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Más sabe el diablo por viejo...

América planteó la sencilla: esperar y contragolpear. Y dio gran paso hacia el título.

Demostró que en estas instancias finales pesa sobremanera la veteranía.

Arquero impasable, defensa sólida, medio práctico y un ataque demoledor.

Oswaldo Bustamante Escobar
Medellín
América vino a Medellín esgrimiendo la bandera de la experiencia en instancias finales. Y así se acreditó, justicieramente, el primer round de los dos previstos, frente al Independiente Medellín. Apenas necesitó de un gol, en los botines del antioqueño Julián Vásquez, ex DIM, pero por las situaciones desaprovechadas, el pizarrón pudo ser mayor: dos o incluso tres tantos más. Al fin y al cabo, con uno bastó. Ahora quedó más cerca de la estrella 11 que el rojo de Antioquia de la tercera.

Puso veteranía encarnada en un volante de tranco corto, aparentemente lento como Edison Mafla, pero con una visión increíble y una zurda inigualable a la hora de poner un balón a tierra de nadie. Ahí llega el balón, casi siempre, para que sea capitalizado o desperdiciado por sus compañeros de avanzada.

También puso trajín de partidos acumulados y de seguridad aérea o a ras de piso como la que demostró, de principio a fin, el uruguayo Luis Alberto Barbat, coincidencialmente también ex DIM. Impasable por arriba, sin nervios de ninguna clase, serio y líder.

Por si eso fuera poco, al conjunto Juan José Peláez le negó el antídoto para el dolor de cabeza que desde el minuto dos le reportó Julián Vásquez, un hombre de ataque con gran movilidad por derecha o izquierda, velocidad, sapiencia para enfrentar al contrario y olfato de gol.

Y, claro, como complemento, un grupo homogéneo, sólido, estable emocionalmente y, ante todo, canchero, de esos que saben quemar tiempo, resguardar la pelota y desestabilizar al rival, tal como lo hizo en los últimos cinco minutos del primer período: tocando aquí y allá, devolviendo la pelota, girando muy parecido a como lo hacían las manecillas del reloj.

En el campo de juego empleó la táctica más sencilla, esa que sacan a relucir los viejos boxeadores en los primeros asaltos de la pelea: esperar para ver con qué se deja venir el rival de turno. Y, obvio, al tantearlo, un buen observador y estudioso del tema, éste con nombre propio (Jaime de la Pava), puede fácilmente implementar su fórmula para obtener los dividendos planteados: el contragolpe, letal y doloroso para el adversario.

Los 90 minutos del América fueron idénticos: desarmar atrás, salir por las franjas, generalmente por intermedio de Mauricio Romero, 22 años, un ágil y dinámico volante que se mueve como pez en el agua por cualquier lado de la cancha, quien siempre encontró el respaldo de Mafla, y adelante un "chorrillo", peligroso y punzante como Vásquez, difícil de referenciar, que para quienes no acudieron al estadio, habría que decir que se perdió mínimo tres goles (uno que le devolvió el travesaño, otro que solo y con Diego Gómez vencido, lo desvió por centímetros, y uno más a remate que milagrosamente sacó el arquero). Y tuvo muchas más opciones.

La victoria escarlata vino precisamente en una jugada en la que intervinieron los tres: salida de Romero, apoyo de Mafla, pase milimétrico al fondo y la definición limpia de Vásquez, a un rincón.

Así las cosas, la presentación ayer de la escuadra caleña demostró, una vez más, el peligro que reporta un conjunto que viene de menos a más, que hace tres meses estuvo a punto de cambiar técnico y que clasificó con el mínimo en último suspiro. Como se dice, la experiencia no se improvisa.

   



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