"Vivir para contarla": Biografía de Gabriel García Márquez

Aquella noche, por fortuna, era un remanso. Desde las ventanas de proa, donde salí a respirar poco antes del amanecer, las luces de los botes de pesca flotaban como estrellas en el agua. Eran incontables, y los pescadores invisibles conversaban como en una visita, pues las voces tenían una resonancia espectral en el ámbito de la ciénaga. Acodado en la barandilla, tratando de adivinar el perfil de la sierra, me sorprendió de pronto el primer zarpazo de la nostalgia.

En otra madrugada como ésa, mientras atravesábamos la Ciénaga Grande, Papalelo me dejó dormido en el camarote y se fue a la cantina. No sé qué hora sería cuando me despertó una bullaranga de mucha gente a través del zumbido del ventilador oxidado y el traqueteo de las latas del camarote. Yo no debía tener más de cinco años y sentí un gran susto, pero muy pronto se restableció la calma y pensé que pudo ser un sueño. Por la mañana, ya en el embarcadero de Ciénaga, mi abuelo estaba afeitándose a navaja con la puerta abierta y el espejo colgado en el marco. El recuerdo es preciso: no se había puesto todavía la camisa, pero tenía sobre la camiseta sus eternos cargados elásticos, anchos y con rayas verdes. Mientras se afeitaba, seguía conversando con un hombre que todavía hoy podría reconocer a primera vista. Tenía un perfil de cuervo, inconfundible; un tatuaje de marinero en la mano derecha, y llevaba colgadas del cuello varias cadenas de oro pesado, y pulseras y esclavas, también de oro, en ambas muñecas. Yo acababa de vestirme y estaba sentado en la cama poniéndome las botas, cuando el hombre le dijo a mi abuelo:

-No lo dude, coronel. Lo que querían hacer con usted era echarlo al agua.

Mi abuelo sonrió sin dejar de afeitarse, y con una altivez muy suya, replicó:

-Más les valió no atreverse.

Entonces entendí el escándalo de la noche anterior y me sentí muy impresionado con la idea de que alguien hubiera echado al abuelo en la ciénaga.

El recuerdo de ese episodio nunca esclarecido me sorprendió aquella madrugada en que iba con mi madre a vender la casa, mientras contemplaba las nieves de la sierra que amanecían azules con los primeros soles. El retraso en los caños nos permitió ver a pleno día la barra de arenas luminosas quesepara apenas el mar y la ciénaga, donde había aldeas de pescadores con las redes puestas a secar en la playa, y niños percudidos y escuálidos que jugaban al fútbol con pelotas de trapo. Era impresionante ver en las calles los muchos pescadores con el brazo mutilado por no lanzar a tiempo los tacos de dinamita. Al paso de la lancha, los niños se echaban a bucear las monedas que les tiraban los pasajeros.

Iban a ser las siete cuando atracamos en un pantano pestilente a poca distancia de la población de Ciénaga. Cuadrillas de cargadores con el fango a la rodilla nos recibieron en brazos y nos llevaron chapaleando hasta el embarcadero, por entre un revuelto de gallinazos que se disputaban las inmundicias del lodazal. Desayunábamos despacio en las mesas del puerto, con las sabrosas mojarras de la ciénaga y tajadas fritas de plátano verde cuando mi madre reanudó la ofensiva de su guerra personal.

-Entonces dime de una vez -me dijo, sin levantar la vista-, ¿qué le voy a decir a tu papá?

Traté de ganar tiempo para pensar.

-¿Sobre qué?

-Sobre lo único que le interesa -dijo ella un poco irritada-: Tus estudios.

Tuve la suerte de que un comensal impertinente, intrigado con la vehemencia del diálogo, quiso conocer mis razones. La respuesta inmediata de mi madre no sólo me intimidó un poco, sino que me sorprendió en ella, tan celosa de su vida privada.

-Es que quiere ser escritor -dijo.

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