Ríos
de luz, color y fiesta
Los transeúntes que caminan por el Pasaje del Río,
dicen que la visita se volvió una tradición.
Además de contemplar los alumbrados puede hacerlo con las
estrellas o comer manzana acaramelada.
El color de los bombillos, el olor a fritanga, y los sonidos de
fiesta hacen del recorrido un placer para los sentidos.
Por
María
Cristina Rivera Ochoa
Medellín
El pito sonaba como un quejido de ranchera que se repetía
en cada metro recorrido del Pasaje del Río, un "¡ay
yayayay!", se escuchaba salir desde la boca de un joven de
15 años, quien los vendía, cada uno a $300.
El collar de Pedro El escamoso, el avión de Bin Laden,
los flotadores de todos los colores y la "fotito instantánea",
hacen también parte de la oferta verbal y publicitaria
que se puede encontrar mientras se camina en la noche por este
Pasaje, con el pretexto de contemplar los alumbrados.
Los aturdidos saben que son la fiesta y la alegría las
que incitan la algarabía; que hay que hacer sonar las panderetas,
los cascabeles, los pitos, la música y hasta forzar la
voz, y por eso no se tapan los oídos y se dejan arrastrar
por el camino, que empieza en la calle 30, en el puente de Guayaquil,
otrora símbolo de progreso, y que desemboca en el edificio
inteligente, imagen de la nueva tecnología, para después
volver a desandar el trayecto, con los sentidos y los pies cansados
de tantos excesos.
Delia es la primera vez que ve desde tan cerca los alumbrados,
aunque vive en Medellín, al nororiente, sin embargo tiene
argumentos para afirmar que la de este año es una iluminación
un poco distinta, no sabe si más bonita. "Le cambiaron
algunos bombillos", dijo mientras miraba a su esposo colocar
en un palo con huecos las manzanas acarameladas de la noche.
Eran las ocho y había que empezar a trabajar. Ella se
iría con la hija adolescente y tres nietos pequeños,
para quienes no le alcanzarían las manos, a mirar los alumbrados
que se erguían imponentes a su espalda: San José,
la virgen María, el niño Jesús, los tres
reyes magos y la corriente del río Medellín, los
acompañarían en su recorrido.
Unos jóvenes políticamente comprometidos pedían
firmas para un candidato presidencial mientras el olor del río,
que a veces dejaba escapar sus gases, y el vaho de la longaniza,
los chuzos y las crispetas invadían la atmósfera.
Algunos niños caminaban con una gafas reflectivas en los
ojos, con bombas en una mano, porque la otra había que
dársela a un adulto, y con un bombón, un chicle
y hasta una manzana acaramelada que terminaría comiéndose
algún papá consagrado.
"Lo que más me gusta es el niño Jesús",
exclamó un pequeño que tenía en su cabeza
un sombrero de espuma con la cara de un perro, que venden a $1.000
en algún punto del recorrido o en muchos. El niño
esperaba ansioso que el señor de los gorros de Papá
Noel terminara de marcar uno con su nombre, para agregarle más
compras a su paseo navideño. Elizabeth, su mamá,
opinó que el alumbrado de este año es mucho más
novedoso que el de otros pasados.
Para María del Carmen, quien caminaba de la mano de su
compañero, el del Río es de los adornos de Navidad
más bonitos, "hace falta el pesebre cerca del puente",
comentó. John Jairo y su familia, tienen como costumbre
visitar los alumbrados, eso sí, "cuando hay plata".
El jefe del hogar opinó que la iluminación era maravillosa,
mientras su esposa lo observaba a través del lente de una
videocámara casera.
Los foráneos se deleitaban en cada paso con este singular
espectáculo que muchos paisas ya adquirieron como costumbre.
Se les iluminaban los ojos como cuando se logra una conquista.
"En Bogotá no hay un lugar específico iluminado
de esta manera", dijo Luz Elena. Según Carlos, su
esposo, vinieron a Medellín sólo a mirar los alumbrados.
Otros dos jóvenes bogotanos, Jaime Salazar y Carlos Alejo,
dijeron que el primer consejo que les dieron era que no se podían
regresar sin ver los alumbrados y por eso estaban allí,
obedeciendo órdenes agradables y arriesgándose a
no perderse en una ciudad desconocida que los había recibido
coqueta, para dejarse mirar.
Caminaban y un hombre muy grande montado en unos zancos los perseguía,
era otro a quien todo el mundo veía. Hasta las doce de
la noche los sentidos de miles de personas que transitaban por
el lugar fueron retados por tantas cosas para mirar, oler, probar
y oír. Tantas que lo mejor era caminar calle abajo y dejar
transcurrir el tiempo, permisivos a cada nueva sorpresa.
Implicaciones
El
rebusque
El gran número de gente que visita las zonas donde se
ubican los alumbrados, ya sea en Medellín o en diferentes
municipios como Envigado y Sabaneta, generan el aumento de vendedores
que se inventan cualquier cosa con el fin de conseguir los pesitos
de diciembre.
Dos jóvenes estudiantes de publicidad y producción
de televisión cobran $500 por permitir a cualquier espectador
que pisa sus territorios observar una estrella.
Los otros hombres que a diario se rebuscan la vida en este lugar
dicen que la temporada en diciembre siempre ha sido muy buena.
Sin embargo hay otros que piensan que es mucha la competencia,
"esto era mejor antes, hay comercio pero no quién
compre", afirmó Javier Arroyave un vendedor de manzanas.
Según espacio público son 1.000 los puestos de
ventas legales que hay en el Pasaje del Río donde se puede
encontrar morcilla, arepa de chócolo, obleas, sombreros,
mango viche, cristos de madera para adornar la pared, licor y
hasta la foto de recuerdo que cuesta $4.000 y es instantánea.
"Aunque ahora está muy difícil somos como 15
fotógrafos haciendo lo mismo", dijo un hombre con
la cámara en la mano.