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Crónica
Sardinos embellecedores de difuntos
Tecnológico
de Antioquia ofrece el único curso de tanatopraxia de América.
Se trata
de un oficio que consiste en arreglar cadáveres para su
entierro.
Sorprende
que estudiantes inscritos son jóvenes, la mayoría
mujeres.
Por
José Alejandro Castaño Hoyos
Medellín

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El cuerpo de un drogadicto asesinado permanece boca arriba, con
el tórax abierto y la mirada fija en los estudiantes que
lo observan. El profesor desliza el escalpelo y habla de la necesidad
de cercenar los órganos para impedir que el cadáver
acumule gases. Cuarenta muchachos, entre los dieciséis
y los veinte años, siguen la agitación del bisturí
con los ojos irritados por el formol.
Para la mayoría es la primera lección práctica,
desde cuando comenzaron a estudiar Tanatopraxia, un programa académico
único en América Latina que consiste en embellecer
difuntos y disponerlos para los entierros.
El instructor escudriña las extremidades en busca de las
arterias e inyecta en ellas una solución química
que tensa los músculos y preserva los tejidos, justo lo
suficiente para que la familia del occiso alcance a velarlo sin
tener que soportar el hedor de la descomposición.
En la sala hay 41 personas, y salvo el profesor, el cadáver
y siete estudiantes hombres, las demás son mujeres, todas
alumnas egresadas de colegios del Valle del Aburrá en noviembre
pasado, que por esas vainas de la guerra terminaron acostumbradas
a ver el rostro de la muerte en las esquinas de los barrios, en
medio de las balaceras en las que muchas perdieron a sus padres,
hermanos, amigos, vecinos, tíos, compañeros de salón...
Se encontraron allá, dice una menor de edad, queriendo
estudiar una cosa que no le cabe al resto del mundo en la cabeza.
Porque, cómo es eso de que jovencitas así, con toda
la vida por delante, se ponen a aprender sobre arreglo de cadáveres,
como si ya no tuvieran bastante con los muertos que caen en las
cuadras donde viven.
La sorpresa para ellas y para las directivas del Tecnológico
de Antioquia es que, contrario a lo que se esperaba, las más
entusiastas con el programa iniciado este semestre resultaron
ser las mujeres, peladitas que se las ingeniaron para persistir,
a pesar de los reclamos de sus familias, que aún insisten
que estudien otra cosa más decente, menos azarosa.
Las motivaciones de cada una no son, digamos, fáciles de
explicar. Algunas de ellas, incluso, lloran contando por qué
decidieron aprender algo tan raro. Y aunque en principio no lo
parezca, esas razones tienen que ver más con la vida que
con la muerte, así muchas de ellas se hayan decidido debido
a la persistencia en su memoria de ciertos cadáveres a
los que el tiempo aún no les hace levantamiento.
Testimonio
La historia de Lina, por ejemplo, no
la conocen sus compañeras. Ella, dice, prefiere mantener
el episodio en secreto porque aún le duele.
Lo que pasó fue que a su papá, un vendedor de ventiladores
en el Nordeste, lo asesinaron por robarle el surtido de mercancía
y lo dejaron tirado en una cuneta de la carretera entre Segovia
y Remedios.
Su familia contrató al dueño de una funeraria para
que recogiera el cuerpo y lo trajera de vuelta. Lina y su mamá
debieron hacer el viaje e identificar el cadáver, descompuesto
hasta tal punto por el calor y la humedad que el tipo de la funeraria,
curtido en el oficio, tuvo que descargar diez frascos de café
instantáneo sobre la carne para frenar la putrefacción
y disipar el hedor.
Durante el trayecto de regreso, acosadas por la imagen desfigurada
del hombre, las dos mujeres permanecieron en silencio, sedadas
por una tristeza tan grande que nada, ni el movimiento del carro
en los huecos de la carretera, una trocha amarilla de pantano
y cascajo, lograba hacerles decir una palabra.
Sólo en Bello, próximos a la casa, Lina despertó
de aquel mutismo de horas y preguntó cómo carajos
iban a hacer para limpiar a su padre antes de que pudieran verlo
sus dos hermanos menores, su abuela, los tíos y los vecinos.
Ella, dijo, no iba a permitir que lo llevaran así a la
velación, mugroso de sangre y ripio de café.
Entonces el tipo de la funeraria le explicó el método
que seguirían con el cuerpo y la manera como lo limpiarían.
El trabajo fue tan artístico que, cuenta Lina, hasta los
rastros de la descomposición se le borraron del rostro
y nadie más en la casa tuvo que lidiar con la imagen grotesca
que ella y su mamá no logran borrar aún.
