Deporte en el Poli
La cosecha cafetera
Amor en todas las direcciones
La hinchada del Dim
Fotografías Niños del Conflicto
Torres Gemelas
Olímpicos de Invierno
Los colores del Chocó
Los Beatles
Semana Santa
Símbolos de Medellín
Medellín, vida y muerte
Miss Universo
Santiago Botero

Crónica
Sardinos embellecedores de difuntos

Tecnológico de Antioquia ofrece el único curso de tanatopraxia de América.
Se trata de un oficio que consiste en arreglar cadáveres para su entierro.
Sorprende que estudiantes inscritos son jóvenes, la mayoría mujeres.


Por
José Alejandro Castaño Hoyos

Medellín

Foto Henry Agudelo Cano

El cuerpo de un drogadicto asesinado permanece boca arriba, con el tórax abierto y la mirada fija en los estudiantes que lo observan. El profesor desliza el escalpelo y habla de la necesidad de cercenar los órganos para impedir que el cadáver acumule gases. Cuarenta muchachos, entre los dieciséis y los veinte años, siguen la agitación del bisturí con los ojos irritados por el formol.

Para la mayoría es la primera lección práctica, desde cuando comenzaron a estudiar Tanatopraxia, un programa académico único en América Latina que consiste en embellecer difuntos y disponerlos para los entierros.

El instructor escudriña las extremidades en busca de las arterias e inyecta en ellas una solución química que tensa los músculos y preserva los tejidos, justo lo suficiente para que la familia del occiso alcance a velarlo sin tener que soportar el hedor de la descomposición.

En la sala hay 41 personas, y salvo el profesor, el cadáver y siete estudiantes hombres, las demás son mujeres, todas alumnas egresadas de colegios del Valle del Aburrá en noviembre pasado, que por esas vainas de la guerra terminaron acostumbradas a ver el rostro de la muerte en las esquinas de los barrios, en medio de las balaceras en las que muchas perdieron a sus padres, hermanos, amigos, vecinos, tíos, compañeros de salón...

Se encontraron allá, dice una menor de edad, queriendo estudiar una cosa que no le cabe al resto del mundo en la cabeza. Porque, cómo es eso de que jovencitas así, con toda la vida por delante, se ponen a aprender sobre arreglo de cadáveres, como si ya no tuvieran bastante con los muertos que caen en las cuadras donde viven.

La sorpresa para ellas y para las directivas del Tecnológico de Antioquia es que, contrario a lo que se esperaba, las más entusiastas con el programa iniciado este semestre resultaron ser las mujeres, peladitas que se las ingeniaron para persistir, a pesar de los reclamos de sus familias, que aún insisten que estudien otra cosa más decente, menos azarosa.

Las motivaciones de cada una no son, digamos, fáciles de explicar. Algunas de ellas, incluso, lloran contando por qué decidieron aprender algo tan raro. Y aunque en principio no lo parezca, esas razones tienen que ver más con la vida que con la muerte, así muchas de ellas se hayan decidido debido a la persistencia en su memoria de ciertos cadáveres a los que el tiempo aún no les hace levantamiento.

Testimonio
La historia de Lina, por ejemplo, no la conocen sus compañeras. Ella, dice, prefiere mantener el episodio en secreto porque aún le duele.

Lo que pasó fue que a su papá, un vendedor de ventiladores en el Nordeste, lo asesinaron por robarle el surtido de mercancía y lo dejaron tirado en una cuneta de la carretera entre Segovia y Remedios.

Su familia contrató al dueño de una funeraria para que recogiera el cuerpo y lo trajera de vuelta. Lina y su mamá debieron hacer el viaje e identificar el cadáver, descompuesto hasta tal punto por el calor y la humedad que el tipo de la funeraria, curtido en el oficio, tuvo que descargar diez frascos de café instantáneo sobre la carne para frenar la putrefacción y disipar el hedor.

Durante el trayecto de regreso, acosadas por la imagen desfigurada del hombre, las dos mujeres permanecieron en silencio, sedadas por una tristeza tan grande que nada, ni el movimiento del carro en los huecos de la carretera, una trocha amarilla de pantano y cascajo, lograba hacerles decir una palabra.

Sólo en Bello, próximos a la casa, Lina despertó de aquel mutismo de horas y preguntó cómo carajos iban a hacer para limpiar a su padre antes de que pudieran verlo sus dos hermanos menores, su abuela, los tíos y los vecinos. Ella, dijo, no iba a permitir que lo llevaran así a la velación, mugroso de sangre y ripio de café.

Entonces el tipo de la funeraria le explicó el método que seguirían con el cuerpo y la manera como lo limpiarían. El trabajo fue tan artístico que, cuenta Lina, hasta los rastros de la descomposición se le borraron del rostro y nadie más en la casa tuvo que lidiar con la imagen grotesca que ella y su mamá no logran borrar aún.

