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El desconsuelo merodeó en las afueras del Estadio

La triste historia de los que no pudieron ingresar al Atanasio Girardot.

Ber-Buri
Medellín

En las afueras del estadio Atanasio Girardot se jugó el otro partido, el de la impotencia, la tristeza, la desolación y el desconsuelo que protagonizaron aquellos hinchas del DIM que, por una u otra razón, no pudieron ingresar al escenario. Allí, quedó al descubierto la otra cara de la alegría y la fiesta que se vivió adentro.

Santiago (*), los escobitas verdes de las Empresas Varias, doña Diana, Wílfer, Nicolás y hasta un campeón del Medellín en 1955, estuvieron merodeando aquí y allá, con la mirada perdida, fija en lo alto de las tribunas, vibrando interiormente, con los puños crispados y el nerviosismo a flor de piel.

Santiago estaba recostado en un poste, sosteniendo una gigantesca bandera roja y azul y mostrando un rostro de tragedia.

"¿Sabe por qué no pude entrar?, porque mi amiguita no llegó y ella tenía las dos boletas de Oriental. Cada una me costó $20.000 y se las entregué para que las guardara y vea la que me hizo. Eso sí, hasta aquí llegó nuestra amistad. Y pensar que para mí el DIM es lo más sagrado, me siento en el paraíso y me quiero morir cuando el equipo salta a la gramilla. ¡Tengo una piedra!".

Sufriendo en silencio
Otra clase de impotencia, más bien de tipo laboral, fue la que soportaron Luis Hernando Mejía y otros escobitas verdes de las Empresas Varias, encargados del aseo en los alrededores del Atanasio Girardot.
"Mi turno va de la una de la tarde a 9 de la noche... fatal, porque soy hincha del Medallo, estaba muy jovencito cuando lo vi coronarse campeón en el 57, pero me toca hacer fuerza aquí afuera, pegado de la escoba, recogiendo la basura que botan los aficionados, sufriendo en silencio, escuchando el griterío de la tribuna, sin saber lo que está pasando. Mis otros compañeros por lo menos tienen radio para escuchar. A Henry lo echaron porque ni siquiera recogió el carro que le tocaba hoy y prefirió meterse al estadio".

Ni pa'l pasaje
La impotencia de Diana González contrasta con la de los hinchas rojos. Ella ni siquiera es antioqueña, vino desde Bogotá en la compañía de su hija, cargando varios bultos de camisetas, banderas y gorros del Medellín, para venderlos al frente de Obelisco. A punto de sollozar, la señora relató su drama:
"Estamos aquí desde las 12:00 del día y a esta hora (4:10 de la tarde) no hemos vendido ni siquiera un banderín. ¡Pero es nada! Qué día tan flojo, es increíble que esto pase en una final. Tenemos la esperanza que gane el Medellín para que la gente compre algo a la salida del estadio porque, de lo contrario, no vamos a recoger ni siquiera para el pasaje de regreso a Bogotá. Y pensar que el viaje duró 15 horas, por Manizales, pues el bus se varó".

Otro que estuvo merodeando en las afueras del Estadio fue Felipe Marino, goleador argentino, el mejor cabeceador del torneo colombiano en los años cincuenta y campeón con el DIM-55, porque llegó muy tarde, cuando estaba a punto de finalizar el primer tiempo.

"Es que estoy buscando el ingreso de pases y ya cerraron todas las puertas. Pero si no me dejan entrar, soy capaz de tumbar la puerta", respondió sonriente el popular cabecita de oro.

   



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