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20 años de NOBELA
El 10 de diciembre de 1982, Gabo recibió el Nobel en Estocolmo.
Una flor
amarilla fue su compañera y amuleto de la suerte.
La academia
reconoció su obra, donde lo fantástico y lo real
se funden.
Tiene
75 años, vive en México y empezó a publicar
sus memorias.
Por
Beatriz Arango
Sepúlveda.
Medellín
Como si el destino quisiera evidenciar que aquella ceremonia
de entrega del Premio Nobel era diferente, por primera vez en
la historia los reyes de Suecia, Silvia y Carlos Gustavo, llegaron
con cinco minutos de retraso.
En el salón de los conciertos, a las 6:05 p.m., hora de
Estocolmo, los esperaban 1.730 invitados y seis ganadores del
premio en cuatro categorías.
Gabo, más que nadie, sobresalía entre el gentío.
Vestido de riguroso blanco, parecía alejado del resto de
los mortales en un ambiente donde el protocolo exigía el
imperioso frac.
Siete semanas atrás, Gabriel García Márquez
llegó, atropellado por los nervios, a la casa de Álvaro
Mutis en el barrio San Jerónimo, de Ciudad de México.
Habían compartido mucho. El espacio que los acogía,
los amigos, las tertulias al calor de un buen whisky y, por supuesto,
las lecturas previas de las obras en proceso.
Cuenta Mutis que García Márquez lo hizo quedar
como un perro cuando cambiaba algunos pasajes de Cien años
de soledad que ya había narrado con detalle y emoción
a sus conocidos. Lo que leía después no se parecía
en nada al relato.
Gabo tocó con afán y fuerza el timbre de la casa
de Mutis. Al verlo tan inquieto, éste pensó que
había tenido una pelea con Mercedes. "No, algo peor.
Me dieron el Nobel". Era miércoles, 20 de octubre
de 1982. Nueve horas más tarde la noticia despertó
al mundo. Gabriel José, el hijo de Gabriel Eligio y Luisa
Santiaga, inscrito por fe de bautismo en el libro 12, folio 126
de la iglesia parroquial de San José de Aracataca, era
Premio Nobel.
El Nobel de Literatura número 79 que festejaron a rabiar
25 millones de colombianos. Y él, igual, sereno y escueto
a sus 55 años: "No soy nadie más ni seré
nadie más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista
de Aracataca".
La casa de los García Barcha se llenó de periodistas
y vecinos emocionados. La editorial Oveja Negra puso en venta
un paquete especial con trece libros de Gabo por $2.000. Cientos
de personas pagaron el tour por Europa que ofreció Avianca
con escala en Suecia para el 10 de diciembre de 1982.
Viernes, frío
de orgullo
El viernes 10 de diciembre, a las 11:00 a.m., cuando Gabriel José
(Gabito lo llamaba Luisa Santiaga que a esa hora viajaba en tren
de Santa Marta a Aracataca) ensayaba la ceremonia central, junto
a los otros cinco ganadores, en vez de recibir un facsímil
del diploma, le entregaron una rosa amarilla.
La misma que sostenía en la mano derecha cuando arribó,
ataviado de saco y bufanda, al estilo europeo, al aeropuerto de
Estocolmo y sentenció: "con estas flores nada me puede
pasar".
Para confirmar que los cinco minutos de retraso de los Reyes
no eran fortuitos. Gabo se apareció antes de las 6:00 p.m.,
acompañado de dos miembros de la estirpe García
Barcha: Mercedes y Gonzalo, vestido de blanco caribeño
y con la rosa amarilla apretada en la mano.
Entre el riguroso negro de los trajes frac de los que le habían
cumplido al protocolo real, el lino del vestido de Gabito no podía
menos que despertar asombro.
La respuesta la tenía, o la tuvo, su abuelo materno, el
general guajiro Nicolás Ricardo Márquez Mejía.
El liquiliqui que rompió la monocromía de la tarde
fue un homenaje a Nicolás, que lo llevaba como vestimenta
de fiesta en su época de batallas y amores con la bella
Tranquilina Iguarán Cotes.
Gabito le cumplió, además, a sus padres que no
querían verlo vestir de negro en la ceremonia. Luisa Santiaga
y Gabriel Eligio estaban convencidos de que la muerte alcanzaría
al primero de sus 16 hijos si vestía frac oscuro.
Mientras Gabo, el penúltimo en recibir honores, sonreía
nervioso frente al rey Carlos Gustavo de Suecia y le extendía
la mano derecha para un apretón, en el país se anunciaba
la aprobación del traslado de los días festivos,
la muerte de 75 niños al estrellarse un helicóptero
en Nicaragua, empezaba a circular una estampilla conmemorativa
con su imagen y Empresas Públicas de Medellín abría
la licitación pública para el suministro de 7.400
pares de zapatos masculinos y femeninos.
La razón para la entrega del premio al hijo del telegrafista
fue leída en sueco por Lars Gyllesten, secretario perpetuo
de la Academia: "Por sus novelas y cuentos, donde lo fantástico
y lo real se funden en la compleja riqueza de un universo poético
que refleja la vida y conflictos de un continente".
En el salón de los conciertos una orquesta interpretaba
el Intermezzo Interrotto de Bela Bartok, entre los preferidos
del ahora Nobel, confirmado con la medalla y el diploma que le
entregó el Rey. El dinero, 1´150.000 coronas debía
esperar para otra ceremonia al día siguiente.
"Quiero creer que es un homenaje que se le rinde a la poesía,
energía secreta de la vida cotidiana. La única prueba
concreta de la existencia del hombre", dijo Gabo frente a
los 1.730 invitados que lo ovacionaron por tres minutos. Muchos
minutos han pasado desde aquella tarde fría en que Gabo
recordó a su abuelo en Estocolmo. Y compartió vallenatos,
cumbias e historias pasadas por salitre con los suecos que sucumbieron
a su encanto caribeño.
Fuentes Consultadas
Un amigo vale más que un Nobel", Juan Gossaín,
Semana No 25. Macondo invade al mundo, Semana No 32, El blanco
imperio del liquiliqui, EL COLOMBIANO, diciembre de 1982
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