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La tristeza reflejada en Caretorta

Medellín
Ubicado en su ya tradicional rincón de occidental baja, acompañado por un sobrino y otros tantos seguidores como él de la pasión roja, Caretorta DIM, tenía el pálpito de que se podía ganar, pero éste se desvaneció muy temprano: "me da miedo la defensa, algo pasa, los muchachos están como nerviosos", repetía mientras agarraba con fuerza el asta de la bandera azul y roja.

El hombre no podía dormir y ayer se levantó más temprano que de costumbre. Tenía ese nerviecito a flor de piel, era como una taquicardia por la ansiedad de la espera.

De pies a cabeza se vistió casi que repitiendo como un autómata el mismo ceremonial de aquel 19 de diciembre de 1993 cuando el DIM acarició el título por siete minutos: los mismos zapatos con una franja azul y otra roja, los mismos bombachos azules -ya desteñidos- con una raya lateral roja, la misma camiseta del DIM, esa que le regaló el Pánzer Carvajal, y la infaltable bandera ya algo roída por el inefable paso del tiempo.

"Vine vestido como esa tarde del 93", era como un agüero porque al fin y al cabo, ese 19 el equipo ganó en la cancha (a Nacional 1-0), sólo que un factor externo, el gol de Mackenzie en Barranquilla, impidió que el rojo se coronara campeón.

Siempre pensando en su Medallo salió en el taxi de su esposa a ayudarle a un amigo a comprar la boleta, mientras en su casa de San Javier ondeaba otra gigantesca bandera.

Ayer no se le vio corriendo de norte a sur, como siempre lo hace, aunque sí gritó y arengó contra el árbitro. Y también para alentar mientras al fondo sus contemporáneos de Rexixtenxia contaban el "dale, dale, dale... rojo". Permaneció sentado, casi pegado a las frías tribunas y se levantaba como resorte cuando el DIM se acercaba al gol.

Su rostro se descompuso, casi a punta de las lágrimas, en el momento que Vásquez anotó el gol americano. Por unos instantes enrolló la bandera, sintió como si le hubieran dado una puñalada: "fue como si me hubieran dado con un balde de agua". Respiró profundo y volvió a alentar. Pero tal como al DIM el tiempo le quedó corto. A él sus dos relojes, uno de manilla de metal y otro de plástico, con las insignias del equipo, de poca ayuda le sirvió porque al final, con dolor en el alma, como la misma que sintió ocho años atrás, tuvo que tomar su bandera, doblarla y salir con la cabeza gacha para su casa. Pero aún confiando en la victoria final porque no está muerto el que pelea. "No pierdo la fe. Tengo la sensación que las cosas se van a emparejar en Cali. Medellín nos ha acostumbrado a cosas difíciles". OBE

   



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