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Medallo: dolor virtual, dolor real

Reinaldo Spitaletta
Estábamos ahí, en la penumbra, en el Atanasio, con 18 mil hinchas más, bajo una noche estrellada, y todo era virtual: cinco pantallas gigantes, el DIM saltando a la cancha del Pascual Guerrero, camiseta blanca, pantaloneta azul, y había gritos y algunos explotaron tacos, aquí. Allá, silbatinas para los visitantes.

Saltó el América y allá era la fiesta, aquí la silbatina. El Atanasio en sombras, el Pascual lleno de luces y serpentinas. Los milagros de lo virtual. Mostraron a Juan José Peláez y aquí aplaudimos. "Estamos obligados a ganar", declaró.

Después, un minuto de silencio, allá y aquí, por la memoria del pelado Andrés Felipe Pérez. En el Pascual, Mafla arrodillado en la grama. Aquí se escuchaba, llena de temblores, una melancólica trompeta de luto.

Y empezó el partido. Allá y aquí los nervios en tensión. Desde el principio, el América volcado sobre la valla del DIM, el miedo nos iba carcomiendo a los de aquí. El Pascual era un hervidero. O eso era lo que mostraban las pantallas. Un tirazo de Mauricio Romero, atajado por Diego Gómez, nos llenó de pánico.

A los 27 minutos, el Chumi se aproximó al área, desbordó marcadores y tiró. Qué gritería aquí. Allá, silencio. La gente, de pronto, comenzó a insultar la pantalla, el árbitro había dejado de pitar una falta contra el DIM. Todavía la esperanza no se había diluído.

Y entonces fue cuando apareció el diablo, un negro marcado con el número 22, Edison Mafla, jugadorazo anoche. Al minuto 34, en un tiro libre, nos abrió una brecha en el alma. La pelota parecía fácil para el arquero del Medallo, pero inexplicablemente la dejó entrar. El Pascual era un reverbero; el Atanasio, un cementerio.

El Medellín no llegaba, ni siquiera ayudado desde lejos, con ese aliento de todos, con esas ganas que poníamos los que estábamos frente a las pantallas. Y fue cuando llegó la mejor jugada del partido: ese demonio de Mafla la tomó por la punta izquierda, de espaldas a la raya final la pisó y dejó sin sentido a Orozco, volteó el grone, miró al área y centró, para que, en palomita, Julián Vásquez nos decretara la muerte. Minuto 40.

Claro que seguíamos creyendo en un despertar del equipo de Juan José, pero, otra vez, no era ésa la noche del Medallo. El América ya se sentía campeón, manejaba el partido a su gusto, se escuchaban olés, mientras aquí, todos, en absoluto mutismo.

En el cielo del Atanasio se asomaban las estrellas. De nada nos servían. Alguno declaró, con exceso de optimismo: "El DIM empata y gana". Pero era el América el que dominaba. De pronto, algunos avances de Serna, Montoya, Roberto Carlos, Henry Vásquez, pero nada. Todo muy atropellado. Y a nosotros ya no nos dejaba respirar ese nudo de impotencia en la garganta, esa repetida frustración.

El América tenía tiempo para los lujos; nosotros, para la desesperación. Allá cantaban, uno sentía ese coro como el filo de mil cuchillos: "Campeón, América, Campeón". Y nosotros, apretujados, veíamos cómo se nos volvía más oscura la noche. Allá, en Cali, tanta luz. Aquí, en cambio, tantas sombras.

Bueno, se resignaban algunos. "Llegamos más lejos de lo que creíamos". Cuando el partido se acabó, allá era la conmoción total, la alegría de los otros. La rumba de la feria. Aquí, puras caras de congoja por el derrumbe de una ilusión.

A la salida del Atanasio, de vuelta al mundo real, nos pareció escuchar otra vez esa corneta de silencios. Sin embargo, dentro de la multitud agolpada en el Obelisco, había otra música: "¡No necesito que estés arriba para quererte glorioso DIM!". El sueño está vivo.

   



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