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De los tiempos del Caimán a los del Panzer y Choronta

Reinaldo Spitaletta
Medellín
¡Qué tiempos aquellos! En marzo de 1958, Colombia, un país habitado por la violencia, se encontraba en plena campaña electoral. Se venía la etapa histórica del Frente Nacional, una alternancia de gobiernos liberales y conservadores, que duraría hasta 1974.

El domingo 23 de marzo de 1958, igualmente, se definía el campeonato de fútbol colombiano de 1957. Y el Medellín, el hoy Poderoso, se enfrentó al Cúcuta, al que venció por cuatro goles a cero.

El diario EL COLOMBIANO valía veinte centavos. Los precios de las entradas al estadio costaban cinco pesos, la tribuna numerada; cuatro, la Alta; las laterales, a tres pesos y Popular, a uno con cincuenta.

Ese domingo de marzo, en que el estadio presentó, según las crónicas de la época, una pobre entrada, el Medellín apabulló a los Motilones y obtuvo la segunda estrella (la primera, en 1955). Tenía grandes figuras, como el Charro Moreno (entrenador), Seghini (que no jugó los últimos partidos), Memo Arredondo, el Caimán Sánchez, Greco, Larraz, el Manco Gutiérrez, Retamozo y Caicedo.

Sí, claro. Eran tiempos tal vez más ingenuos. Medellín era una parroquia de 350 mil habitantes, y el fútbol de este lado tenía una notoria influencia del Río de la Plata. El día en que el Medallo se coronó campeón, en el Club Unión se promocionaban las empanadas bailables, en el Campestre se presentaba la Orquesta de Lucho Bermúdez y en el Coliseo Cubierto había un torneo infantil de fútbol, patrocinado por Noel.

Los que no querían ir al estadio podían asistir a las carreras de caballos en San Fernando (ese día hubo nueve) o entrar al teatro Junín a presenciar Las mil y una noches, con "la divina María Montez, en bellísimos colores naturales", según un aviso publicitario.

Eran días para ir al almacén Tía, fumar pielroja sin filtro, o, los más sofisticados, lucky strike (oh, aquel profundo cinco letras). Y en los campos colombianos -como hoy- no había paz.

Y el Medallo, ese domingo de gloria, estaba destinado a ser el campeón. Había sido el mejor de los 12 participantes. Al suspenderse el torneo, en 1957, le llevaba al segundo 11 puntos.

Qué tiempos aquéllos y qué tiempos los de hoy. El Medallo, en un partido que la única gracia que tuvo fueron los goles (eso decían los comentaristas de prensa), llevó por última vez a sus parciales una alegría inconmensurable: ser campeón. Marcaron Memo Arredondo (dos goles), Larraz y Greco.

El país de hoy, por supuesto, es otro. Agobiado no sólo por la violencia, sino por el desempleo, desplazamientos forzosos, miserias múltiples y las políticas neoliberales. Y en ese panorama de contrariedades el fútbol es una suerte de paliativo. O, visto de otra manera, de estupefaciente. Como en tantas partes.

Y el DIM de hoy, tan distinto al de ayer, tiene la hinchada más fiel y más bullosa de Colombia. Y la más sufrida. Es un equipo sin figuras de cartel, pero sí de enorme pundonor, garra y muchas ganas. Puros pelados con ansias de triunfo, con un fútbol, a veces lírico, a veces parco, muy parecido al de las barriadas. Auténtico y con cierta poesía. El futuro les pertenece.

Nada que ver Diego Gómez con el Caimán, ni Orozco con Canino Caicedo. Ni 1957 con el 2001. Aunque digan que el mundo fue y será una porquería... Entonces estaba Moreno, tal vez el más grande jugador del Medallo de todos los tiempos, y el fútbol era (eso dicen) más suelto, más creativo, de más fantasías.

En todo caso, el DIM de hoy, de excelente campaña, es un equipo que, como el del 57, ha hecho historia. Anoche, antes de conocerse el desenlace del partido, tenía a toda la ciudad en vilo. Una bandera roja y azul flameaba en el cielo de Medellín. Había muchas estrellas.

   



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