Desde entonces, admite la sardina, le entró una obsesión
por el arreglo de cadáveres que cuando supo que iban abrir
ese programa en el Tecnológico, se presentó de una,
sin pensarlo. Es, dice ella, un intento por saldar rencores con
la vida e intentar hacer lo mismo por otras personas, cuyos parientes
promete entregar tan organizados y bonitos que la marca de la
muerte no sea visible.
Otros casos
Al papá de Jennifer Londoño, de 18 años,
lo secuestraron hace tanto tiempo que entonces la niña
estaba aprendiendo a hablar. Su mamá iba cada seis meses
a Medicina Legal para mirar las fotografías de cadáveres
sin identificar, en un esfuerzo por resolver la incertidumbre
de no saber nada de su esposo. Ya grande, cuenta Jennifer, ella
también comenzó a ir y se familiarizó tanto
con los rostros descompuestos de los fallecidos que antes de terminar
el bachillerato se prometió estudiar una tecnología
relacionada con el tema. Y claro, no es que a los alumnos del
Tecnológico le hayan ocurrido dramas familiares, debido
a los cuales escogieron la Tanatopraxia como campo profesional.
Sin embargo, todos los muchachos, sin excepción, han visto
morir de manera trágica a personas de su entorno:
Alexandra Restrepo, de 18 años, presenció cuando
los integrantes de una banda asesinaron a golpes a un vecino,
al que después de patear muchas veces le descargaron una
enorme piedra en la cabeza. Liliana Grajales, de 19 años,
fue testigo del crimen de una tía, abaleada por su esposo
en un arranque de celos. Lina Marcela Londoño, de 17 años,
observó a un señor que dejaron agonizar en la vía
pública sin oportunidad de recibir auxilio médico,
después de tirarle un carro. Isabel Cristina Muñoz,
de 16 años, vio acribillar dos pelados en una balacera.
Fabio Jaramillo, de 17 años, uno de los seis hombres del
curso, tuvo que lidiar con un vecino moribundo... los testimonios
se repiten como una lluvia menuda, insaciable. Lo curioso es que
todos los muchachos sienten que lo que están estudiando
puede ser una oportunidad maravillosa para cambiar la barbarie
de la ciudad, ¿cómo diablos?
No más muerte
De acuerdo con el médico forense Germán Antia, experto
internacional responsable de la Facultad de Investigación
Judicial del Tecnológico de Antioquia, la labor de los
futuros tanatoprácticos podrá ayudar a las familias
de víctimas de asesinato a elaborar sus duelos con menos
traumatismo y, sobre todo, a superar los rencores.
Se trata, explica el académico, de que los muchachos adquieran
un saber tan profesional que sean capaces de borrar las marcas
de la muerte y restañar las heridas, de tal manera que
la imagen que los difuntos le transmiten a los suyos sea de paz,
sin importar las circunstancias de su deceso. Un tipo de conjuro
contra el odio que consiste en acomodar las carnes destruidas
por la barbarie, en desvanecer las muecas de dolor que quedan
en los labios y los párpados, en rescatar la sonrisa debajo
de los escombros de sangre y angustia... en últimas, de
salvar la belleza de los difuntos a través de los gestos
para que los suyos, los que los aman, puedan recordarlos siempre.
Y no es una tarea fácil, algo meramente poético.
Es, advierte Germán Antia, un enorme esfuerzo que pretende
responder el vertiginoso ritmo de la muerte en el Valle del Aburrá,
que al año provoca casi cinco mil asesinatos, 460 cada
mes, 13 al día, uno cada 110 minutos, la inmensa mayoría,
el 90%, de hombres entre los 14 y los 44 años.
Antes, los arregladores de difuntos eran sujetos que, a fuerza
de una práctica descomunal impuesta por la guerra urbana,
consiguieron un grado de eficiencia tan alto que los expertos
de otros lugares del mundo les reconocen un saber único.
Sin embargo, para las autoridades, el trajín empírico
de las viejas funerarias debe ser reemplazado por un conocimiento
que, además del manejo de las técnicas de tanatopraxia,
incluya un saber humanístico y biológico y, sobre
todo, una sensibilidad espiritual que permita entender que el
cuerpo humano, aún desprovisto de vida, embadurnado de
crueldad y odio, es una creación única, compuesta
por miles de piezas maravillosas: 200 huesos, 32 dientes, tres
mil millones de células, 100.000 cabellos, 600 músculos,
un corazón que, vivo, bombea 6.500 litros de sangre al
día y un alma en algún lugar de la carne, quizás
al reverso de los ojos, que pese a la barbarie se mantiene intacta,
lejos de la ferocidad de los violentos.
Nombres cambiados
a petición de la fuente
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