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¡Matame, rojo, matame!

Reinaldo Spitaletta
reinaldos@elcolombiano.com.co
Medellín

Era como subir al cielo y volver a bajar para mirar de cerca esa orquesta roja del segundo tiempo. Qué te digo, si es que las puertas del paraíso del fútbol se abrieron para dejar pasar a los 52.236 hinchas que anoche eran una fiesta de confetis y goles, de estribillos y olas, de un solo sentimiento: "¡matame, rojo, matame!".

Mirá que después de esas caras largas con las que terminamos todos el primer tiempo, con ese cero-cero de desconsuelo, el DIM salió con otros bríos. Era como si, en el interregno, le hubieran inyectado una sobredosis de energía.

Qué máquina. En el primer minuto ya el Chumi y David Montoya estaban frente al arquero Aguirre y en el estadio comenzó a sentirse una especie de terremoto. El Chigüiro por la izquierda abría la cancha y las gargantas de la hinchada. Y otra vez volvía Montoya. "¡Con güevas!", le gritaban, y el número 10 parecía poseído por todas las musas.

Te digo que la taquicardia era como una deliciosa sensación, como un irremplazable hormigueo existencial. Mirá no más ahí, al Chumi recibiendo la pelota con el pecho, gambeteando a dos contrarios y sacando un riflazo que Aguirre atajó para ahogarnos el grito de gol. Era apenas el minuto 10. Y ya todos sabíamos que el gol tenía que llegar.

Fue entonces cuando un murmullo fue creciendo, como una tormenta de voces sobre el Atanasio: "¡vamos, vamos, vamos Medellín!" y llegó un cabezazo de Orozco, que el arquero voló. Era el minuto 11.

Y que querés que te diga, que ya estábamos todos sin garganta, que el Medallo atacaba, que de pronto una falta a unos veinte metros del arco del Tuluá, y que el negro Cataño se paró frente al balón y disparó rastrero, le pegó a un defensa y Calle quedó frente al arquero y la tocó a un lado. Golazo. Al minuto 12. Y todos parecíamos habitantes de un manicomio.

Volaron serpentinas, se prendieron bengalas, explotaron bombas de humo. "Es muy bonito, es muy hermoso ser un buen hincha del Poderoso". Ya no había duda. Medellín iba a ganar. La gente, te digo, comenzó a golpear con los pies, tan-tan-tan, en una vibración sísmica y luego llegó una ola, y otra ola, y muchas olas. Y así, casi sin darnos cuenta, llegó otro tiro libre. Que lo cobra Cataño, que no, que lo tira Montoya, y así se especulaba, vos sabés cómo somos los hinchas en la tribuna, cuando el rey David disparó con efecto, voló Aguirre, medio la manoteó, y el balón entró. Una nueva explosión, hermano.

¡Y dále y dále y dále, rojo, dále!, que ya no había sino un equipo en la cancha: ¡el DIM! y ya el Chigüiro hacía túneles, y se tocaba para allá, para acá, y todo era una algarabía. Qué vaina, sin embargo. El Caldas perdía con América y ya se entraba directamente a la Copa Libertadores. Pero qué importaba, si el Medellín era una sinfonía de fútbol.

Pero una jugada del Tuluá silenció, por fracciones de segundo, el estadio. Un tiro de Frank Torres pegó en el horizontal, rebotó y el Panzer la rechazó y la bola, como por milagro, quedó en las manos de Diego Gómez.

Y al minuto 38, otra fantasía roja. Henry Vásquez, recién entrado, se fugó por la derecha, tiró un centro, lo cabeceó en globo Carlos Andrés Vásquez y Aguirre apenas miraba cómo se iba el balón. Pegó en un vertical, se paseó por la raya y pegó en el otro. Y ahí apareció Serna, un toque sutil y golazo.

Ahí sí fue incontenible la alegría, abrazos, palmas, aplausos, qué más te puedo contar, si hay que vivirlo, había que estar en esa fiesta para saber cómo es subir al cielo y volver a bajar para ver una celebración colectiva. "Rojo y azul hasta el fin, el pueblo está con el DIM" sonaba por los altoparlantes.
El infarto, te digo, lo reservamos para el próximo partido.
   



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