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Habitantes en noches de Cartagena


En la Plaza de Bolívar la pasión se mimetiza con la historia.
La Santodomingo es símbolo de la vida nocturna.
Las historias viajan en coche, a pie o se esconden en la piel de los enamorados.



Por
Gloria Edith Gómez
Beatriz Arango Sepúlveda
Cartagena


Las plazas de Cartagena tienen el encanto de las noches de la ciudad. Basta nombrarlas para percibir el acento de la historia que allí dormita. Cuando llega la noche, por una suerte de metamorfosis, las plazas empiezan a parir a sus habitantes. La Cartagena que en el día hierve con la temperatura y los miles de pies que la recorren, en la noche extiende su abrazo de frescura.

Unos acuden en busca de una cerveza, para otros el empeño está en vender una pulsera o lograr una foto instantánea de la pareja que pasa en coche. La pasión de una morena joven es el interés de unos cuantos. Que su romance siga siendo anónimo, lo más importante para dos que caminan en la oscuridad, y que alguien quiera escuchar una canción ranchera, el objetivo de los cuatro miembros del mariachi.

San Diego, Los Coches, San Pedro, La Merced, Las Bóvedas y Santodomingo, atestiguan amores, pesares y jornadas de trabajo. Estas son las voces de historias que hablan en Cartagena de noche.

Elith, 7:15 p.m.
Bajo las macetas florecidas de curazaos que adornan el balcón, se encuentra el enorme portón de la Galería Plaza Bolívar, la tienda de artesanías de Elith Sierra. La luz blanquecina de la calle se ve interrumpida por los reflejos de la lámpara de neón que iluminan los sombreros de caña flecha, las palenqueras en cerámica, los tapetes de Sampués, las joyas precolombinas y los bolsos de fique.

Elith y su asistente sólo cierran los pesados portones de madera y hierro forjado después de las 8:00 p.m., pues no quieren perderse la clientela que recorre la Ciudad Vieja. Los compradores de nacionalidades y rostros diversos entran a su tienda atraídos por el olor del incienso, la luz de los faroles o el sonido lejano de unos cascos de caballo sobre el pavimento. El portón que esconde colores y expresiones volverá a abrirse a las 9:00 a.m.

"Mejor sin nombres", 8:00 p.m.
Los amantes de la Plaza de Bolívar son tan misteriosos como ella. Caminan tomados de la mano bajo la luz amarilla del alumbrado público. Eligen la banca más alejada y mejor cubierta por las ramas extendidas de los árboles. Allí comparten besos y confidencias desde hace tres meses. "Nos gusta estar aquí porque es tranquilo. Desde que la restauraron nos parece un sitio muy romántico y lleno de nostalgia", dice el caballero, quien de común acuerdo con su acompañante se niega a revelar la identidad de este amor. "Mejor sin nombres", dicen y cambian de tema. "Mire por ejemplo ese café del frente. Se llama Coffe de La Inquisición porque ahí quedaba el antiguo Palacio de La Inquisición. ¿Verdad amor?"

Cristian, 9:00 p.m.
"Soy publicista y llegué de Cali. Me llamo Cristian, Cristian Castro... Ja, ja, ja, ese man es el que le va a cantar a las reinas, ¿cierto? Trabajar en la calle haciendo caricaturas a la gente es más rentable que ejercer mi profesión y por eso lo hago. Quédese quieta para poderle verle bien las facciones y saber qué voy a exagerar.
Llegué hace una semana y me pienso quedar otras dos. No se ría que no me queda bien el dibujo. Esta bolsa y mis manos son la materia prima de mi forma de arte que busca mostrar los rostros con simpatía a $4.000. ¿Le gusta como quedó? ¡Gracias por apoyarme!

José, 10:00 p.m.
"¡Señoras y señores: este espectáculo va a comenzar!". José Cantillo llama la atención con sus gritos y dos antorchas encendidas en las manos. Él, que se define como un malabarista, está acompañado de Periñique, un desvencijado muñeco con el que juega a ser ventrílocuo.

Con la tranca japonesa, el número de Periñique y el sombrero volante, José busca ganarse las monedas que noche a noche recoge para sostener a su esposa y a María Cecilia, la pequeña hija de ambos. Cada vez que piensa en ellas, su voz se levanta para interrumpir las conversaciones de los clientes de la plaza Santodomingo y pedirles, antes que dinero, aprecio por su arte. El acento paisa de su natal Segovia le dio paso a un costeño inconfundible.

En su maletín hay espacio para los ocho palos que le sirven de antorchas, una sombrilla vieja, Periñique y un sombrero negro con el que echa a volar sus ilusiones cuando va de regreso a casa.

Artesanos, 11:20 p.m.
Su entusiasmo para vender es tal que parece que acabaran de llegar. Es media noche y en menos de una hora empezarán a levantar las mesas y sillas de la Plaza, pero ellos no pierden la esperanza de vender hasta el último momento y siguen sonriendo. "Esto se empieza a recoger cuando ya no quede nadie. Siempre hay alguien que se antoja a última hora". Es la voz de Mao, un artesano que vende collares de piedras tayronas, brazaletes de cuero, cinturones de semillas y algunas antigüedades. Las ramas del almendro centenario le sirven para colgar los faroles con los que él y otros cinco colegas iluminan sus negocios. Las raíces del almendro son cientos de artículos hechos a mano que, en un desorden colorido, despiertan la curiosidad de los que quedan en una plaza que ya empieza a dormirse.

 


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