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Tras la carroza, el fandango


Un desfile lleno de color, tradiciones, música y atuendos típicos.
El público vio de cerca a las reinas, las apoyó y aplaudió.
Cada candidata fue escoltada por un grupo de bailarines y músicos.


Por
Gloria Edith Gómez

Cartagena

El día más caliente de todo el reinado fue el del desfile de carrozas. También el más paradójico: 37 grados de temperatura terminaron convertidos en un aguacero inesperado.

El barrio Crespo fue el punto de partida. Las calles solas y silenciosas del centro contrastaban con las de los sectores populares, animados a punta de guerras de agua, muchachos pintados de rojo, embetunados o cubiertos de brea; toda una amenaza para quienes no querían "untarse" de fiesta.

Los carros exhibían en sus vidrios pegotes de maizena como testimonio de la alegría popular. Sobre la Avenida Santander, el público se agolpaba tras el cordón de seguridad. Una veintena de carrozas esperaban su arrancada y las nubes grises empezaban a formarse en el cielo.



Nuestra fiesta
"Esta es una fiesta del pueblo, no hay que pagar y puedes ver a las reinas de cerquita, si coges un buen puesto", señaló Nellys Pabón, mientras saludaba a la reina de Chocó. El público enloquecía con el ritmo de las candidatas. Vestida con un enterizo de fantasía, la de Antioquia cambió dulces y besos por aplausos y piropos.

Su carroza estaba precedida por 12 silletas pequeñas y pálidas, muy distintas a las que se lucen cada siete de agosto en Medellín. Los silleteros eran muchachos de Cartagena, quienes nunca se imaginaron representar tradiciones que no fueran las suyas.
De dos en dos, las reinas nacionales y populares, alegraron las carrozas con su baile. La de Santander, llevaba un ritmo frenético que encantó a la gente; la de Tolima bailó sin zapatos y la de Huila fue una de las más admiradas. A Chocó -como ya es costumbre- le gritaban "reina, reina".

El honor de iniciar el desfile le correspondió a la reina popular, Armelys García. Tras ella iba Andrea Nocetti, vestida de dorado con una interpretación de los trajes de chapolera y sombrero aguadeño.

Detrás de cada carroza, el fandango, "porque sin el fandango no hay fiesta", explicó Yulli Jiménez, una bailarina descalza, que agitaba su falda colorida.

Las coreografías eran tan perfectas como el ritmo que marcaban las tamboras, los alegres y los llamadores. "Apenas ensayamos dos días, pero nosotros sabemos de esto porque llevamos toda la vida aquí", dijo Jael Torrijos, veterana de las fiestas novembrinas.
Entre los fandangos caminaba la muerte, bailaban los gallinazos, las princesas y las gaviotas. El desfile continuó en medio de una lluvia que no avisó. Una hora después todo había terminado. Sobre la Avenida San Martín sólo se veían pasar las carrozas vacías, las comparsas dispersas y la gente con ánimo fiestero en busca de un lugar para continuar la parranda.

 


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