"Vivir para contarla":
Biografía de Gabriel García Márquez
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Había nacido en una casa modesta, pero creció
en el esplendor efímero de la compañía
bananera, del cual le quedó al menos una buena educación
de niña rica en el colegio de la Presentación
de la Santísima Virgen, en Santa Marta. Durante las vacaciones
de Navidad bordaba en bastidor con sus amigas, tocaba el clavicordio
en los bazares de caridad y asistía con una tía
chaperona a los bailes más depurados de la timorata aristocracia
local, pero nadie le había conocido novio alguno cuando
se casó contra la voluntad de sus padres con el telegrafista
del pueblo. Sus virtudes más notorias desde entonces
eran el sentido del humor y la salud de hierro que las insidias
de la adversidad no lograrían derrotar en su larga vida.
Pero la más sorprendente, y también desde entonces
la menos sospechable, era el talento exquisito con que lograba
disimular la tremenda fuerza de su carácter: un Leo perfecto.
Esto le había permitido establecer un poder matriarcal
cuyo dominio alcanzaba hasta los parientes más remotos
en los lugares menos pensados, como un sistema planetario que
ella manejaba desde su cocina, con voz tenue y sin parpadear
apenas mientras hervía la marmita de los frijoles.
Viéndola sobrellevar sin inmutarse aquel viaje brutal,
yo me preguntaba cómo había podido subordinar
tan pronto y con tanto dominio las injusticias de la pobreza.
Nada como aquella mala noche para ponerla a prueba. Los mosquitos
carniceros, el calor denso y nauseabundo por el fango de los
canales que la lancha iba revolviendo a su paso, el trajín
de los pasajeros desvelados que no encontraban acomodo dentro
del pellejo, todo parecía hecho a propósito
para desquiciar la índole mejor templada. Mi madre
lo soportaba inmóvil en su silla, mientras las muchachas
de alquiler hacían la cosecha del carnaval en los camarotes
cercanos, disfrazadas de hombres o de manolas. Una de ellas
había entrado y salido del suyo varias veces, siempre
con un cliente distinto, y al lado mismo del asiento de mi
madre. Yo pensé que ellano la había visto. Pero
a la cuarta o quinta vez que entró y salió en
menos de una hora, la siguió con una mirada de lástima
hasta el final del corredor.
-Pobres muchachas -suspiró-. Lo que tienen que hacer
para vivir es peor que trabajar.
Así se mantuvo hasta la medianoche, cuando me cansé
de leer con el temblor insoportable y las luces mezquinas
del corredor, y me senté a fumar a su lado, tratando
de salir a flote de las arenas movedizas del condado de Yoknapatawpha.
Había desertado de la universidad el año anterior,
con la ilusión temeraria de vivir del periodismo y
la literatura sin necesidad de aprenderlos, animado por una
frase que creo haber leído en Bernard Shaw: "Desde
muy niño tuve que interrumpir mi educación para
ir a la escuela". No fui capaz de discutirlo con nadie,
porque sentía, sin poder explicarlo, que mis razones
sólo podían ser válidas para mí
mismo.
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Tratar de convencer a mis padres de semejante locura cuando
habían fundado en mí tantas esperanzas y habían
gastado tantos dineros que no tenían, era tiempo perdido.
Sobre todo a mi padre, que me habría perdonado lo que
fuera, menos que no colgara en la pared cualquier diploma
académico que él no pudo tener. La comunicación
se interrumpió. Casi un año después seguía
pensando en visitarlo para darle mis razones, cuando mi madre
apareció para pedirme que la acompañara a vender
la casa. Sin embargo, ella no hizo ninguna mención
del asunto hasta después de la medianoche, en la lancha,
cuando sintió como una revelación sobrenatural
que había encontrado por fin la ocasión propicia
para decirme lo que sin duda era el motivo real de su viaje,
y empezó con el modo y el tono y las palabras milimétricas
que debió madurar en la soledad de sus insomnios desde
mucho antes de emprenderlo.
-Tu papá está muy triste -dijo.
Ahí estaba, pues, el infierno tan temido. Empezaba
como siempre, cuando menos se esperaba, y con una voz sedante
que no había de alterarse ante nada. Sólo por
cumplir con el ritual, pues conocía de sobre la respuesta,
le pregunté:
-¿Y eso por qué?
-Porque dejaste los estudios.
-No los dejé -le dije-. Sólo cambié
de carrera.
La idea de una discusión a fondo le levantó
el ánimo.
-Tu papá dice que es lo mismo -dijo.
A sabiendas de que era falso, le dije:
-También él dejó de estudiar para tocar
el violín.
-No fue igual -replicó ella con una gran vivacidad-.
El violín lo tocaba sólo en fiestas y serenatas.
