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¡Qué guayabito, ¿no?!


Nadie niega que, a veces, los traguitos son deliciosos. Pero, cuando se pasa la frontera y viene la borrachera, al otro día aparece la resaca, el guayabo, que -¡válgame Dios!- casi siempre es espantoso, como cosa del diablo. Una crónica.

Como decía don Rafael Arango Villegas, no voy a hacer la apología del guaro, que la haga el Estado, que lo fabrica y distribuye. Pero, estoy de acuerdo con el célebre escritor manizalita: el aguardiente, bebido en dosis moderadas (cuarenta o cincuenta copas), es muy saludable. Pasar esos límites sí es muy grave, no tanto por la borrachera, sino, por algo peor: el guayabo.

Por supuesto, nada más pesado que un borracho (entre más gordo, peor). En cambio, un “enguayabado” es una víctima, una suerte de pecador que quiere arrepentirse de todo: de lo que hizo la noche anterior y de lo que no se acuerda. Sufre en lo físico y lo moral. Es, en rigor, un pobre diablo, con un infierno en el estómago.

Un enguayabado es lo más parecido a un político en campaña electoral: “No vuelvo a beber nunca”, se dice, en medio de la resaca insoportable. Promesa que olvidará a la noche siguiente, sobre todo si es diciembre.

El borracho, en medio de su rasca, se cree inteligente, galán, erudito, el mejor bailarín, y salta y grita y canta y se empelota. El enguayabado es casi un cadáver. Se encuentra en un estado que linda con la agonía y la muerte.

Lo ideal, desde luego, es no beber nunca. Y, de hacerlo, pues ya lo dijimos al principio: no pasarse de la raya. Porque una borrachera aterradora, puede generar un “guayabo negro”, como el del famoso cuento de don Efe Gómez. Pero más que de embriagueces, esta es una crónica sobre resacas.

Es decir, acerca de aquel estado post-borrachera, en el que el paciente siente una sed de desierto, que quisiera calmar con agua, limonada, agua de coco, agua de alcantarillado, ácido cítrico, ácido sulfúrico, con cualquier líquido. Tiembla, suda, se desespera. No sabe qué hacer con las manos: si ahorcarse o abrir la llave del gas.

Día de desdicha
El guayabo es lo que, en palabras de guerra, se conoce como “Día D” o “Día Después”. Es un campo en ruinas. La cabeza se siente coca, o como llena de clavos, o como un nido de culebras. Una resaca queda muy bacanamente descrita en la palabra alemana katzenjammer (“maullido de gatos”), o en la sueca hont i haret (dolor en la raíz de la cabeza), o en la noruega Jeg har tommermen (carpinteros en mi cabeza). En todo caso, un guayabito puede dejar a cualquiera descabezado.

Un guayabo es apto para las maldiciones. Todavía, parece, no se ha descubierto el remedio, aunque se han ensayado muchos, desde las “bombas” caseras hasta las oraciones a santos aún no canonizados, como “sancocho” y otros de su especie.

Del vudú y otros remedios
La cura del vudú haitiano para el enguayabe, consiste en clavar 13 alfileres de cabeza negra en el corcho o la tapa de la botella causante de la resaca; la cura egipcia es más simple: beba un par de pintas de agua de coles. Y listo. Santo remedio. O la de los chinos, un tanto más complicada: consuma una pequeña ración de cerebro de caballo.

Desde tiempos viejos, se ha buscado la cura “milagrosa” a la resaca. Los resultados son iguales a los de la búsqueda de la eterna juventud. Nulos. Sin embargo, los romanos intentaban disminuir los atroces efectos de la borrachera con piedra pómez picada o molida, pulmón asado de jabalí y huevos de lechuza. Alguien, hoy, también podría ensayar la formulita a ver qué tal.

También una sopita holandesa puede servir de algo. Es una mezcla de patas de oveja, hígado de vaca y harina de avena. Los borrachitos del Perú acostumbran comer “ceviche” y los cubanos se toman, antes de irse a dormir, una “sopa china”, es decir, aspirina con leche. Desde luego, nada de eso sirve.

Tal vez sea más efectiva la fórmula mágica, un poco más primitiva, de tomar un caracol o babosa, frotarse con él o ella nueve veces la frente y, después, arrojarlo lo más lejos posible. Si no gusta de ésta, entonces opte por vomitarse sobre una rana, y, tras la trasbocada, láncela a gran distancia. Así pasará el guayabo.

En cualquier caso, el guayabo es una sensación en la que la víctima cree estar muy cerca del sepulcro, aparte del tufo tumbaaviones que despide. La boca es pastosa, con sabor a cobre, o a hierro viejo, o a piña vinagre; las manos tiemblan; los ojos se parecen a los del Señor Caído, y dentro de la cabeza siente el picoteo de los buitres. El guayabo es el necesario castigo para los bebedores.

Pero, como se ve, puede más el guaro que el guayabo.
Lo mejor para el guayabo es, decía Perogrullo, no beber. Pero si lo hace, (¿cómo saber cuál debe ser la última copa?), no se extralimite, o aténgase a soportar las penurias del día después. Pobre Noé, el bíblico. Lo que más le dolió no fue la empelotada que se pegó, sino esa resaca babilónica. Peor que el diluvio.

EL COLOMBIANO/ Reinaldo Spitaletta

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