| Estación tristeza
Medellín
La cara y el ánimo de los hinchas que viajaron en el metro subió y bajó, en menos de cuatro horas, del cielo al purgatorio.
El semblante alegre, optimista, bullicioso, bullanguero que primaba en las estaciones del metro sobre las dos de la tarde, a las seis, era melancólico, desanimado y hasta con algo de rabia.
El viaje de ida era de suma felicidad; de dicha absoluta sin espacios a nada diferente al triunfo, porque esa mancha roja que se apretujaba dentro de los vagones tenía como única meta el triunfo que diera la posibilidad de tener en el bolsillo el 50% del título.
"Estamos locos de la cabeza...". El estribillo de los muchachos de Rexixtenxia Norte fue el que más se escuchó entre San Antonio y la estación Estadio, donde los coches vomitaban cientos de hinchas teñidos de escarlata hasta la coronilla como no había sucedido en años.
Esta vez, las camisetas coloradas asemejaban una invasión de langostas que buscaban dónde asentarse, y ese era el coloso de la 74, que brillaba a mazorca liberal...
Era como la alegría de la Navidad, de otro Papá Noel que regalaba expresiones de optimismo; mensaje de final de año preñado de aguinaldos, aquél que los fanáticos reforzados en rojo esperaban que les diera su equipo del corazón.
Pero horas después, el rojo fue de rabia e insatisfacción, aunque las reacciones resultaron divididas en el formulario del inventario dominical.
"No parce, qué pesar. Vea estos árbitros como le metieron la mano al Medallo".
El comentario se regaba por el vagón como si fuera pólvora, mientras las decenas de hombres iban pegados con la radio al oído, como queriendo escuchar el gol que no se pudo conseguir.
"Vea mijo, falta el segundo partido y no hay problema. El rojo es el rojo y estamos listos para ganar a donde sea. Lo que nos falta es el segundo tiempo en Cali".
Unos eran optimistas ante la cruda realidad de una derrota que aterriza al cuadro antioqueño, para ponerlo a pensar sobre lo que será el partido del título. Y también sobre el exitismo de toda la semana, que tuvo, incluso celebraciones por adelantado.
"Nada parce. Por nada del mundo que vamos a dejar ir solo al DIM a Cali. Ni más faltaba que no estemos a su lado, ahora que nos ha dado tanta alegría".
Las voces no lo querían dar por muerto. Otros, en cambio, seguían el camino de la resignación, pero en el fondo lo que se vio al salir del Atanasio, era el reflejo de lo que acontecía en la estación tristeza, la otra cara de la central felicidad que esperaba a los robustecidos seguidores del América. PAR
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