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"Vivir para contarla":
Biografía de Gabriel García
Márquez
El tema en cuestión
Personaje de su propia novela
El relato del Nobel sobre su vida y sus contemporáneos
¿Está implícito en
esta obra el testamento literario de García Márquez?
¿Será acaso la última de sus novelas? ¿Por
qué no es, en rigor, un compendio de 50 años de
historia nacional? Cuestiones y conceptos, al final de una primera
lectura de Vivir para contarla...
Por
Juan José
García Posada
Medellín

Foto Wilson Daza
García Márquez sigue siendo maestro del realismo,
de la creación de atmósferas y escenarios, de
la combinación de historias paralelas y del arte del
detalle. Y renueva en este libro su gratitud al gran escritor
norteamericano William Faulkner, "el más fiel
de mis demonios tutelares". |
Vivir para contarla discurre sobre la tierna corriente del amor
filial, desde el párrafo de entrada hasta las frases finales
de la narración, que va circulando alrededor de la madre
y la familia y con el polo a tierra de "la vieja casa de
los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer".
Es una historia personal y familiar que supera la preceptiva tradicional
de las memorias literarias y la autobiografía.
El personaje de su propia novela, en este volumen de 579 páginas,
es Gabriel García Márquez.
Hablar de las memorias de un narrador es una redundancia. Esta
obra confirma que los cuentos, las novelas y las crónicas
y los artículos periodísticos de García Márquez
han sido primero que todo creaciones testimoniales de patente
autenticidad, de donde nunca han estado excluidos ni él,
ni su familia ni sus contemporáneos cercanos.
Se insinúan acentos de testamento literario en Vivir para
contarla, cuando se identifican algunos signos de sopor, como
de siesta en el calor del trópico, pero prevalece la energía
vital distintiva de todos los textos antecedentes. Cuando terminé
la primera exploración a grandes saltos por los laberintos
de esa prosa magnética, me convencí de que tenía
abundantes motivos para resistirme a concluir que esta sería
la culminación de la parábola imaginativa de García
Márquez. Esta no puede ser la última de sus novelas.
Más bien sugiere que podría marcar un promisorio
punto de partida.
No es razonable esperar grandes revelaciones, ni episodios trascendentales.
Lo esencial está en que es el mismo García Márquez
el narrador y protagonista de su propia historia trascendente.
La autenticidad es uno de los rasgos distintivos de la obra. El
estilo es el hombre. En la tradición literaria los lectores
de memorias están acostumbrados a detectar gestos de vindicta
subrepticios o manifiestos. Muchas veces el género ha sido
contaminado por el cálculo utilitario para el ajuste indecoroso
de cuentas. En cambio, esta biografía novelada representa
un ejemplo de sapiente ecuanimidad, de sinceridad generosa, casi
de ausencia de vanidad, como si se hubiera propuesto expiar sus
presuntas culpas con una depurativa confesión en público
y por escrito.
García Márquez sigue siendo el maestro de la creación
de atmósferas y escenarios, de la combinación de
historias paralelas y del arte del detalle. Renueva en este libro
su gratitud a Faulkner, "el más fiel de mis demonios
tutelares". Y no desdeña las ocasiones propicias para
aguzar el sentido del humor, como al recordar su ilusión
periodística y literaria y la anécdota de Shaw:
"Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación
para ir a la escuela". Humor, también, cuando parece
que disfruta induciendo al lector a buscar en el Diccionario palabras
tan exóticas en nuestros días como frémito:
"No pude eludir el frémito de que iba a perderla para
siempre un jueves de julio".
Ya no es Macondo, sino el territorio real de los sueños
y las andanzas intelectuales. Del realismo mágico al puro
realismo. En sentido estricto, esta obra no equivale a 50 años
de historia nacional. Por supuesto que basta, para que sea histórica,
la sola presencia del Nobel nuestro de Literatura, que entrelaza
los acontecimientos más relevantes de su vida personal
y familiar con el contexto colombiano. Pero la historia del país
la trata más bien con un sentido jovial y anecdótico,
sin el rigor del investigador. Así, los personajes y episodios
políticos cruzan como ráfagas. Y si habla de protagonistas
más lejanos en el tiempo, las menciones son ligeras y asociadas
siempre a la vida en familia: A Uribe Uribe se le recuerda porque
estuvo alguna vez en su casa natal de Aracataca y "comía
como un pajarito".
García Márquez ha llegado en este libro al momento
en que se descubren ante el público sus viejos actores
entrañables, por orden de aparición. Ya no es Macondo,
sino el territorio real de los sueños de su infancia y
de las andanzas intelectuales en el calor vital de la Costa y
en el frío del altiplano. Se ha cumplido el tránsito
del realismo mágico al puro realismo. Pero se acrecienta,
ante la inminencia del último párrafo, la sensación
de que esta novela se ha quedado inconclusa, como prolegómeno
de unas memorias que ojalá no se extingan por inéditas.
El valor histórico de esta obra reside en la categoría
del autor y protagonista, grabado ya en la historia cultural de
este país. García Márquez es un personaje
de excepción, en contraste con incontables ídolos
de papel y tinta. Emerson habría dicho que es un héroe
nacional de las letras. Y en Vivir para contarla ha renovado,
con él mismo en el centro del escenario, la razón
de ser del arte de la biografía, consistente en humanizar
a los seres inmortales e inmortalizar a los seres humanos.
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