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EL COLOMBIANO
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Memorias de una vieja constelación

Por Reinaldo Spitaletta
Medellín

Ya Memo Arredondo había marcado dos golazos y Larraz otro. Era el 23 de marzo de 1958 y el Atanasio estaba repleto de gritos y de locura. La pelota, en el minuto 38 del segundo tiempo, la tomó el argentino José Vicente Greco, disparó y era el cuarto gol del DIM.

¡Cuatro a cero!, la gente no lo podía creer. El DIM derrotaba al Cúcuta, en ese día histórico. ¡DIM, campeón! Los aficionados de sol se tiraron a la cancha, mientras los otros bailaban porros, como en un barrio, como en una extemporánea fiesta de diciembre celebrada en marzo.

Era el campeón del torneo de 1957, coronado en 1958. Esa fue la última vez que los hinchas del Medellín saborearon la gloria. Después, los acompañaría el recuerdo de esa gesta, la obtención de dos subcampeonatos, y la frustración de un título efímero, que apenas duró lo que se demoraron en brotar las lágrimas de Barbat y la Gambeta Estrada, en 1993.

Pero en la memoria de la mejor hinchada de Colombia y en los anales del equipo, siempre han perdurado las imágenes de grandes figuras.

Qué decir, por ejemplo, del más arrollador de todos, aquel que apodaban el Charro por su pinta de galán mexicano, pero nacido en las mangas del Riachuelo, en La Boca. Integró la célebre Máquina de River, en los cuarenta. Arrasaba con mujeres y jugadores contrarios.

Quienes lo vieron (¡qué privilegio!) rememoran sus goles de taquito, de chilena, de cabeza, en palomita. Una sensación. La impronta del genio en cada una de sus jugadas. Y aun en su vida fuera de las canchas. Era un milonguero, una rumba permanente. Así que después de apreciarle sus gambetas la gente podía encontrárselo en cualquier mostrador de bar o conquistando una muchacha.

Cuentan que dijo: "El tango es el mejor entrenamiento: llevás el ritmo, lo cambiás en una corrida, manejás los perfiles, hacés trabajo de cintura y de piernas...". Y ese Moreno fue del DIM.

Lo sacó campeón en 1955, como jugador y como técnico. En esa constelación estaban, además, el Caimán Sánchez, Lauro Rodríguez, Canino Caicedo, Francisco Pacheco, Pedro Roque Retamozo, Jorge Chema Méndez, Orlando Larraz, René Seghini, Felipe Marino, Marcos Coll, Valerio Delatour, Lidoro Soria, Carlos Arango, Lorenzo Calonga, Antonio Sacco, José Luis Lanza, Álvaro Barreiro, Alfonso Niño y Alfonso Villegas.

En el 61, alejado ya de las fintas y los amagues, era otra vez director técnico del Medallo. Tenía 45 años. El DIM jugaba un amistoso con el Boca y los de aquí no descifraban nada ni anotaban. Y Moreno, desesperado ante la poca audacia de sus muchachos, se cambió, saltó al terreno y marcó dos goles.

Ah, y qué decir, por ejemplo, de Omar Orestes Corbatta, ese puntero derecho que deslumbró en los cincuentas y sesentas, por su picardía, porque siempre llevaba la pelota pegada al pie, porque era la alegría en movimiento. El Loco, el rey del chanfle, el mismo que jugó en Racing y en Boca, estuvo en el DIM.

Corbatta, de piernas chuecas y medias caídas, era un espectáculo. Arrancaba desde la mitad (cuánto amaba el balón), sentía el cuero en los pies, amagaba a un lado y se iba por el otro. Con su concurso el DIM obtuvo, en 1966, el subcampeonato, en los tiempos del chileno Hormazábal.

Pero como no hablar de Marino o de Lalliana, del veloz Uriel Cadavid o de Ponciano Castro, de Sarnari o de Gallego, del elegante Mario Agudelo o del Toro Tamayo. Tantos astros. Tantas jugadas bellas. Quizá, todos esos portentos que del DIM han sido, iluminarán a la nueva generación. Ésa que ahora tiene en sus pies, tan cerca, el brillo de la tercera estrella.

   



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