Desde entonces, admite la sardina, le entró una obsesión por el arreglo de cadáveres que cuando supo que iban abrir ese programa en el Tecnológico, se presentó de una, sin pensarlo. Es, dice ella, un intento por saldar rencores con la vida e intentar hacer lo mismo por otras personas, cuyos parientes promete entregar tan organizados y bonitos que la marca de la muerte no sea visible.

Otros casos
Al papá de Jennifer Londoño, de 18 años, lo secuestraron hace tanto tiempo que entonces la niña estaba aprendiendo a hablar. Su mamá iba cada seis meses a Medicina Legal para mirar las fotografías de cadáveres sin identificar, en un esfuerzo por resolver la incertidumbre de no saber nada de su esposo. Ya grande, cuenta Jennifer, ella también comenzó a ir y se familiarizó tanto con los rostros descompuestos de los fallecidos que antes de terminar el bachillerato se prometió estudiar una tecnología relacionada con el tema. Y claro, no es que a los alumnos del Tecnológico le hayan ocurrido dramas familiares, debido a los cuales escogieron la Tanatopraxia como campo profesional.

Sin embargo, todos los muchachos, sin excepción, han visto morir de manera trágica a personas de su entorno:
Alexandra Restrepo, de 18 años, presenció cuando los integrantes de una banda asesinaron a golpes a un vecino, al que después de patear muchas veces le descargaron una enorme piedra en la cabeza. Liliana Grajales, de 19 años, fue testigo del crimen de una tía, abaleada por su esposo en un arranque de celos. Lina Marcela Londoño, de 17 años, observó a un señor que dejaron agonizar en la vía pública sin oportunidad de recibir auxilio médico, después de tirarle un carro. Isabel Cristina Muñoz, de 16 años, vio acribillar dos pelados en una balacera. Fabio Jaramillo, de 17 años, uno de los seis hombres del curso, tuvo que lidiar con un vecino moribundo... los testimonios se repiten como una lluvia menuda, insaciable. Lo curioso es que todos los muchachos sienten que lo que están estudiando puede ser una oportunidad maravillosa para cambiar la barbarie de la ciudad, ¿cómo diablos?

No más muerte
De acuerdo con el médico forense Germán Antia, experto internacional responsable de la Facultad de Investigación Judicial del Tecnológico de Antioquia, la labor de los futuros tanatoprácticos podrá ayudar a las familias de víctimas de asesinato a elaborar sus duelos con menos traumatismo y, sobre todo, a superar los rencores.

Se trata, explica el académico, de que los muchachos adquieran un saber tan profesional que sean capaces de borrar las marcas de la muerte y restañar las heridas, de tal manera que la imagen que los difuntos le transmiten a los suyos sea de paz, sin importar las circunstancias de su deceso. Un tipo de conjuro contra el odio que consiste en acomodar las carnes destruidas por la barbarie, en desvanecer las muecas de dolor que quedan en los labios y los párpados, en rescatar la sonrisa debajo de los escombros de sangre y angustia... en últimas, de salvar la belleza de los difuntos a través de los gestos para que los suyos, los que los aman, puedan recordarlos siempre.

Y no es una tarea fácil, algo meramente poético. Es, advierte Germán Antia, un enorme esfuerzo que pretende responder el vertiginoso ritmo de la muerte en el Valle del Aburrá, que al año provoca casi cinco mil asesinatos, 460 cada mes, 13 al día, uno cada 110 minutos, la inmensa mayoría, el 90%, de hombres entre los 14 y los 44 años.

Antes, los arregladores de difuntos eran sujetos que, a fuerza de una práctica descomunal impuesta por la guerra urbana, consiguieron un grado de eficiencia tan alto que los expertos de otros lugares del mundo les reconocen un saber único. Sin embargo, para las autoridades, el trajín empírico de las viejas funerarias debe ser reemplazado por un conocimiento que, además del manejo de las técnicas de tanatopraxia, incluya un saber humanístico y biológico y, sobre todo, una sensibilidad espiritual que permita entender que el cuerpo humano, aún desprovisto de vida, embadurnado de crueldad y odio, es una creación única, compuesta por miles de piezas maravillosas: 200 huesos, 32 dientes, tres mil millones de células, 100.000 cabellos, 600 músculos, un corazón que, vivo, bombea 6.500 litros de sangre al día y un alma en algún lugar de la carne, quizás al reverso de los ojos, que pese a la barbarie se mantiene intacta, lejos de la ferocidad de los violentos.

Nombres cambiados a petición de la fuente

   


Copyright © 2003 EL COLOMBIANO LTDA. & CIA. S.C.A.
Para visualizar nuestro sitio recomendamos utilizar navegador Explorer 4.0 o superior y una resolución mínima de 800 x 600
Inicio EL COLOMBIANO Inicio EL COLOMBIANO