Consideración
Representémonos el viaje de María y José hacia
Belén, llevando consigo aún no nacido, al creador
del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y la obediencia
de ese Divino Niño, que aunque de raza judía y habiendo
amado durante siglos a su pueblo con una predilección inexplicable
obedece así a un príncipe extranjero que forma el
censo de población de su provincia, como si hubiese para
él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiera
apresurarse a aprovechar la ocasión de hacerse empadronar
oficial y auténticamente como súbdito en el momento
en que venía al mundo.
El anhelo de José, la expectativa de María son cosas
que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla,
si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente
impaciente por dar a su hijo único al mundo y verle ocupar
su puesto entre las criaturas visibles.
El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del
día esa santa humanidad, que El mismo ha formado con divino
esmero.
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Novena de Aguinaldos
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