Si dejó sus estudios fue porque no tenía ni
con qué comer. Pero en menos de un mes aprendió
telegrafía, que entonces era una profesión muy
buena, sobre todo en Aracataca.
-Yo también vivo de escribir en los periódicos
-le dije.
Eso lo dices para no mortificarme -dijo ella-. Pero la mala
situación se te nota de lejos. Cómo será,
que cuando te vi en la librería no te reconocí.
-Yo tampoco la reconocí a usted -le dije.
-Pero no por lo mismo -dijo ella-. Yo pensé que eras
un limosnero.
-Me miró las sandalias gastadas, y agregó-:
Y sin medias.
-Es más cómodo -le dije-. Dos camisas y dos
calzoncillos: uno puesto y otro secándose. ¿Qué
más se necesita?
-Un poquito de dignidad -dijo ella. Pero enseguida lo suavizó
en otro tono-: Te lo digo por lo mucho que te queremos.
-Ya lo sé -le dije-. Pero dígame una cosa:
¿usted en mi lugar no haría lo mismo?
-No lo haría -dijo ella- si con eso contrariara a
mis padres.
Acordándome de la tenacidad con que logró forzar
la oposición de su familia para casarse, le dije riéndome:
-Atrévase a mirarme.
Pero ella me esquivó con seriedad, porque sabía
demasiado lo que yo estaba pensando.
-No me casé mientras no tuve la bendición de
mis padres -dijo-. A la fuerza, de acuerdo, pero la tuve.
Interrumpió la discusión, no porque mis argumentos
la hubieran vencido, sino porque quería ir al retrete
y desconfiaba de sus condiciones higiénicas. Hablé
con el contramaestre por si había un lugar más
saludable, pero me explicó que él mismo usaba
el retrete común. Y concluyó, como si acabara
de leer a Conrad: "En el mar todos somos iguales".
Así que mi madre se sometió a la ley de todos.
Cuando salió, al contrario de lo que yo temía,
apenas sí lograba dominar la risa.
-Imagínate -me dijo-, ¿qué va a pensar
tu papá si regreso con una enfermedad de la mala vida?
Pasada la medianoche tuvimos un retraso de tres horas, pues
lo tapones de anémonas del caño embotaron las
hélices, la lancha encalló en un manglar y muchos
pasajeros tuvieron que jalarla desde las orillas con las cabuyas
de las hamacas. El calor y los zancudos se hicieron insoportables,
pero mi madre los sorteó con unas ráfagas de
sueños instantáneos e intermitentes, ya célebres
en la familia, que le permitían descansar sin perder
el hilo de la conversación. Cuando se reanudó
el viaje y entró la brisa fresca, se despabiló
por completó.
-De todos modos -suspiró-, alguna respuesta tengo
que llevarle a tu papá.
-Mejor no se preocupe -le dije con la misma inocencia-. En
diciembre iré, y entonces le explicaré todo.
-Faltan diez meses -dijo ella.
-A fin de cuentas, este año ya no se puede arreglar
nada en la universidad -le dije.
-¿Prometes en serio que irás?
-Lo prometo -le dije. Y por primera vez vislumbré
una cierta ansiedad en su voz:
-¿Puedo decirle a tu papá que vas a decirle
que sí?
-No -le repliqué de un tajo-. Eso no.
Era evidente que buscaba otra salida. Pero no se la di.
-Entonces es mejor que le diga de una vez toda la verdad
-dijo ella-. Así no parecerá un engaño.
-Bueno -le dije aliviado-. Dígasela.
Quedamos en eso, y alguien que no la conociera bien habría
pensado que ahí terminaba todo, pero yo sabía
que era una tregua para recobrar alientos. Poco después
se durmió a fondo. Una brisa tenue espantó los
zancudos y saturó el aire nuevo con un olor de flores.
La lancha adquirió entonces la esbeltez de un velero.
Estábamos en la Ciénaga Grande, otro de los
mitos de mi infancia. La había navegado varias veces,
cuando mi abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez
Mejía -a quien sus nietos llamábamos Papalelo-
me llevaba de Aracataca a Barranquilla para visitar a mis
padres.
"A la ciénaga no hay que tenerle miedo, pero
sí respeto", me había dicho él,
hablando de los humores imprevisibles de sus aguas, que lo
mismo se comportaban como un estanque que como un océano
indómito. En la estación de lluvias estaba a
merced de las tormentas de la sierra. Desde diciembre hasta
abril, cuando
el tiempo debía ser manso, los alisios del norte la
embestían con tales ímpetus que cada noche era
una aventura. Mi abuela materna, Tranquilina Iguarán
-Mina-, no se arriesgaba a la travesía sino en casos
de urgencia mayor, después de un viaje de espantos
en que tuvieron que buscar refugio hasta el amanecer en la
desembocadura del Riofrío.
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