Por
Ramiro Velásqueza Gómez
El Cerrejón

Les tocó. Pablo y Beto se bajan de la Toyota y aprovechan para comprar cinco Polarcitas en el quiosco del cruce donde la luz solar se refleja en la tierra pelada y reseca. De nada vale apurarse, así las primeras sombras de la noche les digan en silencio que tendrán que recuperar el tiempo en su viaje al desierto.

En Cuatro Esquinas, a 300 metros de la última casa de Uribia, donde se cruzan los caminos para Riohacha, la Baja Guajira o el Cabo de la Vela y Puerto Bolívar, ocho veces al día el tráfico se interrumpe por varios minutos.
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De la mina del Cerrejón al puerto por donde sale el carbón, son 150 kilómetros que dos veces al día recorren tres trenes de 88 vagones y uno de 119, que transportan de 10.000 a 15.000 toneladas del mineral. Ninguno de esos 150 kilómetros permanece sin vigilancia por más de cinco minutos.

La actividad es febril. La meta de este año es exportar 25 millones de toneladas, dos más que el año pasado.
-Se necesitará más equipo, atina a decir Reinaldo Quiroga, un ingeniero que desde un mirador imparte instrucciones y averigua datos a los operarios que manejan, a la distancia, la retro excavadora que en cada plumazo le arranca 50 toneladas al tajo La Puente, uno de los siete en los que se trabaja hoy en el Cerrejón Norte y Centro.

Al puerto, en lo que algunos consideran una ensenada de Bahía Portete, llega uno de los trenes. Descargarlo demanda una hora, durante la cual se mueve a un kilómetro por hora. En la lejanía hay tres barcos fondeados. Un cuarto de 45.000 toneladas acaba de dejar el muelle. Uno de los remolcadores va por otro, de 165.000 toneladas -de los más grandes que entran-, el que al día siguiente, tras recibir hasta 11.000 toneladas por hora, saldrá a su destino.
El Cerrejón es otro mundo. No es sólo una mina. Es una ciudad, Mushaisa (tierra de Carbón) en la lengua wayunaiki, donde residen 2.500 personas. Es una forma de vida que transforma a La Guajira. Las reservas de carbón pueden durar para más de 150 años. Antes de finalizar la década deberán salir 32 millones de toneladas
cada calendario.

El complejo comprende 68.000 hectáreas, 35.000 en la zona Sur que no se ha comenzado a explotar. Y será difícil hacerlo, porque existen muchas poblaciones encima de los mantos negros. Un día puede haber en la zona de la mina 3.500 personas, comenta Gladis Gari Villa, del Departamento de Asuntos Públicos.

En el puerto son otros 290, que se aíslan allí varios días a la semana, suficientes para justificar el descanso de otro tanto en las ciudades donde están sus familias. Mushaisa es una ciudad extraña en el semiverdor de la Baja Guajira donde encima del suelo todo son arbustos verdes pero junto a él la tierra amarilla alcanza a teñir hasta los insectos. Es más grande que el remedo de casco urbano de la cercana Albania.
Hay casas para los empleados de la empresa, dos hoteles para visitantes, restaurante y un Carulla. También un club y áreas deportivas. A las ocho de la mañana nada deja de moverse en la mina. No hay mineros de pico y pala sino operarios que manejan equipos grandes.

Cuando arrancan su turno, reciben un paquete grande con la alimentación de la jornada. No hay mucho tiempo para perder. En la mina se trabaja desde las seis de la mañana de cada dos de enero hasta las seis de la tarde de todos los 30 de diciembre. Apenas la lluvia, cuando arrecia, obliga a mermar el ritmo.

Por cada 15 toneladas de material se logra una de carbón. Uno.. .dos... tres... cuatro... cinco... Las volquetas de 240 toneladas salen del fondo de La Puente con material de desecho. No pasa un minuto sin que una vaya y otra venga. Las de 170 toneladas movilizan el carbón.

A seis minutos, en el tajo de Tabaco Alto la nueva retro excavadora que araña 90 toneladas en cada palazo, llena sin dificultad cada una de las once volquetas de 320 toneladas que se compraron hace poco.

Todos los carros en la mina transitan por el lado izquierdo. Las enormes volquetas tienen un lado de visión muerto y deben moverse por donde perciben mejor los alrededores. Los autos livianos, pick ups y uno que otro campero, portan una antena de cuatro metros con banderolas reflectivas en la punta.
Por si las moscas.

Uuuuuuu... uuuuuu. El tren sale cargado para su viaje de dos horas y media. Es el segundo desde que amaneció. No puede parar hasta el puerto. No lo detendrán ni los chivos que de vez en cuando se atraviesan y que, invariablemente, habrá que pagarles a los wayuu.
Fotos Donaldo Zuluaga | Departamento de fotografía EL COLOMBIANO | Envíe sus comentarios | La Guajira, exótica
 


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