Consideración
Así había comenzado su vida encarnada el Niño
Jesús. Consideremos el alma gloriosa y el Santo Cuerpo que
había tomado, adorándolos profundamente.
Admirando en primer lugar el alma de ese divino Niño, consideremos
en ella la plenitud de su ciencia beatífica, por la cual
desde el primer momento de su vida vio la divina esencia más
claramente que todos los ángeles y leyó lo pasado
y lo porvenir con todos sus arcanos y conocimientos.
Del alma del Niño Jesús pasamos ahora a su cuerpo,
que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios.
Quiso que fuese pequeño y débil como el de todos los
niños y sujeto a todas las incomodidades de la infancia,
para asemejarse más a nosotros y participar en nuestras humillaciones.
La belleza de este cuerpo del Divino Niño fue superior a
cuanto se ha imaginado jamás, y la divina sangre que por
sus venas empezó a circular desde el momento de su Encarneción,
es la que lavó todas las manchas del mundo culpable.
Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la penitencia
para que el día de su dichosa Navidad nos encuentre purificados,
perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.
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