Billy Elliot
El ritmo de una buena historia
Billy Elliot
tiene 13 años, vive en Durham, Inglaterra, y descubre que
en su cuerpo vibra una suerte de electricidad que lo lleva a preferir
las zapatillas de ballet a los guantes de boxeo.
Este es el eje narrativo de esta cinta británica que por
momentos recuerda a otras producciones con el ambiente problemático
de los obreros en los años 80, como ya vimos en Full Monty.
En este caso en particular, corre el año de 1984 y los mineros
de Durham están en huelga, entre ellos el papá y el
hermano de Billy.
Entonces, Billy Elliot enfrenta varios dilemas: dejar que su talento
por el baile fluya hasta que su cuerpo casi desaparezca, corriendo
el riesgo de que los demás piensen que es homosexual. Otro
es enfrentar a su familia empecinada en que aprenda a boxear tan
bien como una vez lo hizo su abuelo y llena de prejuicios sociales
respecto al ballet.
En este filme apasionado hay varios aspectos para resaltar y que,
a la hora de los balances, dan cuenta de una excelente producción.
Uno de ellos es la actuación del joven Jamie Bell: bailarín
desde los 6 años, quien fue elegido entre 2.000 candidatos
para interpretar a Elliot. Esta era la primera vez que Bell actuaba
y lo hizo tan bien que obtuvo el premio británico a mejor
actor similar al Oscar de Hollywood.
Otro de los aspectos de la cinta es la dirección de Stephen
Daldry, que se nota en la recreación de personajes como el
padre y el hermano de Billy. Especialmente el padre, consigue una
caracterización, por momentos, estremecedora. Igual ocurre
con la señorita Wilkinson, la instructora de baile que descubre
y potencia el talento innato de Billy.
Pareciera que el ritmo de la cinta estuviera marcado por las zapatillas
de Billy. Todo llega en su justo momento y en la medida exacta:
la emoción, la acción, la tensión, la pasión.
En definitiva, Billy Elliot es una de las mejores alternativas cinematográficas
de este año.
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