote tampoco lo aprovechó Serna. Medellín no estaba para anotar.

La luz brilló nuevamente para el DIM, a los tres minutos del segundo tiempo. David Montoya, tras toque de Serna, dejó regados a varios defensas, se tiró a un costado, dentro del área, y remató. Golazo. Pero el árbitro Jorge Hernán Hoyos lo anuló, cuando vio la bandera en alto del línea Carlos Gil. Ya empezaba el corito de "¡pícaro, pícaro!" que se oiría el resto del partido. Un minuto después, jugadota del Chumi, con fuerza arrastró marcas, enfrentó al guardavallas, pero el balón se estrelló en el palo. "¡Palo maldito!", gritaron.

"¡Vamos, vamos, vamos Medellín que esta noche tenemos que ganar", coreó la fanaticada y entonces, en un tiro desde fuera del área, Montoya volvió a estrellar el balón en el vertical. Algo extraño estaba pasando. Cali no llegaba y el Medellín atacaba, pero no la metía. A los 20 minutos, el DIM se acordó de abrir la cancha. Jaramillo centró desde la derecha, recibió al otro lado Montoya que sirvió hermosamente a Serna. El cabezazo abajo lo voló Vargas.

Había nervio. Y patadas. El juez central se dejaba "manosear" el encuentro de los del Cali. Desde adentro y desde afuera. Tarjetas amarillas para allá y para acá, y el DIM quería, pero no podía, ni con Cortés, ni con Serna, ni con Montoya. Ni con los que entraron después, Henry Vásquez y Carlos Andrés Vásquez.

El Cali quemaba tiempo, interrumpía el tránsito, hasta cuando, al final, se armó la gresca, con entrada de policías, de delegados, de técnicos. Qué barullo. Y, bueno, fueron expulsados Choronta y Murillo, y antes de ellos, Patiño.

Sí, lo más lindo era ese estadio lleno, enrojecido, pero lo más feo era la falta del gol. Un estadio abarrotado y sin goles del local siempre será una imagen de la amargura, un retrato de la melancolía.

Al final, ni bengalas, ni coros de victoria, ni pólvora. Alaridos, sí, contra el árbitro. La oscuridad empezó a caer sobre el estadio. La hinchada del DIM parecía otra vez condenada al sufrimiento. Y a su contraparte: la esperanza.

   



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